La tensión en el aire era tan densa que Alex sentía que le faltaba el oxígeno. Ante la exigencia del oficial de revisar el paquete, Alex decidió adoptar una postura defensiva pero colaboradora, intentando ocultar su terror con una fachada de trabajador apurado.
—Claro, revisen, pero rápido por favor —dijo Alex, forzando una sonrisa tensa—. Es que el taller cierra temprano por ser domingo y no quiero llegar tarde.
El oficial, sin inmutarse por la prisa de Alex, se acercó al paquete y comenzó a manipular la cinta negra, buscando un punto débil por donde curiosear. Sin embargo, antes de que pudiera desgarrar el precinto, una voz firme y autoritaria cortó el ambiente.
—Oficial, ¿qué hace? —preguntó un superior que se acercaba con paso firme.
El agente se cuadró inmediatamente, soltando el paquete.
—Mi sargento, estoy revisando este paquete. Dice que son herramientas o repuestos que lleva a un taller —respondió el agente, señalando la caja con desconfianza.
El sargento, un hombre de edad avanzada con una cicatriz cruzando la ceja, observó el bulto y luego a Alex, quien intentaba mantener la mirada fija en el asfalto.
—Necesito que vayas a revisar ese auto de allá —ordenó el sargento, señalando un vehículo sospechoso unos metros más atrás—. Yo me encargo de esto.
El agente dudó un instante, mirando el paquete con curiosidad.
—¿Seguro, mi sargento?
El sargento le lanzó una mirada gélida que no admitía réplicas.
—Sí, oficial. Enseguida.
El agente se retiró, dejando a Alex a solas con el sargento. Sin preámbulos, el veterano metió los dedos en el envoltorio y, con un tirón seco, rasgó la cinta. La estructura metálica quedó expuesta. El sargento examinó la pieza con una minuciosidad técnica que a Alex le heló la sangre.
—¿Ocurre algo, señor? —preguntó Alex, con la voz
quebrándosele un poco.
El sargento levantó la vista, sus ojos no dejaban lugar a dudas.
—Hmm... este motor en una moto sería una bestia en la pista —sentenció, dejando escapar un suspiro de decepción—. Esto no me parece que sea legal.
El mundo de Alex se desplomó en un segundo. "Maldita sea", pensaba mientras su mente era un caos. "Qué será de mí ahora... Si arranco, es muy probable que me atrapen, ¿pero qué será de Nati, de mamá?". La imagen de su familia y la de Marcela le golpeó con una fuerza abrumadora. "No podré verles la cara de la vergüenza. Es capaz que me metan preso y me manden a Venezuela...
¡Maldita sea!".
Alex se quedó paralizado, con el motor de su moto aún encendido, sintiendo que el destino de su vida entera se decidía en ese instante frente a aquel hombre.
El sargento mantuvo la mirada fija en Alex, pero su expresión cambió bruscamente. El tono gélido desapareció, reemplazado por una complicidad inesperada que dejó a Alex descolocado.
—Hmm, bueno, señor Alex... lo esperan en Guadalajara —dijo el sargento en voz baja, mientras cerraba con cuidado el envoltorio—. Frank se contactó conmigo, así que tranquilo. Me dijo que posiblemente ibas a pasar por aquí y, pues, menos mal me di cuenta a tiempo, o otra historia sería.
El sargento le entregó los documentos de vuelta con un gesto rápido.
—Deprisa, váyase y procure no meterse en problemas.
Alex sintió un alivio tan profundo que por un momento le fallaron las piernas. El corazón le latía a mil por hora, pero ahora era por la adrenalina del éxito.
—Gracias, señor... así será —logró articular Alex, antes de meter primera y acelerar, dejando atrás el punto de control sin mirar atrás.
Eran cerca de las ocho de la noche cuando Alex finalmente llegó a la pista clandestina en las afueras de Guadalajara. El ambiente estaba cargado de tensión; el sonido de motores preparados se mezclaba con gritos y música a todo volumen. Los contactos de Frank, apostados cerca de la zona de boxes, caminaban de un lado a otro, impacientes.
Un hombre se acercó rápidamente a uno de los palcos privados, donde la figura de Alcatraz observaba la pista con frialdad.
—Señor Alcatraz, aún no llega el paquete que pedimos —dijo el hombre, preocupado—. ¿Será que tuvo problemas? ¿O pasó algo en el camino?
Otro de los presentes, visiblemente molesto, intervino golpeando la barandilla:
—¿Será que se voló con el motor? Eso vale un pastón. ¡Maldita sea con esos chavales de mierda! No se puede confiar en nadie.
Alcatraz, sin apartar la vista de la pista, levantó una mano para pedir silencio. Su voz era grave y serena.
—Yo confío en el juicio de Frank. Esperen un poco más, llegará enseguida.
Justo en ese momento, un haz de luz cortó la penumbra de la entrada principal. Un motor de alta cilindrada rugió con una potencia inconfundible y una moto deportiva entró en el recinto, esquivando los obstáculos hasta detenerse frente a ellos. Era Alex, cubierto de polvo y con el rostro marcado por la tensión del viaje.
El paquete ha llegado a su destino y Alcatraz tiene los ojos puestos en él. La tensión en la pista es altísima, y todos están esperando ver si Alex cumplió con la entrega.
El ambiente en el recinto era eléctrico, una mezcla de olor a gasolina de alto octanaje, caucho quemado y una tensión palpable que erizaba la piel. Alex bajó de su moto sintiendo el peso de decenas de miradas clavadas en él; eran tipos curtidos, con cicatrices y tatuajes que contaban historias que él no quería conocer. Por todas partes veía máquinas de alta cilindrada, preparadas hasta el extremo, capaces de superar los 200 kilómetros por hora con una facilidad que le resultaba aterradora y fascinante a la vez.
*Naguará*, pensó Alex, intentando disimular su asombro. *Esto es otro nivel, nada que ver con lo que he visto en Venezuela; aquí todo se respira mucho más profesional, mucho más peligroso.*
Sin darle tiempo a procesar el entorno, dos hombres se le acercaron. El primero era una mole de 1,90 metros, con hombros anchos que parecían bloquear el paso; el otro, más bajo, apenas llegaba al 1,65, pero tenía una mirada tan afilada y malencarada que hacía que el más alto pareciera inofensivo.