Eran las 2:00 de la mañana. El ambiente en el comando policial era pesado, cargado de un olor a desinfectante barato mezclado con sudor y miedo. Cuando la patrulla se detuvo, el oficial al volante abrió la puerta trasera con un tirón brusco.
—¡Bájense! ¡Y no se atrevan a intentar nada, que aquí adentro la suerte se les acaba rápido! —ordenó el funcionario mientras los empujaba hacia el interior del recinto.
Mientras caminaban por el pasillo central, Kelvin bajó la cabeza, acercándose lo más posible a su hermano. En un susurro urgente, casi inaudible, le habló a Alex:
—Escucha, mantente en silencio, no vayas a hablar nada si nos interrogan. Capaz quieren que nos inculpemos de algo más grave solo para sacarnos dinero. Si la cosa se pone fea, yo voy a echarme la culpa de todo porque soy el mayor, ¿ok? No quiero que nada te pase a ti.
Alex apretó los dientes, sintiendo una mezcla de rabia y lealtad pura.
—Kelvin, cállate —respondió con voz firme—. No te voy a dejar solo. Juntos caímos en esto, además, tú no querías que yo condujera, yo tomé la decisión.
—¡Sí, pero...! —insistió Kelvin con angustia.
—Siempre estaremos juntos, mano. Tranquilo —lo cortó Alex, manteniendo la mirada al frente.
Los policías los desviaron hacia un patio trasero, un área apartada del resto de las celdas, donde la luz de un bombillo fundido parpadeaba intermitentemente. Allí esperaban dos funcionarios más, apoyados contra una pared, observándolos como depredadores.
—Ok, llegamos al lugar —dijo el oficial al mando, soltándolos de un empujón—. Les voy a hablar claro: ustedes quieren salir de aquí sin cargos y sin que los procesen, pues llamen a alguien que les resuelva. Queremos 200 dólares ahorita mismo.
Kelvin, alterado y con la voz quebrada por la impotencia, exclamó:
—¡Esa plata no la tenemos, por Dios! ¡No conocemos a nadie que nos la pueda prestar en esta madrugada!
Uno de los funcionarios, visiblemente molesto por la respuesta, se acercó a Kelvin con tono amenazante.
—No me importa. Llamen a su mamá, a su papá o a cualquier familiar. Aquí no nos vamos sin el dinero.
Alex, que hasta ese momento había intentado contenerse, perdió la paciencia ante la mención de su madre. La rabia le nubló el juicio y soltó con desprecio:
—¿Son estúpidos? Ya les dijimos que no tenemos plata. No vamos a colaborar con sus trampas.
La reacción fue inmediata. Sin previo aviso, el oficial que tenía el bastón de mando lo estrelló con fuerza contra la rodilla de Alex. El impacto fue seco, doloroso, y el joven cayó de rodillas al suelo, soltando un quejido.
—¡Alex! —gritó Kelvin, intentando lanzarse hacia su hermano, pero el otro policía lo sujetó por el cuello de la camisa con violencia.
—Tu hermano se cree un hombre ya, ¿no? —se burló el oficial, mirando al que estaba en el suelo—. Pérez, Hernández, procedan. Llévenselo y denle un regalito para que aprenda a respetar.
Alex, a pesar del dolor punzante en su pierna, se levantó tambaleándose. Su orgullo estaba intacto. Con una mirada de odio puro, se acercó al oficial que lo había golpeado y, desafiante, le escupió el pie.
—¡Maldito mocoso! —rugió el oficial.
En cuestión de segundos, los dos policías se le fueron encima a Alex, golpeándolo con puños y patadas. Kelvin, al ver a su hermano siendo masacrado, entró en un estado de desesperación total; logró soltarse del agarre del policía que lo sujetaba y se lanzó sobre el oficial más cercano con todo lo que tenía, intentando proteger a Alex.
Pero no era suficiente. El tercer funcionario intervino rápidamente, golpeando a Kelvin en las costillas para desarmarlo. Lo que siguió fue una lluvia de golpes y gritos en el patio oscuro, donde los dos hermanos intentaban cubrirse el uno al otro mientras la autoridad, convertida en verdugo, descargaba toda su violencia sobre ellos. El fuego de la rabia y el dolor del cuerpo empezaron a mezclarse, marcando un punto de no retorno para ambos.
Los golpes cesaron tan súbitamente como habían comenzado. Los funcionarios se apartaron, respirando agitados, mirando con desprecio los dos bultos que se retorcían en el suelo, cubiertos de tierra, polvo y la sangre que empezaba a brotar de sus rostros.
—Agarren a esos dos y llévenlos a la celda —escupió el oficial al mando, guardando el bastón—. Esos pobres de barrio no tienen ni donde caer muertos, pero vamos a llamar a algún familiar para ver qué rescatamos de ahí. Seguro algo tienen guardado bajo el colchón.
Dos agentes los levantaron del suelo a empujones, obligándolos a caminar arrastrando los pies. Alex, con el labio partido y un ojo hinchado, levantó la mirada hacia el oficial y, con un hilo de voz pero cargado de odio, susurró:
—Malditos...
El oficial soltó una carcajada cínica, señalándolo con el dedo.
—Este mocoso sí es duro, vale. Llévenlo a la celda. Y si los otros del comando preguntan qué pasó, digan que se resistieron y tuvimos que proceder. Esa es la versión oficial.
Los arrojaron dentro de la celda de concreto frío como sacos de papas. Antes de cerrar la reja con un estruendo metálico, les quitaron las cedulas y teléfonos para registrar sus datos, dejándolos completamente indefensos y despojados de cualquier rastro de su identidad.
El silencio de la celda era más ensordecedor que los golpes. Kelvin, apoyado contra la pared y sujetándose las costillas, se arrastró hacia Alex.
—Alex... ¿estás bien, hermano? —preguntó con la voz rota.
Alex tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no eran de dolor físico; era una ira negra, un fuego que le quemaba por dentro.
—Van a meter a mamá en este lío, Kelvin —respondió con la voz entrecortada por la rabia—. Ella ya carga con tanto estrés... son capaces de quitarle hasta el último céntimo que tenga guardado. Y nosotros aquí, sufriendo por eso, viendo cómo todo desaparece como si nada solo porque la corrupción es más fuerte que nosotros. No es justo, Kelvin, no es justo... mi familia es todo para mí, y verte así, golpeado por mi culpa, me duele más que cualquier golpe que me hayan dado ellos. Si no hubiera corrido esta noche, todo habría sido diferente.