Residente evil bloodline

capitulo 2,3,4,5,6

CAPÍTULO 2: EL VUELO DE LA VERDAD

Ubicación: Transporte Pesado de la BSAA «Valkyrie»
Rumbo: Espacio aéreo internacional, Océano Glacial Antártico

El rugido de las turbinas del transporte era lo único que llenaba el silencio sepulcral de la cabina de carga. El aire todavía olía a ozono y al antiséptico industrial que Ren estaba utilizando para tratar las laceraciones en el brazo de Jake Muller. Rosemary Winters descansaba en una camilla cercana, estabilizada pero sumergida en un sueño profundo inducido por el agotamiento de sus poderes.

Leon S. Kennedy estaba sentado frente a ellos, con el rostro parcialmente oculto por las sombras. Sus manos, aún enfundadas en guantes tácticos manchados de aceite de Tyrant, sostenían una tableta de datos, pero sus ojos no se movían de la figura de Ren.

—Tienes una técnica de sutura muy precisa, Chambers —dijo Leon, su voz cortando el zumbido de los motores—. Es el estilo de campo de la vieja escuela de S.T.A.R.S. Rebecca te enseñó bien.

Ren levantó la vista, terminando de aplicar un vendaje térmico sobre la herida de Jake. Le dedicó a Leon una mirada fugaz, una chispa de inteligencia que parecía procesar mil escenarios por segundo.

—Mi madre cree en la preservación de la vida por encima de todo, Agente Kennedy —respondió Ren, guardando el kit médico en su cinturón táctico con un movimiento seco—. «Un soldado muerto no puede salvar a nadie», suele decir.

La Sospecha Crece

—Curioso —añadió Leon, inclinándose hacia adelante—. Porque la forma en que entraste en ese hangar... el ángulo de tiro, la forma en que usaste ese cable de grafeno... eso no se aprende en un manual médico de la BSAA. Eso es entrenamiento de infiltración de Clase S.

Jake Muller soltó una carcajada ronca, recostando la cabeza contra el fuselaje.

—Déjalo en paz, Kennedy. El chico sabe lo que hace. Si no fuera por su «química mágica», ese Tyrant nos habría convertido en cubitos de hielo. Sea quien sea su padre, le dio buenos genes.

Ren se tensó imperceptiblemente ante la mención de su padre. Se puso en pie y caminó hacia la consola de comunicaciones del transporte.

—Mi padre fue un oficial de policía que murió cumpliendo su deber, Agente Muller. Al menos eso es lo que me han dicho siempre.

Leon sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura exterior. «Un oficial de policía». La mentira de Rebecca era perfecta, pero Ren la pronunciaba con una nota de duda que solo un mentiroso profesional detectaría.

El Cifrado de la Rosa

—¡Leon, tenemos un problema! —la voz de Chris Redfield llegó desde la cabina de mando—. El radar detecta una firma de interferencia cuántica. Alguien está hackeando nuestra señal de GPS desde una ubicación remota en el Mar Caspio.

Ren reaccionó antes que nadie. Sus dedos volaron sobre el teclado de la consola, desplegando una serie de códigos de contramedida que Leon reconoció de inmediato: era el Cifrado de la Rosa, un protocolo de encriptación que Ada Wong utilizaba para borrar sus rastros.

—¡Bloqueado! —anunció Ren, con una sonrisa de triunfo—. He desviado su señal a un servidor fantasma en las Bermudas. Eso nos dará unas horas.

Leon se puso de pie, caminando lentamente hacia Ren. Se detuvo a escasos centímetros, obligando al joven a sostenerle la mirada.

—Ese código de desvío... ¿Rebecca te lo enseñó también?

Ren sostuvo la mirada de Leon con una audacia que rozaba la insolencia.

—Me lo enseñó mi «tía». Ella dice que en un mundo lleno de espías, lo mejor es ser el fantasma que nadie puede ver.

—Tu tía tiene nombres muy interesantes para las cosas —susurró Leon, su mano rozando instintivamente el estuche de su pistola—. ¿Cuándo la verás de nuevo?

—Pronto —respondió Ren, ajustándose el visor—. Ella nos espera en la plataforma petrolífera del Caspio. Dice que tiene las «Llaves del Abismo» que necesitamos para detener a Simmons.

Leon regresó a su asiento, con el corazón martilleando contra sus costillas. El eco de los caídos en la Antártida no era nada comparado con el estruendo de la verdad que estaba a punto de estallar. Miró por la ventanilla hacia la oscuridad del océano; sabía que al final de ese vuelo, se encontraría cara a cara con la mujer que le había robado veinte años de paternidad y con el hijo que era el espejo vivo de sus propios pecados.

☣️ CAPÍTULO 3: EL REFUGIO DE LOS PECADORES (PARTE I)

Ubicación: Refugio 13 de la BSAA, Macizo del Mont Blanc, Alpes Suizos.
Hora: 05:12 AM.

El Refugio 13 no era un lugar de descanso; era una cápsula de tiempo enterrada bajo trescientos metros de granito vivo. El aire reciclado siseaba a través de las rejillas con un regusto metálico, y el zumbido constante de los generadores geotérmicos creaba una vibración sorda que se sentía en la planta de los pies. Era el escondite perfecto para los que ya no tenían lugar en la superficie, un santuario para los «pecadores» que habían dedicado su vida a combatir lo que el mundo ahora llamaba progreso.

En el hangar de mantenimiento, bañado por una luz halógena mortecina, Ren estaba sentado en un banco de metal. Con una parsimonia que rozaba lo obsesivo, estaba desarmando su pistola ametralladora personalizada. Sus dedos, largos y ágiles, se movían con una memoria muscular que combinaba la precisión de un neurocirujano y la frialdad de un ejecutor de campo.

—Esa pieza del percutor tiene un desgaste de micras en el ángulo izquierdo, Chambers. Si no la ajustas, el tercer disparo de una ráfaga se desviará dos pulgadas —dijo una voz grave que emergió de la penumbra.

Ren no se sobresaltó. Su entrenamiento con «Tía Ada» en los bosques de Maine le había enseñado a mapear el espacio mediante el eco de los pasos y el ritmo de la respiración. Se giró lentamente, encontrando a Leon S. Kennedy apoyado contra una columna de hormigón, con los brazos cruzados y esa mirada azul acero que parecía querer leer el código fuente de su alma.




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