Resilence

Capitulo 12: Resolución

El conteo regresivo retumbó en la pista como un tambor de guerra.

—¡3... 2... 1... ¡FUERA! —gritó la mujer, bajando los brazos con energía.

Los otros tres pilotos salieron disparados como flechas, dejando una estela de humo y un rugido que estremeció los cimientos del complejo. Alex, sin embargo, arrancó con una lentitud exasperante. Su mente estaba bloqueada, un muro de hielo le impedía abrir el acelerador a fondo. La aguja del tacómetro apenas rozaba los 150 kilómetros por hora mientras el resto de la parrilla se alejaba hacia la primera curva.

—¡Alex, ¿qué te sucede?! ¡Acelera, carajo! —la voz de Samy tronó en su comunicador, cargada de frustración—.

¡Así no ganarás ni el respeto de una tortuga!

En el palco, el ambiente era una olla a presión. Borja se acercaba al cristal, apretando los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—¿Eso es lo máximo que puede manejar? ¡Maldita sea, nos va a hacer perder! ¡Es un inepto!

Ramiro, con una sonrisa cínica, se encogió de hombros mientras servía una copa.

—Creo que fue demasiado apresurado lanzarlo a competir, Alcatraz. A este paso, los otros lo doblarán en menos de dos vueltas.

Alcatraz no respondió. Sus ojos estaban fijos en la pista, oscuros como el carbón, sin soltar una sola palabra, pero su mandíbula tensa delataba el volcán que hervía en su interior.

Abajo, en los palcos vecinos, las burlas no se hicieron esperar.

—Hubiera sido mejor que se retirara —rio Yurinof, soltando una carcajada sonora—. Qué pena mandar a un 'mierdecilla' a conducir. ¡Es un insulto a la pista!
Robledo, el jefe vasco, soltó una carcajada sarcástica.

—Me asusté por un momento cuando vi al chico en la moto. Pero eso ni siquiera vale la pena verlo correr. ¡Qué capullo es Alcatraz, jajaja!
Chung, el líder de la mafia china, ni siquiera se dignó a reír. Observaba con una decepción gélida, su mirada fija en el asfalto. Para él, Alcatraz ya no era un rival digno; la humillación del chico era el preludio de la caída de su imperio.

Alex sentía el peso de todas esas miradas en su espalda. El frío en su mente comenzó a resquebrajarse. Mientras entraba en la primera curva, el recuerdo de Kelvin, el miedo al choque y el rostro de su madre pasaron por su cabeza. *¿Qué estoy haciendo?*, pensó, apretando los guantes con fuerza. *Si voy a morir aquí, que sea al menos sintiendo el fuego de la velocidad, no arrastrándome como un cobarde.*

Alex sentía que el peso del mundo se le venía encima, pero un nombre resonó en su mente con más fuerza que cualquier motor: *Kelvin*. Luego vinieron las imágenes de su mamá, Luz, y su hermanita Nati. Su promesa de sacarlas de la miseria y darles una vida digna actuó como un catalizador en su sangre.

—Hermano, te amo —susurró Alex dentro del casco, con los ojos empañados pero enfocados—. Prometí sacarlos de este lugar y lo haré. Si esta tiene que ser mi última carrera, que sea una que nadie olvide. ¡Por ustedes!
Su postura cambió instantáneamente. Dejó de ser un muchacho asustado para convertirse en parte integral de la máquina. Su espalda se pegó al tanque, su centro de gravedad bajó y su mirada se volvió un láser. El acelerador fue girado hasta el tope.

La moto rugió, un sonido gutural y hambriento. De los 150 km/h, Alex saltó a los 200 en apenas cinco segundos. La aceleración le pegó el pecho al tanque mientras el aire silbaba violentamente a su alrededor.

—¡Esoooo es, Alex! —gritó Samy por el comunicador, su voz llena de una euforia poco común—. ¡Demuéstrales de lo que eres capaz! ¡Te están mirando todos!

La pista comenzó a transformarse. Cada curva cerrada, que antes le parecía una sentencia de muerte, ahora era un lienzo. Alex trazaba las entradas con una destreza sobrenatural, rozando los límites con una naturalidad que dejó al palco en un silencio sepulcral.

—¿Qué carajos pasó con ese chaval? —masculló Yurinof, levantándose de su asiento, mientras su vaso de vodka quedaba suspendido a medio camino.

Abajo, el tercer corredor, un piloto veterano de la mafia china, vio por el retrovisor cómo una sombra negra se le echaba encima con una velocidad aterradora. Intentó cerrarle el paso, zigzagueando peligrosamente, pero Alex no dudó. En un alarde de precisión quirúrgica, se pegó al rebufo, se inclinó al máximo en el borde interior de la curva y, rozando el asfalto con la rodilla, ejecutó un adelantamiento arriesgado que obligó al otro piloto a frenar para no chocar.

—¡Perfecto, Alex! —exclamó Samy, con la adrenalina a mil

—. Ya eres tercero. No pierdas el ritmo. Ahora, escucha mis indicaciones; vamos a ir a por el segundo.

Alex no contestó, solo respiraba rítmicamente. La conexión entre él, la moto y la pista era total. La figura del segundo lugar —el piloto de la mafia vasca— ya aparecía en su campo de visión, grande y retador. La remontada no era solo una posibilidad; era una realidad que estaba a punto de escribir una nueva historia en el asfalto.

Alex ha despertado a la bestia y la remontada está en pleno apogeo.

La orden de Robledo fue clara y cruel: "Si no lo puedes contener, haz que termine como Antonio". Gero, el piloto vasco, recibió la instrucción por radio y sus ojos se inyectaron de odio. Cada vez que Alex intentaba acercarse, Gero le cerraba el paso, lanzándole la moto con maniobras ilegales que obligaban a Alex a corregir su trayectoria en fracciones de segundo para no besar el suelo a más de 200 km/h.

En el palco, Alcatraz estaba fuera de sí.

—¡Sí, carajo! ¡No nos van a ganar! ¡Vamos, Alex, que aún puedes! —gritaba, golpeando la barandilla con el puño cerrado. Borja, con la mandíbula apretada, seguía sin confiar, mientras el sargento Ramiro, con una sonrisa de lobo, disfrutaba del peligro como si estuviera viendo una película.

Samy mantuvo la calma en el comunicador:

—Alex, escucha. Gero es un perro viejo, pero es predecible. Cuando intente cerrarte por dentro en la siguiente recta, amaga el freno, hazlo creer que vas a entrar por el hueco y luego acelera a fondo. ¡Ahora!



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En el texto hay: amor, aventura e intriga

Editado: 29.06.2026

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