Resilence

Capitulo 8: Tormenta. Parte 1

El sol de las ocho de la mañana se filtraba por las rendijas de las persianas, dibujando líneas de luz sobre la piel de Marcela, que dormía profundamente a su lado.

Alex despertó de golpe, con los sentidos alerta. El silencio de la habitación, que debería haber sido reconfortante, le provocó un nudo en el estómago. Verla allí, tan vulnerable y entregada, le recordó lo que más temía: los vínculos.

*«No tengo tiempo para esto. No puedo permitirme que alguien más dependa de mí, ni que alguien más sufra si las cosas se ponen feas»*, pensó mientras se sentaba en el borde de la cama, evitando hacer ruido.

La culpa empezó a pelear con el recuerdo de la noche anterior, pero la autoprotección ganó. Se vistió con rapidez, moviéndose como un fantasma en el apartamento. Antes de salir, se detuvo un segundo frente a la pantalla de su teléfono. Sus dedos vacilaron, pero finalmente escribió el mensaje: *"Lo siento, tuve que irme. Pero gracias, en serio, por el día de ayer. Lo disfruté mucho"*. Sin esperar respuesta, cerró la puerta tras de sí.
El aire fresco de la mañana madrileña le golpeó el rostro mientras arrancaba la moto. Necesitaba movimiento, necesitaba el ruido del motor para acallar su propia conciencia. Estaba a mitad de camino hacia su casa cuando el teléfono comenzó a vibrar en el soporte de la moto.

Revisó la pantalla: **Frank (Chuy) Gonzalo**.
Alex contestó con la voz seria, volviendo a su papel de hombre de negocios.

—¿Aló? Sr. Chuy, cuéntame.

—¡Hostia! Disculpa la hora, Alex, y que sea domingo, tu día libre —la voz de Chuy sonaba tensa, cargada de urgencia

—. Te llamaba porque ha salido un curro importante y necesitaba a alguien capaz, con tu habilidad al volante.
Alex, que no buscaba más que dinero para enviar a su familia, respondió sin dudar:

—Ok, ¿qué necesitas?

—Ven al negocio, te explico todo aquí. Es urgente.
Alex colgó sin más. Cambió la dirección y se dirigió a un local discreto en las afueras de la ciudad, un punto que servía de fachada para los trabajos "especiales" que Chuy le asignaba: envíos de documentos legales y, ocasionalmente, paquetes de efectivo que requerían discreción total.

Al llegar, dejó la moto en la entrada y subió las escaleras metálicas que chirriaban bajo sus botas. Entró en la oficina sin llamar. Chuy estaba al teléfono, gesticulando con una mano mientras sostenía el auricular con el hombro.

—Sí, sí, claro, yo sé... tranquilo. Eso se resuelve, no es problema. De todos modos, ya llegó alguien que va a ayudar, por el amor de Dios. Sí, claro... no te preocupes. Te hablo luego. Chao.

Chuy colgó y su rostro cambió instantáneamente cuando vio a Alex. Sus rasgos se suavizaron en una sonrisa de negocios.

—¡Mi Alex! ¡Amigo mío! ¿Cómo te encuentras?

—Bien, señor. ¿Y usted?

—¡Chuy, por favor! —lo corrigió el hombre, señalando la silla frente a su escritorio—. No seamos tan formales, que ya somos viejos conocidos. Siéntate, que esto que te voy a contar es grande.

Alex se sentó, sintiendo que la "tormenta" de su pasado comenzaba a agitarse nuevamente.

—Mira, Alex, iré directo al grano: necesito enviar este paquete a una dirección un poco alejada de aquí, un pueblo llamado Guadalajara. Necesito que vayas, lo entregues y te devuelvas, y ya.

Alex lo observó con desconfianza, cruzándose de brazos.

—¿Y por qué tanta urgencia entonces, si es tan fácil? —preguntó, sintiendo que algo no encajaba.
Chuy soltó una risa seca y se encogió de hombros.

—Alex, a veces es mejor no saber mucho, muchacho. Pero lo que sí te puedo decir es que vas a ganar una buena pasta por esa simple carrera.

Alex no se dejó convencer. Su intuición, forjada en las calles de Venezuela, le gritaba que tuviera cuidado.

—Seamos sinceros, Chuy. Yo vengo de Venezuela, donde las cosas se mueven de otra manera. Si quieres que lleve un paquete, lo hago, pero necesito saber qué es para estar consciente de lo que estoy llevando. Uno nunca sabe...

Chuy se reclinó en su silla, el chirrido del cuero viejo llenando el silencio de la oficina mientras analizaba a Alex. Sus ojos, acostumbrados a leer a la gente, brillaron con una mezcla de respeto y advertencia. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio atestado de papeles.

—Mira, Alex... Tienes razón —dijo Chuy con voz más baja

—. Vienes de un lugar donde la calle no perdona, y eso te ha dado un instinto que no se aprende en los libros. Está bien, te seré sincero, porque si algo va mal allá afuera, necesito que sepas exactamente qué tienes entre manos.

Chuy se puso de pie, caminó hacia una caja metálica que estaba en una esquina de la oficina y la abrió con una llave pequeña. Dentro, envueltos en papel grueso y cinta de embalar negra, se veían los contornos de dos bloques de motor compactos.

—Son motores modificados —explicó Chuy, bajando el tono—. Tienen piezas ilegales, piezas que no aparecen en ningún catálogo oficial. Conseguirlas es un riesgo, y montarlas en una moto es terreno prohibido. Me las piden en un circuito clandestino cerca de Guadalajara. Allí las apuestas no son de juegos de mesa, Alex. Estamos hablando de mafias moviendo cientos de miles de euros en una sola noche. Mi cliente es uno de los peces gordos de ese lugar y necesita este material para una máquina que va a competir esta misma madrugada.

Alex observó los motores. En ese instante, el tiempo pareció ralentizarse. El olor a aceite quemado, el calor del motor entre sus piernas, el ruido ensordecedor de los escapes y la adrenalina de los giros cerrados volvieron a él como un golpe seco. Eran recuerdos de su vida en Venezuela, de cuando corría no solo por dinero, sino por la gloria de ser el mejor.

Sacudió la cabeza, tratando de expulsar esas imágenes, pero el pulso le aceleró. *"Solo es un trabajo"*, se dijo a sí mismo. *"Dinero para mamá, dinero para Nati, y salgo de esto"*.



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En el texto hay: amor, aventura e intriga

Editado: 29.06.2026

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