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LIORA (parte 2)
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07:43.
—¡Mierda!
Salté de la cama y corrí al baño arrastrando la manta, me duché lo más rápido que pude y me vestí en modo automático. El uniforme estaba hecho un desastre, no encontraba el estuche, el cargador, la carpeta de filosofía. Al final tiré todo dentro de la mochila y salí de casa corriendo.
Conduje con el corazón en la garganta. No me detuve ni a poner música. Solo los semáforos me separaban de la tragedia.
Cuando llegué, eran casi las ocho y media. Entré a la carrera por los pasillos, giré la esquina de la clase de matemáticas con el alma en los dientes... y ahí estaba la profesora. Con su moño tirante y su cara de "la puntualidad es un reflejo del respeto".
—Rue. Demasiado tarde. Ya están todos dentro.
—¡Pero es que...!
—No.
Me giré en seco sin soltar un solo insulto, pero los tenía. Y muchos.
Me fui directo al patio. El cielo estaba claro, hacía fresco y por suerte no había muchos estudiantes pululando por ahí. Me senté en uno de los bancos de piedra bajo un árbol y me puse los auriculares. Música. La única terapia que no me cuestiona.
Suspiré largo y saqué de la mochila el libro que Lucien me había regalado el día anterior. No lo había podido abrir aún. Ojeé las primeras páginas mientras las canciones pasaban una tras otra. El dolor de cuerpo seguía ahí, pero al menos sentía que no iba a desmayarme. Ya era un avance.
El móvil vibró y lo saqué sin mucho ánimo, pensando que sería Sienna preguntando si me había muerto.
Era un mensaje de Rylan.
"Me han dicho que Leo te dio una paliza ayer."
Reí. De verdad. Sola, con la carcajada saliendo de la nada. Me tapé la boca como una idiota y me incliné hacia adelante.
"Define paliza. Si acabó sentado en el suelo por orden mía, cuenta como victoria, ¿no?"
Me quedé mirando la pantalla, esperando una respuesta que no llegó al momento, pero el hecho de que me hubiera escrito ya era algo. Después de todo, no parecía odiarme tanto como ayer.
El timbre me sacó de mis pensamientos.
Me quité los cascos y volví a guardar el libro. No pensaba quedarme fuera otra clase. Corrí hacia el aula siguiente y esta vez llegué justo antes de que cerraran la puerta. Las horas pasaron sin grandes dramas. Las clases se deslizaron entre explicaciones, apuntes y algún que otro bostezo. Cuando llegó la hora de comer, fui al comedor con Sienna y Lucien se unió poco después.
—Rue llegó tarde y la dejaron fuera —informó Sienna con tono de presentadora de noticias—. Se la vio deambulando por el patio como una heroína trágica con los cascos puestos.
—Una injusticia. Me presento como su abogado defensor —añadió él, y no pude evitar reír.
—La señora Doil me odia, no hay nada que puedas alegar.
El resto del almuerzo fue tranquilo, incluso divertido.
El bar estaba casi vacío cuando llegué. Ni rastro de Dixon abajo, así que subí directamente. Arriba, Jael ya estaba sentada en el suelo, revisando algo en su móvil. Levantó la vista cuando entré. Me quité la mochila y fui directa al baño del fondo a cambiarme. El uniforme de clase estaba arrugado, así que lo tiré sobre una silla y me puse unas mallas negras, una camiseta y las zapatillas. Tal vez sin uniforme la cosa mejoraba.
Cuando salí, Rylan estaba hablando con Jael. Llevaba una camiseta blanca que se ajustaba apenas a sus brazos, y unos vaqueros oscuros con un par de rasgones en las rodillas. Sus tatuajes recorrían su piel como algo vivo, dibujados en tinta negra que resaltaba contra el blanco de la tela y su piel. No era solo que tuviera tatuajes, era cómo los tenía. Como si cada línea contara algo, nada parecía estar al azar.
—¿Hoy es con espectadores? —pregunté, intentando sonar más sarcástica que impresionada.
Rylan alzó una ceja, divertido, y se descruzó de brazos mientras se acercaba un par de pasos.
—No exactamente.
Jael se levantó y se interpuso entre los dos antes de que la tensión se hiciera incómoda. Como si ya supiera lo que iba a pasar.
—Hoy luchas contra él.
—¿Qué? —arqueé una ceja—. ¿Con Rylan?
—Sí. A él no puedes obligarlo como hiciste con Leo. Así que tendrás que ganártelo a la antigua.
Rylan soltó una carcajada suave, con ese tono grave que siempre parecía a medio camino entre la burla y otra cosa más peligrosa.
—Intentaré ser bueno —dijo, sin dejar de mirarme—. Pero no prometo nada.
Y ahí estaba otra vez esa sensación que me quitaba el aire cuando él estaba cerca. Me limité a estirar los hombros, ignorando cómo me temblaban las piernas solo de pensar que iba a tener que pelear con él.
Nos colocamos en el centro, me até el pelo en una coleta mientras él giraba los hombros como si se estuviera preparando para una siesta, no para un combate. Le lancé la primera ofensiva sin pensarlo mucho, quería acabar rápido. Él la esquivó con una facilidad que me sacó de quicio y me atrapó la muñeca en el aire. Tiró de mí con suavidad y me puso tan cerca de él que podía sentir la tela de su camiseta rozando mis brazos.
La presión de su mano en mi espalda era firme. No estaba sujetándome por seguridad. Estaba controlando la distancia. Su respiración me alcanzó el cuello, cálida, rítmica. Yo aguanté el aire como una imbécil. Se separó despacio, a él le diera igual el tiempo que tardara.
—¿Te apetece intentar otra vez o ya terminamos? —preguntó con una sonrisa que me hacía querer pegarle.
—Deja de hablar —solté, y volví al ataque.
Esta vez logré golpearle el hombro con el codo, pero no fue lo bastante fuerte como para hacerle daño. Rylan retrocedió medio paso, sonriendo, y me lanzó una llave que me hizo girar, pero me solté justo a tiempo. Mis dedos rozaron su costado, y él aprovechó para inmovilizarme por la cintura. Su mano pasó por mi espalda, sujetándome contra su cuerpo, y la fricción entre nosotros me encendió la piel.