El aire en la cima del voladero se volvió denso, cargado con el olor a pólvora y desesperación. Alex estaba paralizado, con la vista clavada en el abismo donde Wilker había desaparecido. El trauma del accidente era una pared de concreto frente a sus ojos, hasta que una voz rasposa, cargada de una sed de muerte insaciable, lo obligó a aterrizar en la realidad.
—¡Malditos! Los voy a quebrar aquí mismo. ¡Los voy a llenar de plomo! —rugió Juan, conocido en los bajos fondos como "Petrica".
Petrica no era un novato. Como segundo al mando de la banda más temida de Petare, su crueldad era legendaria. Ese día, él y su hermano Wilker habían montado el escenario perfecto: un negocio redondo de apuestas amañadas que les reportaría más de 1.000 dólares. Pero la intromisión de Alex y su negativa a dejarse intimidar habían arruinado el plan y, peor aún, le habían arrebatado a su hermano. Petrica sacó una pistola negra de debajo de su camisa; el metal brilló bajo la luz de los postes.
En ese instante, el aullido de las sirenas policiales cortó la noche. El pánico se apoderó de la multitud. La gente corría en todas direcciones, creando una cortina humana de caos y confusión.
Kelvin aprovechó el desorden. Le propinó una bofetada seca a Alex para sacarlo del trance.
—¡Alex, reacciona! ¡Tiene una pistola, nos va a matar! ¡Múevete, móntate en la moto y vámonos!
Alex parpadeó, el terror dándole paso a la urgencia de sobrevivir. Se subió a la moto con un movimiento mecánico, mientras Kelvin saltaba detrás de él.
—¡Apúrate, trae la moto, menor! ¡Que se nos vuelan! —gritó Petrica, furioso, al ver que los hermanos comenzaban a acelerar.
Uno de sus secuaces llegó derrapando con una máquina potente. Petrica se lanzó al asiento trasero, sujetándose con una mano mientras con la otra encañonaba la espalda de los hermanos.
—¡Montate, Petrica, que no vamos a dejar que se vayan! —gritó el conductor, abriéndose paso entre la gente a empujones.
Alex arrancó con una furia que nunca antes había sentido, zigzagueando entre los carros que bloqueaban la salida. Las patrullas empezaron a iluminar la zona, pero Petrica no retrocedió. Era un hombre que no conocía el miedo ni la clemencia. Desde el asiento de atrás de su moto, se inclinó, equilibrándose con una destreza aterradora, y apuntó con calma hacia la rueda trasera de los Orozco.
—¡Kelvin, agárrate duro! —gritó Alex, acelerando hasta que el motor aulló en la noche.
La persecución había comenzado. Las balas silbaron cerca de sus oídos, rompiendo el cristal de un carro estacionado. Alex sabía que no solo huían de la policía; huían de un hombre que tenía una red de poder capaz de encontrarlos hasta debajo de las piedras. La vida en La Guaira había terminado.
La huida se convirtió en una danza macabra sobre el asfalto caliente de La Guaira. Alex maniobraba con una destreza inhumana, zigzagueando entre los carros que intentaban avanzar por la vía principal, obligando a los conductores a tocar bocinas desesperadas. Detrás de ellos, la moto de Petrica se mantenía como una sombra implacable, acortando distancias cada vez que el tráfico les impedía acelerar.
El sonido de los disparos de Petrica se confundía con el rugido de los motores. Las balas silbaban, impactando contra el metal de los vehículos que los rodeaban, sembrando el terror a su paso.
—¡Alex, mira lo que causaste! —gritó Kelvin, aferrándose a la cintura de su hermano mientras el viento le azotaba el rostro—. ¡Ahora nos quieren matar! ¡Si te hubieras ido a casa, todo esto estaría bien!
—¡Maldita sea! —respondió Alex, con los ojos inyectados en sangre, esquivando un camión por centímetros—. ¡Tienes razón, lo sé! Pero no podemos detenernos a lamentarnos, ¡tenemos que perderlo!
Kelvin sintió un vacío en el estómago al pensar en el hogar.
—¡Alex, por Dios! ¡No es solo nosotros! ¡Ahora temo por Nati y por mamá! ¡Esa gente es capaz de todo, son criminales de verdad! ¡Maldita sea, chamo, qué mierda hicimos!
Las palabras de su hermano fueron como un balde de agua fría. Alex comprendió la magnitud de su error: su orgullo y su necesidad de dinero habían puesto un blanco en la espalda de las dos personas que más amaba en el mundo. Su determinación cambió; ya no corría solo por sobrevivir, corría por limpiar el camino de regreso a casa.
—¡Tienes razón, no voy a dejar que lleguen hasta ellas! —rugió Alex—. ¡Los voy a perder, lo juro!
Pero el destino parecía decidido a terminar con ellos. En medio del caos, dos patrullas de la policía, alertadas por el tiroteo y las carreras, se acoplaron a la persecución, activando sus sirenas y luces estroboscópicas. Ahora eran dos motos y dos patrullas en una carrera suicida que atraía más atención de la que podían manejar.
—¡Maldita sea! ¡Lo que faltaba! —bramó Alex al ver las luces azules reflejadas en sus espejos.
—¡Alex, por ahí! —señaló Kelvin, apuntando hacia un callejón estrecho y oscuro que se abría entre dos edificios viejos, un espacio donde las patrullas grandes no podrían entrar.
Sin dudarlo ni un segundo, Alex tiró del manillar. La moto se inclinó violentamente, rozando las paredes con el estribo, y se hundió en la oscuridad del callejón, dejando atrás el ruido ensordecedor de las sirenas y los disparos de Petrica, que se vio obligado a frenar en seco al no poder seguir el ritmo en un espacio tan reducido.
Habían logrado una ventaja, pero estaban entrando en un laberinto del cual no conocían la salida.
La adrenalina era lo único que mantenía a Alex en pie mientras su mente procesaba cada curva y cada obstáculo. Al salir del callejón, pensó que los había dejado atrás, pero el rugido inconfundible de la moto de Petrica volvió a atronar el aire.
—¡No se rinden, son unos malditos intensos! —gritó Alex, con los nudillos blancos de tanto apretar el manillar.
A lo lejos, las luces de una obra en construcción iluminaban un esqueleto de concreto: un centro comercial a medio terminar. Era un terreno lleno de escombros, varillas de acero y maquinaria pesada. Alex vio una rendija entre dos bloques de hormigón que protegían la entrada; era su única oportunidad. Entraron a toda velocidad, dejando atrás a las patrullas policiales, cuyos vehículos no tenían espacio para maniobrar entre los escombros.