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A las siete y cincuenta y siete de la noche, Máximo Rainieri estaba parado frente al espejo del vestidor como si fuera a declarar ante un jurado hostil.
Camisa negra, mangas arremangadas con cuidado estudiado. Pantalón oscuro, zapatos limpios y nada de saco. Nada que gritara multimillonario traumado. Quería verse… normal. Hombre común, el tipo que no controla el clima de una habitación con solo entrar.
Fracaso total.
—¿De verdad tú vas así? —preguntó Elías desde la puerta, apoyado con una sonrisa que prometía desgracias—. Porque pareces protagonista de novela romántica fingiendo que no está enamorado.
—No empieces —gruñó Máximo, ajustándose el reloj—. Vamos a observar. Nada más.
—Claro. Observar. —Elías levantó las cejas—. Como el FBI observa cuando ya sabe quién es el sospechoso.
Subieron al vehículo sin más comentarios. El trayecto fue corto, pero para Máximo se sintió como cruzar una frontera emocional sin pasaporte. En su teléfono, el puntito azul de la ubicación de Trini parpadeaba, inmóvil.
—Ya está ahí —murmuró.
—Respira, hermano —dijo Elías—. Ella solo va a una fiesta, no te la van a robar.
— ¿Y quién está preocupado por eso? Ridículo.
—Tú mismo, mírate, estás más nervioso que Maduro cuando ve un dron de los gringos.
—Deja la payasada.
El empresario que dice no estar celoso llegó a la fiesta con la misma actitud con la que uno entra a una inspección de Hacienda: tenso, alerta y listo para encontrar irregularidades.
No saludó a nadie. No sonrió. Caminó por el lugar con Elías detrás, escaneando el ambiente como si alguien fuera a sacar un arma… cuando en realidad lo único peligroso ahí era el vestido coral de Trini y la sonrisa amplia que le estaba regalando a otro hombre.
Kelvin.
Kelvin, bendita sea.
—Ahí está tu problema —susurró Elías, con una cerveza en la mano y cara de niño viendo novela ajena—. Míralo, ese bárbaro, demasiado cómodo, demasiado cerquita de tu niñero.
—Cállate…
—Yo solo te digo que ese pana no vino a bailar bachata, vino a buscar novia —dice Elías provocando—. Y parece que al tipo le gusta la misma que te gusta a ti. Te van a robar la novia.
Máximo apretó la mandíbula.
Trini estaba en la pista como una diosa, se movía con esa gracia suya que no parecía aprendida sino heredada por sangre caribeña. Kelvin la tenía de las manos, acercándose más de la cuenta, creyéndose protagonista.
Ese infeliz.
Y Máximo… Máximo estaba a punto de perder la compostura, la educación y probablemente la paciencia judicial.
—Tú dijiste que solo ibas a mirar —le recordó Elías—. No a desvivir, nada más te digo que no tengo tiempo de esconder ningún muerto tuyo.
—Estoy mirando —gruñó—. Y no me gusta lo que veo.
—Eso se llama celos.
—Eso se llama seguridad —mintió—. Ese tipo no me inspira confianza, no lo quiero cerca de mi niñera.
—¿Por qué? ¿Porque baila mejor que tú o porque está abrazando a la mujer que te vuelve loco?
—Deja de molestar, Elías.
—Te gusta la morena y no sabes lidiar con ese volcán… que digo volcán, Trini es un tsunami.
Máximo no respondió. No porque no tuviera respuesta, sino porque justo en ese momento Kelvin cruzó una línea invisible: deslizó la mano por la espalda de Trini y la atrajo con descaro.
—Demasiada confianza con mi niñera tiene ese desgracia…
—Cálmate, que esta novela es de niños, luego nos cancelan en Booknet —lo corta Elías.
Máximo no aguantó y avanzó.
No gritó y no armó show. Caminó recto hacia la pista con paso firme, como el hombre acostumbrado a que el mundo se haga a un lado cuando él decide avanzar.
Trini lo vio llegar y sus ojos se abrieron apenas. Primero sorpresa, luego reconocimiento. Y después… diversión.
—Ay, no… —murmuró para sí—. Este hombre vino armado.
Máximo se interpuso entre ellos sin pedir permiso.
—Gracias —le dijo a Kelvin con voz baja y peligrosa—. Ya puedes soltarla.
Kelvin parpadeó, incrédulo.
—¿Y tú quién eres?
—El que te está diciendo que te pierdas.
Trini se llevó una mano a la boca, disimulando la risa.
—Máximo… —empezó.
Kelvin dio un paso al frente.
—Mira, hermano, estamos bailando. No te metas.
Ahí fue cuando Máximo lo miró de verdad. De arriba abajo, bien despacio. Evaluándolo cien maneras de mandarlo con San Pedro o directo con el de allá abajo.
—Te estás metiendo tú —dijo—. Última advertencia.
—¿Advertencia de qué?
—De que si sigues aquí, las consecuencias no te van a gustar, querido.
Silencio total.
Kelvin bufó, herido en el orgullo.
—Estás loco.
—Puede ser —asintió Máximo—. Pero también tengo muy mala paciencia.
Trini decidió intervenir antes de que aquello terminara en titular de periódico.
—Kelvin —dijo, apoyando una mano en el pecho del muchacho—. Tranquilo, este es mi jefe. Ve por un trago, anda.
—¿Y tú?
Ella miró a Máximo. Su jefe estaba morado de la rabia y ella sabía que irse con Kelvin en ese momento era el inicio de la cuarta guerra mundial.
—Yo… —sonrió—. Creo que me voy a quedar aquí un momento.
Kelvin apretó los labios, fulminó a Máximo con la mirada y se fue.
Elías, desde la barra, aplaudió bajito.
—Esto está mejor que Netflix.
Trini se giró hacia Máximo. Lo recorrió de arriba abajo sin pudor. La ropa le quedaba muy bien a su jefecito sabroso, esos ojos azules estaban oscuritos, llenos de celos mal disimulados.
«Bien, Trinidad, el rubio estaba cayendo por ti»
—¿Y usted qué hace aquí, Don Máximo? —preguntó, divertida—. ¿Inspección sorpresa?
—Vine a ver si estabas bien. Te lo dije con anticipación que vendría.
—Ajá —arqueó una ceja—. ¿Y ese numerito fue parte del protocolo?
—No me gustó cómo te tocaba.
—¿Y desde cuándo eso es problema suyo?