Resilence

Capitulo 7: Calma

Las luces de neón del *bowling* parpadeaban al ritmo de la música pop, creando un ambiente desenfadado que parecía de otro mundo comparado con la rutina de Alex. Había pasado una tarde entera riendo, algo que no recordaba haber hecho con tanta naturalidad desde hacía un año.

Alex, sorprendentemente, resultó ser un natural para el juego. Lanzaba la bola con una precisión mecánica, logrando una racha de "chuzas" que dejaban a Marcela boquiabierta. Ella, por el contrario, luchaba por no enviar la bola directo a los canales laterales.

—¡Este juego está trucado! —exclamó ella, soltando una carcajada y señalando la pantalla de puntaje—. ¡Seguro configuraron las máquinas para que tú ganes siempre y yo haga el ridículo!

Alex, quien finalmente se veía relajado, con los hombros menos tensos, se acercó a ella con una sonrisa traviesa.

—No está trucado, es cuestión de técnica. A ver, ven acá, déjame enseñarte.

Alex se colocó detrás de ella. Cuando le tomó la mano para guiar su postura y ajustar el ángulo del lanzamiento, el aire en el pasillo pareció volverse denso. Marcela se tensó, no por miedo, sino por los nervios que le provocaba tenerlo tan cerca, sintiendo el calor de su cuerpo y el roce de su chaqueta de cuero.

—Apunta ahí... y suelta suave —susurró Alex cerca de su oído.

Marcela lanzó. La bola rodó por el centro y, con un estruendo seco, derribó casi todos los pinos. El grito de victoria de Marcela fue instantáneo. Giró sobre sus talones, radiante de emoción, y rodeó a Alex en un abrazo impulsivo. Fue un contacto eléctrico, honesto y lleno de vida. De repente, consciente de la proximidad y del gesto, Marcela se puso roja como un tomate y se separó rápidamente, desviando la mirada hacia el suelo, tratando de ocultar su nerviosismo.

Alex soltó una carcajada cálida, sin pizca de burla.

—¿Viste? Te dije que sí eres buena —dijo él, mirándola con una ternura que ella no había visto antes.

—Gracias... gracias a ti —respondió ella, todavía con las mejillas encendidas.

El momento fue interrumpido por un rugido muy poco heroico: el estómago de Alex protestó con fuerza, rompiendo la tensión del momento. Alex se tapó el abdomen, sintiéndose ridículamente avergonzado.
Marcela, lejos de molestarse, estalló en risas.

—¡Ay, Dios mío! Creo que tu cuerpo ya pidió auxilio. Vamos a comer, conozco un sitio de comida japonesa increíble aquí cerca, hacen unos rollos que te van a encantar. ¿Qué dices?

—Me parece bien —dijo Alex, recuperando su sonrisa—. Vamos, que ya me dio hambre de tanto ganar.

Caminaron hacia la salida del centro comercial, dejando atrás los ecos de las bolas de boliche. Por primera vez en mucho tiempo, Alex no miraba hacia atrás, ni escaneaba la calle buscando peligros. Por esa noche, en Madrid, el pasado se había quedado en silencio, dándole a Alex un pequeño respiro en medio de su tormenta.

El pequeño restaurante japonés era acogedor, con una decoración minimalista y luz tenue que invitaba a la calma. Marcela, que claramente conocía el lugar, pidió rápidamente, mientras Alex se quedaba mirando la carta como si estuviera descifrando un código secreto. Los nombres de los platillos no le decían nada y, más allá de eso, el menú parecía un lujo al que nunca había tenido acceso.

Al ver que Alex seguía indeciso después de varios minutos, Marcela inclinó la cabeza con una sonrisa suave.

—¿Alex? ¿No sabes qué pedir o es que no te gusta nada? Si prefieres, podemos ir a otro sitio, no hay problema.
Alex sintió un poco de vergüenza y soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca.

—Mmm, no es eso, jajaja. Es que... la verdad es que nunca he comido comida japonesa.
Marcela abrió los ojos de par en par, genuinamente sorprendida.

—¿En serio? ¿En Venezuela no hay restaurantes de comida japonesa?

—Sí que hay —respondió Alex encogiéndose de hombros

—, pero nunca tuvimos dinero para gastar en algo así. Lo más "exótico" que llegué a probar fue comida italiana. Mi papá nos llevó a un restaurante cuando apenas tenía 6 años... fue hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo del sabor.

Al decir aquello, un velo de tristeza cruzó los ojos de Alex. Marcela, al notarlo, decidió cambiar el tono inmediatamente para no dejar que el peso del pasado arruinara la noche.

—Bueno, pues eso se acaba hoy. No te preocupes, yo te ayudo a elegir —dijo con entusiasmo, señalando la carta

—. Mira, esto es sushi, es pescado con arroz, y esto es ramen, una sopa con fideos. Confía en mí, te va a encantar.

Tras la explicación, Alex se decidió por un plato de sushi variado. Cuando los trajeron, el aspecto del pescado fresco lo hizo dudar un segundo; no le llamaba la atención el hecho de que estuviera "crudo". Marcela, notando su cautela, le pasó un pequeño recipiente.

—Oye, Alex, échale un poco de salsa de soya —le aconsejó con una sonrisa alentadora—. Verás que le da el toque perfecto.

Alex, con mano temblorosa, mojó un poco el sushi en la salsa y le dio el primer bocado. Masticó despacio, con cautela, pero de repente sus ojos se abrieron con sorpresa. El sabor era una explosión que no esperaba. La mezcla de la textura del arroz con el pescado y el toque salado de la soya lo convencieron al instante.

Comenzó a comer con más confianza, casi con entusiasmo. Marcela lo observaba en silencio, apoyando la barbilla en su mano, sintiendo una calidez especial en el pecho al ver cómo Alex, por primera vez en toda la noche, se permitía disfrutar de algo tan sencillo. El brillo en los ojos de Alex al descubrir nuevos sabores era su mayor premio.

El ambiente en la mesa había cambiado. La comida japonesa ya era historia y el restaurante comenzaba a vaciarse, dejando un espacio de intimidad que parecía envolverlos solo a ellos.

Marcela, jugando con la servilleta, lo miró fijamente.

—Alex, una pregunta... ¿Cuál es tu sueño?
Él se tensó ligeramente, pero respondió con la rapidez que usaba para ocultar sus verdaderos deseos.



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En el texto hay: amor, aventura e intriga

Editado: 29.06.2026

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