RESIDENT EVIL: BLOODLINES
La Saga Completa
📂 INTERLUDIO: EL INTERCAMBIO ZERO
Ubicación: Costa de Maine. Hace 18 años.
Bajo una tormenta eléctrica que parecía el fin del mundo, Ada Wong llegó a una cabaña aislada con un bebé en brazos. Rebecca Chambers, la científica de S.T.A.R.S., la esperaba con un arma en la mano y el miedo en los ojos.
—«Leon no puede saberlo. Si el mundo sabe de su existencia, lo usarán como una pieza de ajedrez», sentenció Ada con una frialdad que ocultaba su dolor.
Rebecca aceptó el trato: criaría a Ren como su propio hijo, dándole una vida normal y llena de luz. Pero Ada impuso una condición: ella sería su mentora en las sombras. Durante 18 años, mientras Rebecca le enseñaba medicina y ética, Ada aparecía en los bosques para enseñarle a disparar, hackear y matar. Ren creció amando a Rebecca como madre y admirando a Ada como su maestra definitiva, sin saber que ambas compartían el secreto de su sangre.
CAPÍTULO 1: EL ECO DE LOS CAÍDOS
Ubicación: Base Hades-6, Antártida.
Hora: 02:45 AM.
El frío en la Antártida no era una condición climática; era un castigo. El viento rabiaba contra las estructuras de acero de la base Hades-6, filtrándose por las grietas con un silbido que imitaba los gritos de los muertos. En el hangar principal, el aire estaba saturado de una neblina azulada: nitrógeno líquido escapando de tuberías reventadas, mezclado con el olor metálico de la sangre congelada y el hedor químico del Virus-T Criogénico.
Chris Redfield y Leon S. Kennedy avanzaban con la espalda pegada, formando un círculo de acero y experiencia. Sus botas crujían sobre la escarcha que cubría los cadáveres de los soldados de la BSAA, cuyos rostros estaban congelados en una mueca de terror eterno.
—¡Leon, a las once! ¡Saliendo de los contenedores de carga! —rugió Chris, apretando el gatillo de su rifle de asalto.
Tres Lickers Criogénicos, con la piel de un blanco translúcido y garras de hielo sólido, saltaron desde las vigas superiores. Leon rodó por el suelo, disparando su pistola Matilda con una cadencia rítmica, pero las criaturas eran anormalmente rápidas, absorbiendo los impactos en su musculatura congelada.
—¡Son demasiado resistentes, Chris! ¡Necesitamos fuego o algo que rompa su estructura molecular! —gritó Leon, buscando cobertura tras un tanque de combustible volcado.
Justo cuando uno de los Lickers se preparaba para lanzar su lengua bífida hacia el cuello de Leon, una sombra cruzó el techo a una velocidad que desafiaba la gravedad. No fue un rugido lo que se escuchó, sino el siseo de un cable de grafeno de alta tensión.
Una figura descendió en un rapel invertido desde una grúa industrial a cuarenta metros de altura. Antes de tocar el suelo, el joven activó un dispositivo en su muñeca: una ráfaga de fósforo blanco estalló en mitad del hangar, iluminando la oscuridad con un resplandor cegador que hizo que las criaturas chillaran de dolor.
El joven aterrizó en una voltereta perfecta, levantándose en una postura de tiro cerrada, codos pegados al cuerpo, mentón bajo. ¡Paff-paff-paff! Tres disparos de una pistola ametralladora con supresor. Tres cráneos de Lickers estallaron en una nube de fragmentos óseos y cristales de hielo.
—¡Perímetro asegurado, Agentes! —gritó el joven. Su voz era firme, pero tenía un matiz de juventud que contrastaba con su letalidad—. Soy el Cadete Ren Chambers, Unidad de Apoyo Médico de Emergencia. Mi madre me envió a asegurar que el «Eco de los Caídos» no se extienda a la vieja guardia de S.T.A.R.S.
Leon se quedó petrificado, con el arma aún levantada. Miró al chico a través de las chispas que caían del techo. Tenía el cabello rubio oscuro, revuelto por la acción, y unos ojos azules que eran un espejo exacto de los suyos. Pero fue el movimiento posterior lo que le heló la sangre: Ren giró su cuchillo de combate sobre el dorso de su mano y lo enfundó en su bota con una elegancia acrobática que Leon solo había visto en Ada Wong.
—¿Chambers? —preguntó Leon, su voz resonando con una desconfianza que le quemaba el pecho—. ¿Rebecca Chambers tiene un hijo de veinte años en la BSAA? No sabía que ella...
—Ella prefiere mantener su vida privada fuera de los informes de la organización, Agente Kennedy —respondió Ren con una sonrisa arrogante, ladeando la cabeza de una forma que recordaba dolorosamente a Ada—. Ella me enseñó la biología de estas cosas en el laboratorio de Maine... pero una «tía lejana» me enseñó a cómo aplicar la eutanasia táctica antes de que te arranquen la cabeza. ¡Muévase a la izquierda, el mamparo va a ceder!
Un Tyrant-T103 modificado, con placas de armadura térmica, atravesó la puerta de seguridad. Ren no retrocedió. Corrió hacia la mole de tres metros, se deslizó entre sus piernas y le clavó una jeringa de alta presión cargada con un compuesto químico verde fluorescente en la articulación de la rodilla.
—¡Ahora, Chris! ¡Su pierna izquierda es inestable! —gritó Ren.
Chris no desperdició la oportunidad y disparó una granada de fragmentación a la base del Tyrant, derribándolo. Leon observó a Ren ayudar a Jake Muller a cargar a una Rosemary Winters inconsciente hacia el transporte de evacuación. La forma en que Ren le aplicaba un estabilizador a Rose, con la delicadeza científica de Rebecca, pero cubriendo el flanco con el arma lista, como un depredador acechando, era una contradicción andante.
—Ese chico... —susurró Leon mientras subía a la rampa del helicóptero, sin quitarle la vista de encima a Ren—. Pelea como un demonio y piensa como un genio.
—Se parece a ti, Leon —dijo Chris, dándole una palmada pesada en el hombro—. Demasiado.
—Eso es lo que me asusta, Chris —respondió Leon, mirando el medallón de S.T.A.R.S. que Ren llevaba colgado del cuello, un regalo de Rebecca que ocultaba el secreto de una madre que prefería las sombras y un padre que no sabía que su legado ya estaba caminando entre las ruinas del mundo.