El ambiente en el punto de partida era un hervidero de adrenalina y cultura urbana. La noche estaba impregnada de un calor denso, cargada de una mezcla estridente de salsa baúl (género musical muy escuchado en venezuela) que retumbaba en los sistemas de sonido de los carros estacionados a los costados de la pista. El olor a cerveza fría se confundía con la gasolina de alto octanaje, creando una atmósfera típica de las noches de La Guaira donde el peligro y la fiesta se daban la mano.
En medio del tumulto, el nombre de Alex circulaba entre los apostadores como una leyenda en ciernes. A pesar de sus escasos 18 años, su reputación como un piloto audaz lo precedía. Algunas mujeres, desde el capó de los carros, no apartaban la vista de él.
—Míralo —comentó una, apoyada sobre una camioneta—. Tiene una mirada de bad boy que asusta, pero no deja de ser un niño.
—Ay, por favor, amiga —respondió la otra, dándole un sorbo a su cerveza y analizando con descaro la figura de Alex—. Yo no le presto atención a la edad. Está demasiado guapo con ese color canela y ese cuerpo tan marcado. Mira esos hombros de tanto hacer ejercicio, está bien definido el chamo.
Alex, con su buzz cut impecable y los músculos tensos bajo la camiseta, ignoraba los murmullos. Estaba concentrado, haciendo estiramientos rápidos, sintiendo cómo el corazón le bombeaba un ritmo frenético en las sienes. Su cuerpo atlético, fruto de años de trabajo duro en el barrio, le daba una agilidad natural sobre la máquina que los demás corredores envidiaban.
El estruendo de los motores fue subiendo de tono hasta convertirse en un rugido constante. Los pilotos comenzaron a alinearse en la meta improvisada. El Chino, posicionado a su izquierda, lo escaneaba con una mirada de odio puro, mientras que a su derecha, Wilker mantenía esa sonrisa maniaca, como si estuviera disfrutando de una película que solo él podía ver.
Una mujer, con un pañuelo rojo en la mano y vestida con ropa ajustada, caminó hacia el centro de la pista, justo frente a las motos. El silencio cayó sobre el grupo de apostadores como una manta pesada. El conteo regresivo había comenzado.
—¡Tres! —gritó la mujer, levantando el pañuelo.
El Chino aceleró en vacío, haciendo que su motor soltara llamaradas azules por el escape.
—¡Dos! —continuó ella, mientras los pilotos se inclinaban sobre sus manillares, los músculos de sus brazos marcados por la tensión.
Wilker giró la cabeza hacia Alex, le guiñó un ojo con una mirada depredadora y volvió a fijar la vista en la recta oscura que tenían por delante. Alex apretó el embrague, sintiendo el metal vibrar bajo sus guantes.
—¡Uno!
El aire se volvió eléctrico. Alex cerró los ojos por una milésima de segundo, visualizando la meta, la plata para su mamá y la salida de esta vida de sombras. Cuando abrió los ojos, sus pupilas estaban dilatadas, enfocadas únicamente en el asfalto.
—¡Ya!
El pañuelo bajó y el sonido fue ensordecedor. Las ruedas traseras patinaron sobre el pavimento, lanzando piedras y polvo hacia atrás, mientras las motos salían disparadas como proyectiles hacia la oscuridad de la carretera.
Eran las 10:00 de la noche. La brisa nocturna soplaba con fuerza cuando Kelvin cruzó la puerta de casa, cansado tras su salida con Daniela.
—¡Bendición, mamá! —dijo al entrar, tratando de recuperar el aliento.
—Dios te bendiga, hijo —respondió Luz María, que intentaba leer un libro en la sala pero no lograba concentrarse.
Nati salió disparada desde el pasillo, saltándole encima a su hermano mayor.
—¡Kelvin! ¿Cómo estás? —preguntó la pequeña con emoción.
—Hola, mi amor, estoy bien. ¿Y tu hermano? ¿Está en el cuarto?
Luz María cerró el libro de golpe y levantó la vista, confundida.
—No, Kelvin. Tu hermano no ha llegado. Yo pensé que estaba contigo.
Kelvin sintió un escalofrío que le bajó por la espalda.
—No, mamá, yo estaba con Daniela.
La preocupación de Luz se transformó en una punzada aguda.
—¿Dónde se habrá metido ese carajito? Ojalá no se esté metiendo en problemas...
Kelvin recordó instantáneamente la conversación con Brayan en el taller y cómo Alex se había quedado pensativo al hablar de los 300 dólares.
—Ese estúpido... Ojalá no esté donde creo que está —murmuró Kelvin, con la mandíbula apretada—. Ya vengo, mamá. Creo saber dónde encontrarlo.
—Está bien, hijo, pero ten mucho cuidado, por favor —suplicó ella mientras Kelvin salía corriendo hacia la calle sin mirar atrás.
Mientras tanto, en la oscuridad de la carretera, la carrera era una guerra abierta. El viento silbaba a más de 120 km/h y el rugido de los motores impedía cualquier pensamiento racional. Alex iba en el centro, con los nervios templados, intentando ganar unos metros para despegarse del pelotón. Sin embargo, el Chino no lo dejaba respirar.
Cada vez que Alex intentaba tomar una curva o acelerar en las rectas, el Chino le cerraba el paso peligrosamente, maniobrando su moto para estorbarle, obligándolo a frenar o a cambiar su trayectoria.
—¡Quítate, maldito! —gritó Alex por debajo del casco, viendo cómo la oportunidad se le escapaba.
Mientras ellos se bloqueaban y peleaban por cada centímetro de asfalto, Wilker, el "Azote de Petare", se mantenía agazapado justo detrás, con una sangre fría aterradora. Aprovechando el conflicto entre los dos rivales, Wilker lanzó un acelerón violento y, sin pedir permiso, pasó por el espacio mínimo que quedaba entre el Chino y la cuneta.
Wilker se colocó a la cabeza, ganando distancia con una facilidad insultante. La tensión era insoportable; Alex sabía que si no hacía una maniobra arriesgada en los próximos segundos, la carrera —y el dinero que tanto necesitaba su madre— estarían perdidos para siempre.
La destreza de Alex sobre el asfalto era algo que pocos podían igualar. Cuando el Chino frenó bruscamente al entrar en una curva cerrada por exceso de confianza, Alex no dudó: inclinó su cuerpo, acostó la moto al límite, rozando el pavimento con la rodilla, y aceleró justo en el vértice. Fue un movimiento de precisión milimétrica. En un parpadeo, dejó atrás al Chino y se pegó a la rueda trasera de Wilker.