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Delgrove
(parte 2)
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Tenía un leve dolor en la cabeza. Mis ojos se abrieron lentamente y la luz me molestaba. Estaba en el suelo. En una casa, supongo. Mis manos estaban atadas detrás de la espalda y un trozo de cinta cubría mis labios.
Recordé lo que había pasado y me invadió el miedo. La ventana mostraba que aún era de noche; no habría pasado mucho tiempo. Si mantenía la calma, podía escapar. Forcejeé con la cuerda, pero cuanto más lo intentaba, más me dolía.
Me impulsé con fuerza para sentarme. Cuando pude mantener la compostura, lo que vi no fue alentador. Había unos tres cuerpos en el suelo, atados de la misma manera, pero ninguno estaba despierto. Estaban pálidos, con los labios cenizos y el contorno de los ojos enrojecido. Uno de ellos no aparentaba tener más de quince años. Las silenciosas lágrimas no tardaron en salir. Sentía una opresión en el pecho. Miedo, furia, una gran ansiedad y la incertidumbre de lo que me esperaba.
No podía quedarme allí.
Me concentré todo lo que pude en sentir la cuerda que sujetaba mis muñecas, en rozarla con los dedos. Sentí alivio cuando apareció el calor, cuando el fuego se apoderó de mis manos y consumió la cuerda por completo.
Arranqué la cinta de mis labios con cuidado y desaté la cuerda de mis pies. Me costó levantarme; aún estaba mareada y la cabeza me palpitaba, pero lo conseguí. No huí, las voces que provenían de la planta baja me hicieron retroceder.
—Ni siquiera tuvimos que hacer nada —reconocí la voz del chico del bar—. Vino sola hasta nosotros.
No hubo respuesta de nadie más. Me pegué lo máximo posible a la barandilla de la escalera y bajé un solo peldaño.
—No hará absolutamente nada. Está atada, igual que los demás —añadió, y me di cuenta de que hablaba por teléfono—. No, no había nadie cuando la trajimos. Estaba sola.
Tenía que aprovechar para desatar a los demás y salir corriendo de aquí.
Escuché unos pasos detrás de mí. Ni siquiera tuve tiempo de girarme. Me sujetaron con fuerza del pelo y me arrastraron escaleras abajo. Cada peldaño dolía más que el anterior; el dolor se me clavaba en las costillas y me dificultaba la respiración. Cuando por fin se acabaron las escaleras, me lanzaron con fuerza al suelo. Me costaba respirar y el dolor era insoportable.
—¿Nadie te ha dicho que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas?
El chico de pelo largo caminó hasta el chico del bar después de dejarme en el suelo. El chico del bar colgó la llamada y se acercó mientras yo me retorcía de dolor poniéndose de cuclillas frente a mi.
—¿Cómo te has desatado, preciosa? —Sujetó mi cara con una mano y apretó los dedos contra mi piel—. Me habían dicho que estabas entrenada, pero te subestimé.
Soltó mi cara de manera brusca y, cuando se levantó, saqué fuerzas de donde no las tenía para hacerlo yo también. Me abalancé hacia él. Intentó agarrarme, pero aproveché su desequilibrio para girarle la muñeca y proyectarlo contra el marco de la puerta. No creo que fueran las horas de entrenamiento, sino la adrenalina y la rabia que sentía en ese momento.
Le di una patada en la pierna que le dobló la rodilla, un empujón para darme espacio y un golpe directo al pecho que le dejó sin resuello. Lo sujeté del abrigo para que no se levantara, manteniéndolo en el suelo con la respiración aún agitada.
—Te arrepentirás de esto —le advertí justo antes de que el de pelo largo me agarrara del brazo y me lanzara de una bofetada al suelo.
El impacto me reventó la mejilla y me partió el labio contra los dientes. Sentí el ardor, el calor que se extendía como fuego, y el sabor metálico en la boca me avisó de que había sangre.
Alcé la vista y el de ojos grandes se había recompuesto, embistiéndome y enredando una mano en mi pelo. Con la otra me apretó el cuello con una fuerza que me dejaba sin aire, sin control. Lo empujaba con los codos, con lo que fuera. Pero no servía. Era como pelear contra una piedra.
—Deberías dar las gracias —escupió él, jadeando—. Si no tuviera que entregarte entera, te mataba aquí mismo.
Me quemaban los pulmones. Me escocían los ojos. Me dolía cada centímetro del cuerpo. Pero aun así me reí. Porque era eso o llorar. Y no les iba a dar el gusto.
—Eres tan débil que... necesitaste ayuda... para que no acabara contigo.
—¿Débil? —inquirió, tenso y con furia.
Bajó la mano. Apretó aún más mi cuello, cortando mis palabras y cualquier vestigio de aire, y deslizó los dedos por mi vientre, colándose por debajo del top que llevaba. Me helé. Sentí el asco treparme por la espalda y el pánico dejarme inmóvil.
—¿Qué pasa? —se burló—. ¿Ya no eres tan fuerte?
Le daba patadas, lo arañaba, pero él era más fuerte. Mucho más. Mi cuerpo temblaba y mis ideas se empezaban a apagar bajo la rabia, el miedo y el asco. El corazón se me iba a salir por la boca cuando sentí su mano abrirse paso entre mis pechos, intentando colarse bajo el sujetador.
—Jimmy, un coche —avisó el de pelo largo, mirando por la ventana—. Alguien se ha estacionado fuera.
Aproveché su distracción y el instante en que aflojó el agarre. Cuando regresó su atención a mí, le miré fijamente a los ojos, casi sin pestañear.
—Suéltame y no te muevas.
Sus manos abandonaron mi cuerpo al instante y él quedó inmóvil, como una estatua.
Terminé de caer al suelo de manera brusca. Tosía descontroladamente, dándome la vuelta sobre mí misma para intentar levantarme. Me llevé una mano al cuello mientras con la otra me incorporaba sobre las rodillas. El aire entraba como clavos.
—¿Qué mierda le has hecho? —gritó el otro, y yo solo pude mirarlo desde el suelo, todavía sin poder ponerme de pie, con la cabeza latiéndome y la cara palpitando donde me habían golpeado.
La puerta se rompió de un golpe seco que sonó como una explosión. Rylan entró primero. Tenía los ojos oscurecidos, la mandíbula apretada, los hombros tensos, el cuerpo en una posición que no conocía. Si antes había pensado que podía dar miedo, que era amenazante o peligroso... me había quedado corta. Detrás de él venían Debrah y otro hombre que no conocía.