Nati entró a la casa y echó el cerrojo de la puerta con manos temblorosas. Se quedó apoyada contra la madera, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, mientras el rostro, usualmente vivaz, lucía ahora de un tono pálido y enfermizo.
Desde la cocina, Luz escuchó el ruido y salió rápidamente, secándose las manos en el delantal.
—¡Natalia, hija! Llegaste un poco tarde, ya te monté la arepa... —sus palabras se cortaron en seco al ver la expresión de su hija. Su instinto de madre, afilado por los años de lucha, se activó de inmediato. El tono alegre desapareció—. ¿Qué tienes, hija? ¿Te pasó algo? ¡Dime!
Nati, con el corazón todavía martilleándole en los oídos, cerró los ojos por un segundo. La imagen de la navaja brillando bajo el poste y las palabras hirientes sobre Kelvin y Alex la paralizaron. No podía contarle a su mamá.
Luz no estaba preparada para saber que el nombre de Alex era ahora un blanco de odio en el barrio; tras la muerte de Kelvin, su madre apenas lograba conciliar el sueño cada noche.
—Nada, mamá —mintió Nati con una voz apenas audible
—. Solo... me asusté con unas sombras en el camino. Ya sabes cómo se pone el barrio a esta hora, cualquier cosa parece un fantasma.
Luz se acercó, sosteniéndola por los hombros y mirándola fijamente a los ojos. No le creía ni una palabra.
—Nati, mírame. Soy tu mamá, puedes confiar en mí. Si alguien te hizo algo, lo vamos a resolver, pero no me guardes las cosas.
Nati apretó los labios, sintiendo un nudo en la garganta. La angustia de la ausencia de Alex y la herida abierta por la pérdida de su hermano la obligaron a mantenerse firme en su mentira. No quería que su madre viviera con miedo, no después de todo lo que habían sacrificado.
—Tranquila, mamá, en serio —respondió Nati, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. No pasa nada, te lo juro. Es solo el cansancio y el susto de la oscuridad. Me iré a bañar para quitarme el calor y luego salgo a comer, ¿está bien?
Luz la observó en silencio, detectando la mentira en cada gesto, en la forma en que Nati evitaba su mirada y en la tensión de sus hombros. Sabía que algo había pasado, algo que su hija consideraba demasiado peligroso para compartir. Una punzada de angustia le oprimió el pecho, pero decidió no presionar más por ahora; sabía que si la acorralaba, Nati se cerraría por completo.
—Está bien, hija —dijo Luz finalmente, soltando sus hombros con suavidad—. Apúrate, entonces, no dejes que la arepa se te enfríe.
Nati asintió y se retiró rápidamente hacia su cuarto, buscando el refugio de la soledad. Luz regresó a la cocina, pero mientras el olor a masa caliente llenaba el aire, sus manos se movían con lentitud. Miró hacia la puerta principal y, por un momento, sintió que el peligro, esa "sombra" de la que hablaba su hija, estaba esperando afuera, justo al otro lado del umbral.
La mañana siguiente no trajo consigo el alivio que Luz esperaba. El ambiente en la casa era tenso; ambas se movían por inercia, preparando el desayuno y alistando los uniformes. La preocupación de Luz por el comportamiento esquivo de su hija la noche anterior seguía ahí, latente.
—¡Nati, apúrate, que vas a llegar tarde! —gritó Luz desde la puerta, ajustándose el bolso.
—¡Sí, ma, ya casi! —respondió Nati desde el fondo, terminando de cerrar su mochila.
Salieron juntas, bajando las escaleras del barrio con la prisa habitual. Al llegar a la parada, el bullicio era el de siempre, pero Luz no dejaba de observar a su hija. Subió a Nati en su transporte escolar y, mientras esperaba su propia unidad, vio acercarse al señor López, el sargento retirado del vecindario.
—Hola, señor López, ¿cómo está? —saludó Luz, tratando de mostrarse amable.
—Hola, señora Luz, buenos días. ¿Cómo se encuentra? ¿Va al trabajo? —López hizo una pausa, mirando hacia donde se había ido el transporte—. Dígame, ¿Nati ya está mejor?
Luz sintió que el corazón se le detenía un instante. Su voz se volvió un hilo.
—¿Mejor? ¿A qué se refiere con "mejor"? ¿Le pasó algo a mi hija?
El sargento, viendo que Luz no sabía nada, suspiró con pesar. No tuvo más remedio que contarle lo sucedido la noche anterior: el encuentro con los dos sujetos, las amenazas contra Alex y cómo él tuvo que intervenir para que no pasara a mayores. Pero López no se detuvo ahí.
—Luz, escúcheme bien —dijo con tono sombrío—. Tiene que tener mucho cuidado. En el barrio se comenta que su hijo Alex se metió con gente peligrosa cuando perdió a su hermano Kelvin por culpa de esa gente de Petrica. Los muchachos de ahora están descarrilados, agarran la mala vida y, como no pueden alcanzar a quienes están lejos, cobran la deuda con los familiares que quedan aquí.
La ira de Luz estalló antes de que él pudiera terminar la frase. Sus ojos se llenaron de chispas y su cuerpo se tensó como una cuerda de acero.
—Disculpe, señor López —lo interrumpió, alzando la voz con una dignidad que hizo que el hombre retrocediera—. Agradezco de todo corazón que ayudara a mi hija, eso nunca lo olvidaré. Pero no voy a permitir que hable mal de mi hijo. Usted no sabe por todo lo que hemos pasado, ni qué sacrificios ha tenido que hacer Alex para sacarnos de la miseria. Así que, con todo el respeto, le pido que se guarde sus comentarios.
Luz, con el pecho agitado por la indignación, le dio la espalda justo cuando su transporte llegaba. Dejó al sargento solo en la acera, pero por dentro, el miedo que tanto había intentado enterrar empezaba a florecer con una fuerza incontrolable.
Luz ha defendido a su hijo con uñas y dientes, pero las palabras del sargento le han sembrado una duda que no podrá sacarse de la cabeza.
El trayecto al colegio, que normalmente era un momento para reírse con Sofía y comentar las trivialidades de la clase, se volvió denso. Mientras Nati caminaba por la acera del centro educativo, un siseo agudo y cargado de malicia cortó el aire. Nati se detuvo en seco, con un escalofrío recorriéndole la espalda. Al girar la cabeza hacia la acera de enfrente, vio a tres sujetos apoyados contra una pared, observándolas con una fijeza que no dejaba lugar a dudas.