Resilence

Capitulo 1: El Rugido del litoral

El olor a aceite quemado, gasolina y sudor era el aire de todos los días en el taller. El sol de la tarde golpeaba con saña el techo de zinc, convirtiendo el espacio en un horno cerrado donde el eco de las herramientas contra el metal era el único ritmo constante.
Alex soltó una llave inglesa sobre el banco de madera y se pasó el dorso de la mano por la frente para limpiarse las gotas de sudor que amenazaban con nublarle la vista. Tenía los brazos manchados de grasa negra hasta los codos. Frente a él, montada sobre un par de tacos de madera gastados, estaba la Yamaha DT 175cc. No era una moto de carreras de circuito, ni mucho menos; era un rompecabezas de piezas rescatadas de chiveras, pero bajo sus manos, ese motor sonaba redondo, fino, como si supiera que esa noche se iba a jugar la vida en la bajada de la autopista.
—Mano, pásame el dado de media —pidió Kelvin desde el suelo, arrastrándose debajo de una camioneta vieja que tenían semanas intentando entregar.
Alex estiró el brazo, tomó la herramienta de la caja desordenada y se la alcanzó a su hermano mayor sin decir una palabra. Kelvin, a sus 28 años, tenía la espalda curtida por el esfuerzo de mantener ese taller a flote. Desde que su papá se había marchado dejando solo promesas baratas, Kelvin había asumido el rol de sacar adelante la casa, y Alex lo respetaba más que a nadie en el mundo.
—Esa DT quedó fina, ¿verdad? —preguntó Kelvin, saliendo de debajo del chasis y limpiándose la cara con un trapo sucio—. Pero te lo digo hoy y te lo digo siempre, Alex: ten cuidado en la autopista. Esos piques se están poniendo feos. La gente anda armada, la policía está buscando a quién joder para quitarle plata y el asfalto de La Guaira no perdona un error. Un hueco mal parado a esa velocidad y no la cuentas.
Alex se encogió de hombros mientras se ajustaba los guantes de tela gastados.
—Tranquilo, Kelvin. Tú sabes que yo sé por dónde trazar. Además, necesitamos los reales. El colegio de Nati viene con aumento el mes que viene y la nevera está pidiendo auxilio. Mamá no puede con todo sola en la casa.
Mencionar a la pequeña Nati siempre cerraba cualquier discusión. Kelvin suspiró, sabiendo que su hermano menor tenía la razón. El dinero de los arreglos del taller apenas alcanzaba para estirar la quincena, y los piques clandestinos nocturnos se habían convertido en el salvavidas económico de la familia, a pesar del peligro de muerte que conllevaban.
Justo en ese momento, una silueta pequeña apareció por la puerta del taller, iluminada por el sol brillante de la calle. Era Nati la pequeña de la casa, arrastrando sus zapatos escolares y con una sonrisa que lograba iluminar el rincón más oscuro del taller.
—¡Alex! ¡Kelvin! —gritó la niña, corriendo directamente hacia los brazos de su hermano menor.
Alex la cargó sin importarle mancharle la camisa blanca del uniforme con la grasa de sus brazos. La levantó en el aire, haciéndola reír, y por un segundo, toda la presión del dinero, las deudas y el asfalto desapareció de su mente.
—¿Cómo te fue en la escuela, carajita? —le preguntó Alex, bajándola con cuidado.
—Bien, saqué veinte en el dibujo del carro —dijo con orgullo, mostrando una hoja de cuaderno arrugada—. Mamá dijo que compró harina para hacer arepas cuando lleguemos.
Alex miró a Kelvin y asintió en silencio. La motivación estaba completa. No corría por fama, ni por el ego de ser el más rápido del litoral, aunque lo fuera. Corría por la comida en la mesa, por el uniforme de su hermana y por la tranquilidad de la mujer que los había criado sola.
La tarde cayó rápido sobre La Guaira, tiñendo el mar del fondo con tonos anaranjados y violetas. A las nueve de la noche, el taller ya estaba cerrado, pero Alex no iba a casa. Se subió a la DT, pateó la palanca de encendido y el motor de dos tiempos rugió, soltando un humo denso que se disipó en la brisa marina.
Se acomodó el casco prestado, ajustó la visera rayada y aceleró con dirección a la autopista Caracas-La Guaira. La noche estaba fresca, los postes de luz parpadeaban en la avenida desierta y el sonido de otras motos a lo lejos anunciaba que el punto de encuentro ya estaba activo. El juego de la supervivencia estaba a punto de empezar.

El punto de encuentro en la entrada de la autopista era un hervidero de luces de cruce, humo de aceite de dos tiempos y música a todo volumen que salía de los carros estacionados a los lados. Fácilmente había más de treinta motos agrupadas, la mayoría muchachos del barrio midiendo fuerzas y apostando lo poco que tenían en los bolsillos.
Alex mantenía los pies firmes en el asfalto mojado por el sereno de la noche, sosteniendo el peso de la DT. A su lado, Kelvin miraba de reojo el movimiento de la gente, visiblemente tenso. Los demás competidores daban acelerones ruidosos para calentar los motores, listos para arrancar.
Kelvin se acercó al oído de Alex para tapar el alboroto general y le puso una mano en el hombro.
—Mano, ten cuidado, de pana —le dijo con la voz entrecortada por los nervios—. No quiero tener problemas con la vieja si te pasa algo. Bastante ha sufrido ya como para que le llevemos un disgusto a la casa.
Antes de apartarse, Kelvin estiró el brazo y le dio un golpe afectuoso que terminó en un beso sobre la superficie desgastada del casco. Alex soltó una risa ahogada detrás de la visera y le dio un empujón suave en el pecho.
—Quédate quieto, dale —le respondió Alex, acomodándose los guantes—. Quédate tranquilo que esta carrera la gano yo. Confía.
Y no era arrogancia barata. Desde pequeño, Alex había demostrado un talento natural para la velocidad que desafiaba la lógica. Tenía una capacidad única para sentir el agarre de los neumáticos y anticipar las curvas antes de llegar a ellas; una finura para mover el cuerpo sobre el asiento que le había permitido encadenar varias victorias consecutivas en el litoral. Sabía exactamente hasta dónde exprimir el motor sin fundirlo.
Mientras terminaba de acoplarse, una moto modificada y con los carenados brillantes se estacionó justo al lado. El piloto, un tipo del barrio apodado "El Chino" que se creía el dueño de la zona, aceleró a fondo su máquina haciendo un ruido ensordecedor antes de mirar a Alex por encima del hombro.
—¿Qué pasó, Alex? ¿Ya arreglaste esa troja? —se burló el tipo, señalando con el pie el cuadro pintado a mano de la DT—. Ten cuidado no se te desarme ese perol en la mitad de la bajada y pases tremendo susto.
Alex no se alteró, ni se rebajó a gritar. Se limitó a sostenerle la mirada, fijando sus ojos en el rival con una seriedad retadora que cortaba el ambiente. La seguridad que transmitía ponía nervioso a cualquiera.
—Cuidado tú más bien —le soltó Alex con la voz completamente fría—. Cuidado no te grabas bien los números de mi placa, porque es lo único que vas a ver toda la noche.
El tipo borró la sonrisa de inmediato y regresó la vista al frente, tragando grueso.
Un hombre se paró en medio de la vía con una franela blanca en la mano. Los motores rugieron al unísono, levantando una nube de humo que nubló los postes de luz. El corazón de Alex empezó a latir a mil por hora, pero su mente se puso en blanco. No pensaba en el rival, ni en las burlas; solo veía la silueta de Nati sonriendo en el taller y las manos cansadas de su mamá Luz esperando en la cocina. Ese dinero de la apuesta era para ellas. Era la comida de la semana.
La franela cayó.
La DT salió disparada, levantando la rueda delantera unos centímetros antes de que Alex clavara el cuerpo hacia adelante para ganar tracción. El inicio fue un caos de motos rozándose los manubrios a más de cien kilómetros por hora en plena oscuridad. El Chino tomó la delantera gracias a la potencia de su motor, pero Alex se pegó a su estela inmediatamente, usando el rebufo para no perder terreno.
Llegaron a la primera curva rápida en bajada. Mientras los demás frenaban por miedo al asfalto liso de la autopista, Alex demostró por qué era diferente. Dejó correr la moto, inclinándola con una fluidez impresionante, rozando casi el pavimento con la rodilla y manteniendo el acelerador abierto en el punto exacto. Pasó a dos competidores por la parte interna como si estuvieran parados.
La carrera se volvió un mano a mano reñido entre la DT de Alex y la moto modificada del Chino. Intercambiaron posiciones tres veces en las rectas, los carenados rozándose peligrosamente en la oscuridad del litoral. A falta de la última recta antes de la llegada, Alex aprovechó un bache en el asfalto que el Chino esquivó por miedo; Alex metió la moto directo por el hueco, absorbiendo el impacto con las piernas firmes y abriendo el gas a fondo.
La DT cruzó la línea imaginaria de meta con media moto de ventaja. Alex soltó un grito de desahogo dentro del casco. Lo había logrado. Los reales de la semana estaban asegurados.
Sin embargo, la alegría duró apenas unos segundos. Justo al desacelerar, el motor de la DT hizo un extraño *clack* metálico por dentro, empezó a perder fuerza de golpe y se apagó por completo, dejándolo rodar por inercia hasta donde estaba Kelvin esperando con el dinero de las apuestas.
Antes de que Kelvin pudiera gritar de la emoción por la victoria, un sonido agudo y estridente cortó el aire de la noche. A lo lejos, las luces azules y rojas empezaron a iluminar los cerros de la autopista.
—¡Mierda, Kelvin, los pacos! —exclamó Alex, quitándose el casco rápido y montándose de nuevo en el asiento, dándole una patada desesperada a la palanca de encendido—. ¡Tenemos que irnos ya! ¡Muévete!
La palanca bajó floja, sin compresión. El motor emitió un quejido sordo, pero no arrancó. Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca, retumbando en las paredes de la autopista. La policía venía a cerrarlos y la DT no quería prender.



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En el texto hay: amor, aventura e intriga

Editado: 11.06.2026

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