El sol de la mañana se filtraba por las persianas, iluminando el pequeño apartamento donde Marcela comenzaba su rutina. El sonido del agua de la ducha y el aroma a café recién hecho llenaban el ambiente. Mientras esperaba a que la cafetera terminara, su teléfono vibró sobre la mesa. Era Elena.
—¡Hola, nena! ¡No sabes lo que me enteré! —dijo Elena, sin siquiera dejarla saludar—. ¿Te acuerdas de la vecina del 4B? Pues resulta que la vieron entrando al edificio de al lado con un tipo que claramente no es su marido. ¡Un escándalo!
Marcela rió, sintiéndose aliviada por el tono ligero de la charla.
—¡No me digas! ¿Esa que siempre anda con aires de superioridad? Pues ya era hora de que se le cayera la máscara. ¡Ay, Elena, no tienes idea de cómo me hacen falta estos chismes para despertarme!
—¡Es que no te imaginas el outfit que traía, Marcela! Parecía que iba para un desfile, ¡a las ocho de la mañana!
—seguían las dos entre risas, comentando detalles triviales sobre el vecindario y la vida de gente que apenas conocían.
Después de diez minutos de risas y divagaciones sobre el último drama del barrio, finalmente colgaron. Marcela, con la sonrisa aún en los labios, revisó el teléfono por costumbre antes de guardarlo. Al ver que no tenía ninguna llamada ni mensaje de Alex, su expresión cambió. Un leve suspiro escapó de sus labios; esa inquietud sutil, una sombra de preocupación que no sabía explicar, se instaló en su pecho. Alex había salido tarde ayer y no había vuelto a llamar, pero ella, ajena a cualquier peligro, simplemente asumió que se le había complicado la noche con algún amigo.
Tras un desayuno rápido, tomó sus cosas y salió a la calle. Un taxi la esperaba en la esquina, llevándola hasta la panadería que se había convertido en su segundo hogar. Al llegar, el ritmo frenético de la jornada ya estaba en marcha: los panaderos amasaban con energía y el horno empezaba a soltar ese calor característico que despertaba el apetito de todo el barrio.
Marcela se colocó el delantal y comenzó a atender a la clientela habitual. El sonido de la campana de la puerta anunciaba las llegadas constantes. Entonces, a la hora de siempre, la puerta se abrió para dar paso a la señora Mirela.
—¡Hola, mi niña, Marcelin! —saludó la mujer con una sonrisa cálida que le iluminaba el rostro.
—Hola, cariño, ¿cómo estás, señorita Mirela? —respondió Marcela, siguiéndole el juego con cariño.
La señora Mirela soltó una carcajada cristalina.
—¡Ay, muy amable! Pero ya no soy señorita desde hace cuarenta años, ¡hija mía!
Marcela rió con ella, mientras empezaba a preparar el pedido habitual de la anciana.
—Siempre tan graciosa, Mirela. Ya le preparo lo de siempre, no se preocupe.
—Gracias, cariño, eres un sol.
Mientras la señora Mirela se acomodaba en una de las mesas junto a la ventana para leer el periódico, Marcela terminó de envolver sus productos y se los llevó.
—Aquí está, cariño, que disfrutes —dijo Marcela, dejando la bandeja sobre la mesa.
La mujer dejó el periódico a un lado y tomó la mano de Marcela, observándola con una intensidad que la dejó descolocada.
—Gracias, mi niña. Pero... Marcelin, noto que estás diferente hoy. Te veo... pensativa.
Marcela sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Diferente? —preguntó, intentando disimular con una sonrisa nerviosa—. ¿Cómo así? ¿A qué se refiere?
La señora Mirela dejó el periódico sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos arrugadas sobre las de Marcela. Su mirada era tan aguda como amable.
—Estás pensando en algo que no te deja quieta, hija. No me gusta ser metiche, pero siento que eso te tiene el alma en un hilo.
Marcela, sintiéndose extrañamente vulnerable ante la anciana, suspiró y arrastró una silla para sentarse frente a ella.
—Ayyy, si le contara, señora Mirela... es que conozco a un chico desde hace varios meses. Siempre me ha llamado la atención, pero nunca me atreví a decir nada más allá de lo superficial.
Mirela soltó una risita cómplice, dándole un golpecito en el dorso de la mano.
—¡Ahhh! ¡Yo sabía que era algo relacionado con el corazón! Eso es normal, mi niña, sentir esa electricidad.
¿Y es guapo, a ver? ¡Cuéntame!
Marcela sintió cómo el calor le subía a las mejillas. Se sonrojó profundamente, pero sus ojos brillaron al describirlo.
—Sí, es muy guapo. Tiene una mirada de malote que, uff... me desarma. Tiene un cuerpo atlético, es color canela, y usa un corte de peinado bien pulido. Es... simplemente él, pero sabes lo que mas me encanta? Que es un tio que piensa en su familia tiene buen corazon, es alguien muy genuino.
La señora Mirela soltó una carcajada sonora, llenando un momento de alegría el local.
—¡Ay, mi niña! Usted está pero que bien enamorada, ¡jajaja!
—¡Nooo! —exclamó Marcela, tapándose la cara con las manos, avergonzada—. ¿Tan evidente es? ¿Se me nota mucho?
—¡Se te nota de aquí a Barcelona, mi vida! —respondió la anciana, secándose una lágrima de risa—. Pero dime, ¿qué pasó con este chico? ¿Dónde está?
La sonrisa de Marcela se desvaneció al instante. Su rostro se ensombreció, y la preocupación volvió a tomar el control de sus facciones.
—No sé nada de él. El sábado estuvimos juntos y... no he tenido noticias suyas desde el domingo temprano. El silencio me está matando, Mirela.
La señora Mirela, al ver el cambio repentino en el ánimo de la joven, le apretó las manos con firmeza.
—Ay, cariño, no te angusties antes de tiempo. Seguro pasó algo sin importancia. Mírate, eres una mujer hermosa, inteligente y trabajadora; ese chico sabe perfectamente que tú eres un partidazo. Nadie en su sano juicio dejaría pasar a alguien como tú.
Marcela miró a la anciana a los ojos, buscando en ellos un poco de la seguridad que a ella le faltaba en ese momento.
—¿Tú... tú de verdad crees eso?
Marcela parece encontrar consuelo en las palabras de Mirela, pero la ausencia de Alex sigue pesando.