Capítulo 17: Entre la pasión y el secreto
Marcela bajó las escaleras del edificio acompañada por Helena, que se despedía con una sonrisa cómplice.
—Chao, amiga, nos vemos. ¡Cuídate! —dijo Helena antes de desaparecer por la esquina.
Alex estaba allí, recostado sobre su moto, con la chaqueta de cuero negra y una actitud que Marcela no le había visto nunca antes; parecía más seguro, casi eléctrico. Cuando ella se acercó, él la saludó con un beso suave en la mejilla, pero sus ojos escaneaban la calle con una vigilancia inusual.
—¿Estás bebiendo? —preguntó Alex, notando el olor del vino.
Marcela se sonrojó, algo apenada.
—Eh... sí, estaba compartiendo un rato con mi amiga Helena. Jajaja, ay, qué pena. Pensé que no vendrías. He estado muy confundida, Alex. He sentido que has estado muy distante, pensé que estabas molesto conmigo.
Alex, con un movimiento rápido y posesivo, la tomó de los cachetes con una mano, apretándolos ligeramente mientras la miraba con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Dices unas estupideces, Marcela —le susurró con voz ronca—. ¿Cómo voy a estar molesto si la pasé muy rico contigo?
Marcela intentó articular una respuesta, pero la cercanía de Alex la paralizaba.
—¿En serio? —atinó a decir, con el corazón acelerado.
—Claro. Esa noche la pasé muy rico... me gustó mucho cómo te hice mía —sentenció él, con una sonrisa de lado.
El rostro de Marcela se tiñó de un rojo carmesí al instante. Avergonzada, se tapó la cara con las manos, intentando esconder la reacción que él provocaba en ella. Alex soltó una carcajada profunda, deleitándose con su efecto sobre ella.
—Bueno... ¿quieres repetir? —le preguntó, acercándose a su oído.
Marcela, más roja que antes, no pudo esconder su emoción. Alex fingió preocupación, acercando su mano al cuello de ella para tocarle la piel.
—Estás roja... ¿estás enferma, a ver? —bromeó mientras la palpaba—. ¡Estás hirviendo!
No hizo falta más. La tensión que se había acumulado durante días de dudas y silencios estalló en un instante. Marcela, olvidando la pena, lo agarró del brazo y lo jaló hacia el interior del edificio con una urgencia que no le conocía. Apenas la puerta principal se cerró tras ellos, se perdieron en un beso desesperado. Mientras buscaban el botón del ascensor, las manos de Alex recorrían el cuerpo de Marcela, y los besos se volvían más hambrientos, ignorando el ruido del motor de los carros que aún se escuchaban en la calle.
En eso llegaron al apartamento y alex la empujo al mueble de la sala, devistiendose
—¿Esto es lo que tanto buscabas no?.
Marcela mirandolo arrodillada en el mueble le hace un gesto de afirmación con la cabeza y Alex se ecerca.
—abre la boca y saca la lengua.
En eso le escupe la boca y le da una cachetada
—eres mi perra y te hare mi perra.
Marcela le comienza a pasar la mano por su abdomen hasta llegar a su pene.
—¿Quieres meterlo en tu boca?
—Si lo deseo
—Abre la boquita entonces, —en eso Alex la agarra de la cabeza y empienza afincarla fuerte para que se vomite en eso ella lo empuja–.
—¿Qué pasa, no aguantas? ¿No eres una niña buena? No quiero que te lo vuelvas a sacar o te voy a castigar!
—Sere una buena niña te lo prometo.
Al final pasaron toda la noche entregados haciendo el amor hasta la madrugada.
La pasión de la noche dio paso a un silencio cálido en la habitación. Estaban allí, entrelazados bajo las sábanas, con la respiración aún agitada por el encuentro. Marcela abrazaba a Alex con fuerza, como si temiera que, al soltarlo, él pudiera desaparecer de nuevo.
—En serio te extrañé, quería verte tanto... —susurró ella, apoyando su cabeza en el pecho de él.
Alex acariciaba su cabello, sintiendo el peso de la decisión que acababa de tomar.
—A mí también me gusta verte, Marcela... —respondió con sinceridad, aunque su tono era más pensativo que romántico.
Marcela se incorporó un poco, apoyándose sobre sus codos para mirarlo a los ojos.
—Sabes, Alex... estuve pensando mucho estos días. ¿Por qué no te mudas conmigo aquí? Podemos trabajar, salir adelante y crecer juntos, como un equipo. No me gusta que estemos separados así.
Alex la miró sorprendido, sintiendo un nudo en la garganta. La oferta era un sueño, una oportunidad de tener la vida normal que ella representaba.
—Marcela... ¿en serio me lo dices?
—Sí, claro —respondió ella, suavizando su tono al ver la expresión de él—. Si quieres tiempo para pensarlo, tómalo. No quiero que te sientas presionado, solo quiero que estemos bien.
Alex suspiró profundamente y se giró para quedar frente a frente con ella. Sabía que debía ser honesto, al menos en parte, para no lastimarla más.
—Marcela, gracias... de verdad. Pero tengo que ser sincero contigo. Voy a dejar el trabajo de delivery. Me surgió una oportunidad única: voy a entrar en una academia de motos para subir de rango y llegar a la GP. Es el sueño de toda mi vida, una puerta que no puedo rechazar.
Los ojos de Marcela se abrieron de par en par, brillando con una mezcla de sorpresa y orgullo.
—¿En serio? ¡Alex, qué bueno! Pero... ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo conseguiste algo así?
—Pues, en mi último trabajo... un empresario vio mi potencial mientras rodaba y decidió patrocinarme —explicó Alex, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Pero, Marcela, con todo esto que se me viene encima, no puedo tener una relación con nadie ahorita. Necesito concentrarme al cien por cien en esta oportunidad. No sería justo para ti, ni para mí.
El silencio que siguió fue pesado. Marcela bajó la mirada, procesando el impacto de lo que él acababa de decir. Lo que ella veía como un paso adelante para estar juntos, Alex lo veía como un muro que los separaba.
Alex ha marcado una línea roja entre sus sueños y su vida personal.
—No quiero que te ilusiones conmigo, Marcela, por mi culpa —continuó Alex, con la voz apenas un susurro—. Por eso necesitaba hablarlo en persona. Te mereces esa sinceridad. Necesito pensar en mi futuro, en lo que tengo que construir.