Rescatando a Papá

Capitulo 12

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Trini

—Si se mueve la beso, y si le gusta aténgase a otras consecuencias…

Yo quedé estática, solo a mí me pasaban estas cosas. Jesús manifíca. Una no puede venir tranquila a una fiesta en Punta Cana sin que su jefe millonario, traumado, celoso y peligrosamente guapo la amenace con besos disciplinarios.

—Espere —dije, levantando una mano como si fuera una oficial de tránsito emocional—. Espere ahí mismito.

Don Máximo se quedó quieto, a milímetros de mi boca, con esa cara de hombre que no entiende por qué la vida le puso una mujer complicada en el camino.

—¿Ahora qué? —gruñó.

No se la iba a poner fácil, no señor. Antes tenía que dejar unos puntos claros. Yo di un paso atrás, luego otro.

Y otro más.

—No puedo perder la virginidad de mis labios así por así —le dejo claro—. Usted tiene que ganárselo.

—¿Cómo?

—Bueno, primero debe ser un hombre mayor de 35, no me gustan los colágenos, usualmente no tienen madurez emocional, ni dinero y siempre quieren un 50/50, y yo no voy con esas cosas —empiezo a dar mis razones y mi jefe se pone rojo como un tomate—. Entonces…

—Trini… —se impacienta.

—Déjeme hablar —lo corto—. Si usted me quiere besar debe ser millonario, con un buen corazón y guapo… y si tiene lingotes de oro mejor, para que me regale joyas como a las mujeres de la India.

—¡Yo soy todo eso! ¡Soy muy rico! —afirma elevando el pecho—. Y puedo conseguirle las jodidas joyas esas de la India si quiere, pero déjeme besarla ya.

—Espérese, que aún no termino con mis demandas…

—¡Trinidad! —dijo, frunciendo el ceño—. No juegue conmigo.

—No estoy jugando —mentí descaradamente—. Es que… —me pasé la mano por la cara—. Usted no puede besarme así como así.

—¿Por qué no?

Solté el aire.

—Porque… si usted me besa… sería mi primer beso.

Silencio total, y mi jefe se atragantó con su propia saliva.

—¿Tu… primer beso? —repitió, como si yo acabara de decirle que todavía usaba rueditas en la bicicleta.

—Sí —dije, cruzándome de brazos—. No me mire así. Yo soy una mujer moderna… pero selectiva.

—Trini… —se pasó una mano por el cabello—. ¿Cómo es posible?

—No es el punto —lo interrumpí—. El punto es que una vez… —me mordí el labio—. Ay, Dios mío, qué vergüenza.

—Dilo.

—No.

—Trinidad.

—¡Está bien! —exploté, más roja que salsa mexicana—. Una vez fui donde una bruja en San Juan.

Ahí supe que me había perdido.

—Claro —dijo él, muy serio—. Por supuesto que fuiste.

—¡No se burle! —le advertí—. Esa señora sabía lo que decía.

—Ajá…

—Me dijo que el hombre que me diera mi primer beso sería mi amor eterno.

Máximo parpadeó.

—¿Eso es todo?

—No —continué—. También dijo que sería un hombre sexy, fuerte, medio gruñón… que me iba a dar muchos bebés y que me iba a amar toda la vida.

—Eso suena peligrosamente específico —murmuró.

—¡Exacto! —lo señalé—. ¿Ve por qué no puedo dejar que usted me bese así como así?

—Trini… —suspiró—. Eso son supersticiones.

—No lo son.

—Son cuentos.

—No.

—Inventos.

—¡No!

—Las brujas no existen.

—¡Respete a las brujas de San Juan!

Él me miró unos segundos… y entonces sonrió. Esa sonrisa lenta, ladeada, que parecía decir: ya entendí por dónde va esto.

—O sea —dijo—, que tú no me dejas besarte porque tienes miedo de enamorarte de mí.

—No —respondí rápido—. Tengo miedo de que usted se enamore de mí y se le suba el toxicímetro al cien.

—¿Yo?

—Sí, usted, piénselo bien, para que después no se queje.

—¿De qué me quejaría?

Levanté la barbilla.

—Porque yo soy celosa.

—Ajá…

—Tóxica, más que usted.

—Vaya…

—Intensa y desgreño gente.

—Se nota.

—Y si me besa… —me acerqué un paso—. No lo voy a dejar mirar jamás a ninguna otra mujer.

—¿Nunca?

—Nunca. Ni en anuncios. Ni en películas. Ni en la calle. Ni siquiera a la Virgen María si se aparece muy bonita.

Don Máximo se rió y se le hicieron esos hoyuelos de dios griego que me vuelven loquita.

¡Me dio calor! Dios mío, qué hombre tan bello. Y tú me lo estás poniendo en bandeja de oro, papá Dios. Valió la pena aguantarle los chancletazos a mi mamá y portarme bien.

—¿Eso es una amenaza, Trinidad?

—Es una advertencia.

—Curioso —dijo, acercándose—. Porque aun así… quiero besarte.

Mi corazón empezó a tocar tambora. Ahora se viene lo bueno.

—Bueno… —me encogí de hombros—. Está bien.

—¿Sí?

—Sí. Pero luego no diga que no se lo advertí.

Él no respondió.

Solo se acercó despacio, como si me estuviera dando tiempo de arrepentirme. No me moví, yo no soy tonta. Ese hombre era mío ya y el beso lo iba a hechizar.

Sentí su presencia así, grandote, poderoso, ese perfume delicioso que me ponía más loca que Shakira cuando Piqué le dio banda.

Dios mío, tú sabías bien lo que hacías cuando creaste a los hombres altos y gruñones. Gracias, mi Dios.

Sus dedos rozaron mi mejilla, con cuidado, como si yo fuera algo frágil.

—Trini…

—Máximo…

—Si te besa el hombre equivocado… —susurró—. ¿Qué pasa?

—Nada —admití—. Pero si me besa el correcto… se jodió.

Él sonrió.

—Entonces que se joda.

Y me besó… sus labios estaban fríos al principio, esa sensación era nueva para mí, pero cuando llevó su mano a mi cuello, me subió un calentón. Este hombre sabía lo que hacía…

No fue un beso brusco ni apurado. Fue un beso lento, suave, como esos besos que no piden permiso porque ya lo tienen, pero cuando nos acoplamos bien al baile de labios, la cosa se puso interesante y yo sentía que mi caballero me succionaría hasta la vida con ese beso tan sabroso.

¡Qué rico todo!

Mi cerebro se apagó, mi corazón gritó y mi alma… bueno, mi alma hizo una fiesta con merengue y fuegos artificiales.




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