Resilence

Capitulo 19: Negro

Silencio tras la confesión no fue de reproche, sino de un dolor compartido que finalmente encontraba su cauce. Luz, con la voz quebrada pero firme, fue la primera en romperlo.

—Alex, escúchame bien. Yo sé que nunca quisiste hacer daño. Me siento muy mal, sí, pero no puedo imaginarme la carga que has tenido que sostener tú solo durante todo este año... todo ese dolor. Apenas tienes 19 años, eres un niño todavía que tuvo que madurar por estas circunstancias tan difíciles. Es mi culpa también por no haber hecho lo suficiente por ustedes tres.

—¡Ma, no! —interrumpió Alex, con la garganta apretada—. No digas eso. Siempre hiciste todo lo posible por nosotros. Desde que papá nos dejó, has sido tú contra el mundo, sacándonos adelante. Yo estoy orgulloso de ti, mamá.
Luz sollozó al otro lado, una mezcla de alivio y tristeza.

—Y yo de ti, hijo. Mi alma queda más tranquila al saber la verdad sobre Kelvin, aunque sea desgarradora. Pero ahora... hijo, ¿qué vamos a hacer con esos sujetos? Tengo miedo por Nati.

Alex se puso de pie, caminando de un lado a otro de su habitación, con la mirada encendida por una determinación nueva. El dinero que Frank le había dado ya no era un simple botín; era la vida de su hermana.

—Tranquila, mamá. Mañana temprano enviaré los 2.000 euros. Quiero que busquen donde mudarse lo más rápido posible, salgan de ese barrio. No importa si es Valencia, Maracay o Los Teques, pero necesito que estén lejos de donde ellos saben que viven. ¿Entendido?

—Ok, hijo... está bien. Eso haré, mañana mismo buscaré lugares para mudarnos —respondió ella, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que tenían una oportunidad de escapar.

—Te amo, mamá. Haré lo posible por protegerlas, aunque sea desde la distancia. No voy a permitir que nada les pase.

—Yo también te amo, hijo. Y gracias... gracias por todo. Hasta luego.

—Hasta luego, mamá.
Alex colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla en negro. La confesión le había quitado un peso de encima, pero el peligro real seguía allí, acechando en las calles de su antiguo barrio. Ahora, con el respaldo de la nueva "oportunidad" que Alcatraz le había puesto en bandeja, Alex sabía que no solo corría por un sueño de grandeza en el motociclismo; corría para comprar el tiempo y la seguridad de su familia.

La verdad ha sido revelada, y con ella, un plan de escape ha comenzado.

La noche fue una tortura de pensamientos circulares y angustia para Alex. Con los primeros rayos del sol, se levantó, se vistió con premura y salió a buscar una casa de cambios. Su mente no descansaba hasta ver confirmado que el dinero estaba en manos de su madre. Tras realizar el envío, le escribió: "Listo ma, envié el dinero. Retíralo y me avisas".

Apenas guardó el teléfono, este volvió a vibrar. Era Samy.

—¿Alex, hermano? ¿Qué haces?

—Hola, Samy. Bien, haciendo unas diligencias —respondió él, tratando de mantener la calma.

—Muy madrugador, ¿eh? Jajaja. Mira, necesitamos que te reúnas con nosotros para cuadrar algo que sé que te gustará. Te veo cerca del Bernabéu, el jefe te espera.

—Ok, ya voy para allá —respondió Alex, sintiendo un escalofrío.

Mientras tanto, en Caracas, Luz recibió el mensaje. Su corazón latía con fuerza.

—Vamos, Nati —le dijo a su hija, tomándola de la mano con firmeza—. No quiero dejarte sola en casa. Vamos a buscar un dinero que tu hermano nos envió.

El centro de Caracas hervía de gente, un caos que solía ser un buen escondite, pero esta vez se sintió como una trampa. Tras retirar los 2.000 euros en una casa de cambio, la seguridad de Luz se desvaneció al salir a la calle. No notó los dos pares de ojos que las seguían desde hacía calles atrás.

El ataque fue quirúrgico y brutal. Un sujeto les cerró el paso y, con un movimiento seco, le arrebató el bolso a Luz. El otro, un tipo de mirada fría, inmovilizó a Nati por la espalda, apretándola contra sí.

—¡Suéltala! —gritó Luz, perdiendo el miedo.

El del bolso, sin dudarlo, hundió un puñal en el costado de la mujer. Luz se tambaleó, pero en un acto de puro instinto maternal, agarró el brazo armado del atacante con fuerza, ignorando el dolor del acero que aún tenía enterrado.

—¡Que suelten a mi hija! —rugió, mientras la sangre comenzaba a empapar su ropa.

Nati gritaba desesperada, con lágrimas corriendo por sus mejillas: —¡Ayuden a mi mamá! ¡Por favor, ayuden!
El tipo que retenía a la niña le tapó la boca con violencia. En ese instante, un coche negro chirrió al frenar cerca de la acera. Una voz desde dentro del vehículo ordenó:

—¡Traigan a la niña, apúrense!

El delincuente que forcejeaba con Luz le lanzó una patada brutal en el abdomen, lanzándola contra el pavimento mientras el puñal se soltaba. Luz cayó al suelo, viendo borroso. Con sus últimas fuerzas, intentó levantarse mientras el sujeto corría hacia el coche con Nati en brazos.

—¡NO! ¡SUÉLTENLA! —gritó Luz, desgarrándose la garganta, pero sus fuerzas la abandonaron.

El coche aceleró, dejando una estela de humo y el eco de los gritos de Nati perdiéndose a lo lejos. Luz quedó tendida en la acera, perdiendo la consciencia mientras los transeúntes comenzaban a rodearla, gritando por ayuda médica.

Alex se dirige a la cita con Alcatraz, sintiéndose por primera vez esperanzado, sin saber que, en ese preciso momento, su peor pesadilla se ha hecho realidad.

Alex entró en el café, un lugar donde el lujo se respiraba en el aire acondicionado y en el aroma del café importado. Los coches aparcados afuera eran un despliegue de poder, pero el seguridad de la entrada no parecía impresionado por su chaqueta de cuero.

—Aquí no puedes estar, chaval —le cortó el paso el hombre de negro.

—¡Quedate quieto, tío! —la voz de Samy resonó desde el fondo—. Él viene de parte del jefe, déjalo pasar.

Alex avanzó, sintiendo las miradas pesadas de varios hombres trajeados. Al fondo, en una mesa reservada frente a una pantalla gigante, estaba Alcatraz. No parecía un criminal, sino un magnate, concentrado en un partido de tenis entre Federer y Nadal.



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En el texto hay: mafia, deportes, sangriento

Editado: 22.07.2026

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