Resilence

Capitulo 10: Encrucijada

Alcatraz miró su reloj de pulsera con total calma antes de soltar un suspiro de satisfacción.

—Perfecto, entonces estamos listos. La carrera empieza en veinte minutos —sentenció, girándose hacia Alex con una mirada que no admitía objeciones—. Chaval, siéntate y ve esta carrera conmigo. No te asustes, ya te dije que aquí no te va a pasar nada.

Borja, sin quitarle ojo de encima a Alex, tomó asiento en el otro extremo del sofá de cuero, creando una barrera física que dejaba al joven acorralado. Alcatraz se sirvió una copa y se apoyó contra el cristal, mirando la inmensidad de la pista iluminada.

—Alex, ¿tienes idea de la cantidad de dinero que hay aquí mismo, apostado en este preciso instante? —cuestionó Alcatraz, bajando el tono a uno más grave y peligroso—. Hay demasiado dinero en juego en esta carrera. Y necesito que seas consciente de lo que son capaces de hacer esos motores que tú mismo trajiste. Son piezas de precisión. Si fallan, si algo sale mal por culpa de un mal montaje o un mal transporte, le vas a enviar un mensaje a Frank... un mensaje que no le va a gustar nada.
El corazón de Alex dio un vuelco. El sudor frío regresó a su frente mientras intentaba mantener la compostura.

—No entiendo, señor —respondió Alex, con la voz apenas un hilo—. Y de verdad, me tengo que ir. Ya cumplí con el encargo, muchas gracias, pero tengo asuntos pendientes.

Alex se puso en pie, haciendo ademán de caminar hacia la salida del palco, pero antes de que pudiera dar el segundo paso, la puerta se abrió de golpe y Samy irrumpió en la sala. Con una rapidez felina, el tipo se plantó detrás de Alex y lo sujetó con fuerza por los hombros, obligándolo a desplomarse de nuevo sobre el asiento.

—¡Siéntate! —bramó Samy, con una vena marcada en el cuello—. ¡Ni te atrevas a pararte nuevamente, imbécil!
Alex sintió la presión de los dedos de Samy clavándose en sus hombros. Alcatraz hizo un gesto displicente con la mano, indicándole a Samy que lo soltara, pero su mirada seguía clavada en Alex con una intensidad que paralizaba.

—Alex, escucha bien —dijo Alcatraz, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de él—. Este es un negocio muy delicado. Todo funciona como un engranaje perfecto; si una pieza falla, todo lo demás se viene abajo.

Así que quédate quieto y observa. Además, Antonio, nuestro piloto, es uno de los mejores que he conocido. Estoy plenamente confiado.

Alex se quedó petrificado en la silla, atrapado entre la prepotencia de Alcatraz y la violencia contenida de sus hombres. A través del cristal, vio cómo los mecánicos terminaban de ajustar el motor que él mismo había transportado. La carrera estaba por comenzar, y su vida, paradójicamente, dependía ahora de que el motor no fallara.

La tensión en el palco es insoportable. Alex está atrapado en un juego de mafias donde el éxito de la carrera determinará su seguridad.

Alcatraz señaló con parsimonia hacia los distintos palcos que rodeaban el circuito, como si estuviera presentando a los invitados en una fiesta de gala y no a los capos de las organizaciones criminales más peligrosas del continente.

—Mira, Alex —dijo Alcatraz, apoyando su copa de cristal—. Aquí se mueven muchas familias. Los Chung, esa gente de allá, controlan la mafia china. Esos otros, los Robledo, son la mafia vasca; gente de armas tomar. Y aquellos de allá son los Yurinof, la mafia rusa. Cada familia tiene a sus mejores conductores. Aquí se mueve una cantidad de pasta que ni por tu mente se atrevería a pasar. Pero hoy, Alex, hoy estamos manejando algo mucho más grande: no es solo por el dinero, es por el control de una ruta de contrabando estratégica.

Alex escuchaba cada palabra como si fuera una sentencia. Sentía el peso de las miradas de aquellos hombres poderosos y comprendía, con un escalofrío, que ya no estaba simplemente transportando un motor; estaba sentado en el ojo del huracán.

—Entiendo, señor Alcatraz —respondió Alex con voz contenida—. Ya va a empezar. Veamos.

En la pista, los cuatro pilotos alinearon sus máquinas. Entre ellos, Antonio, con el motor recién entregado rugiendo con una rabia metálica que sobresalía por encima de los demás. Una mujer de una belleza cautivadora, vestida de manera provocadora, caminó hacia el centro de la pista para dar la señal de salida.
En ese instante, el teléfono de Borja vibró. Leyó el mensaje, asintió y respondió:

—De acuerdo, deja que suba.

La puerta del palco se abrió. Alex levantó la vista, esperando a cualquier otro secuaz, pero el impacto lo dejó sin aliento: el sargento Ramiro, el mismo policía que lo había interceptado en el control de carretera, entraba al palco con una sonrisa relajada, como si fuera un viejo conocido de Alcatraz.

—Bienvenido, sargento Ramiro —dijo Alcatraz, recibiéndolo con un gesto de cordialidad—. ¿Vienes a ver la carrera?

El sargento se encogió de hombros, quitándose la gorra.

—Claro, vengo a desestresarme un poco del día. —Sus ojos recorrieron la sala hasta detenerse en Alex—. Oh, sí... eres tú. ¿Cómo es que era tu nombre? ¿Alex? Eso mismo. Ya veo que eres invitado de Alcatraz, ¡jajaja!

Alex sintió que la sangre se le helaba. No podía articular palabra; la confusión y el miedo se entrelazaban en su mente al ver cómo la ley y la mafia se mezclaban con tanta naturalidad. Alcatraz, ignorando la tensión evidente del chico, señaló hacia el circuito.

—Ya empezó. Vean.
El sargento Ramiro se apoyó en el cristal justo al lado de Alex, quien intentaba hacerse invisible mientras el rugido de los cuatro motores rompía el silencio de la noche, dando inicio a una carrera donde, para Alex, estaba mucho más que su reputación en juego.

La presencia del sargento Ramiro en el palco de Alcatraz confirma que la corrupción llega a niveles insospechados. Alex sabe demasiado ahora y está atrapado en una red donde los policías son aliados de sus captores.

La adrenalina se disparó en el aire cuando la voz de Antonio retumbó por los altavoces del palco, cargada de pura euforia:



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En el texto hay: amor, aventura e intriga

Editado: 29.06.2026

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