Alex estaba bajo la mirada inquisidora de Takeshi Nora cuando su teléfono comenzó a vibrar con una melodía que le heló la sangre. El número era extraño, pero el prefijo internacional no dejaba lugar a dudas: Venezuela.
El corazón le dio un vuelco y el mundo pareció detenerse.
—Ya vengo, necesito atender esto —dijo Alex, levantándose bruscamente.
—¡Chaval, ostia! —bramó Alcatraz, frunciendo el ceño—. Estamos hablando de algo importante, no te vayas.
Borja, aprovechando la oportunidad para marcar territorio, se levantó con violencia y bloqueó el paso de Alex.
—El jefe te dijo que te sentaras, cabrón. A nadie le importa tu llamada.
La tensión en la mesa se disparó. Alex, con la desesperación acumulada durante toda la noche y la angustia de no haber recibido noticias de su madre, se encaró con Borja, ignorando por completo la jerarquía criminal que lo rodeaba. Sus ojos inyectados en rabia estaban fijos en el sicario.
—Quítate, cabrón, antes de que te reviente la cara —siseó Alex, con una voz cargada de una amenaza real que dejó a todos en silencio.
Borja, impresionado por el despliegue de ferocidad de aquel "mocoso", dudó un segundo. Samy, actuando rápido, sujetó el brazo de Borja con fuerza.
—Déjalo que conteste —ordenó Samy, mirando a Borja con severidad.
—Gracias, Samy. Y disculpa —respondió Alex, girándose y saliendo a toda velocidad hacia el estacionamiento.
Alcatraz y Takeshi Nora intercambiaron una mirada de intriga. Aquella actitud no era la de un protegido temeroso; era la de un hombre con algo muy valioso que proteger.
—¡Maldito mocoso de mierda! ¡Te voy a matar! —gritó Borja, forcejeando para soltarse de Samy—. ¡Suéltame, mierda!
—¡Siéntate, Borja! —ordenó Alcatraz, manteniendo la calma—. Samy, ve a ver qué le pasa al chico.
Samy salió al estacionamiento, donde encontró a Alex con la mano temblorosa, presionando el teléfono contra su oreja. Alex no vio a Samy; estaba inmerso en el abismo.
—¿Aló? ¿Quién habla? —respondió Alex, con la voz quebrándose.
—¿Eres Alex Orozco? —respondió una voz grave al otro lado.
—Sí, yo soy. ¿Tú quién eres?
—Soy el sargento López, hijo. Tu mamá está en el hospital. Tu mamá fue apuñalada... y secuestraron a tu hermana.
El teléfono se le resbaló de la mano a Alex, pero no llegó al suelo porque Samy lo atrapó en el aire, habiendo escuchado parte de la conversación. Alex se quedó de piedra, sus ojos perdidos en el vacío, mientras el frío le recorría cada centímetro de la piel. Su madre, su pequeña Nati... todo se había derrumbado en un segundo.
Alex tiene la verdad en sus oídos y el mundo desmoronándose bajo sus pies. Samy sabe ahora que el protegido de Alcatraz no está solo en esto, sino que está en el centro de una guerra personal.
Alex cayó de rodillas sobre el asfalto frío del estacionamiento, sus manos arañando el suelo mientras el aire se le escapaba en un grito sordo y agónico.
—¡Maldita sea! ¡No puede ser! ¡Nati... mamá! —sollozaba, con el pecho sacudido por espasmos de puro dolor—. ¡Maldita sea mi culpa! ¡Estoy tan lejos, maldita sea!
Samy, con una expresión de gravedad que rara vez mostraba, hablo por el teléfono que Alex había dejado caer.
—Hola —dijo Samy, con voz firme—. Soy un amigo cercano de Alex. Él no puede hablar ahora por la noticia. Cuénteme, ¿qué sucedió?
Al otro lado, el sargento López narró la tragedia con crudeza: el dinero, el ataque, la puñalada a Luz y el secuestro de la pequeña Natalia.
—La policía anda investigando —explicó el oficial—, pero como es el sistema aquí, todo será muy lento.
—¿Sabe quiénes podrían ser y por qué? —preguntó Samy, echando una mirada hacia la puerta del café.
—Dicen que fueron unos sujetos que ya tenían problemas con Alex, pero no estamos seguros.
—Para haber un secuestro, eso es venganza personal —concluyó Samy con frialdad—. Gracias, me contactaré con ustedes después.
—Está bien... mándele mis mejores deseos a Alex.
—Se lo haré saber.
Samy colgó y guardó el móvil. Alex se puso en pie de un salto, con los ojos inyectados en sangre.
—Necesito ir a Venezuela. ¡No puedo quedarme aquí!
—Alex, espera, no puedes tomar una decisión tan apresurada... —intentó razonar Samy, pero Alex, cegado por la ira, lo agarró de la camisa con una fuerza sobrenatural.
—¡Maldita sea, Samy! ¡Apuñalaron a mi mamá y secuestraron a mi hermana! ¡No me puedo quedar sin hacer nada!
Los escoltas que rodeaban el café detectaron la agresión y desenfundaron sus armas, preparándose para reducir a Alex. Samy, sin perder la calma, levantó una mano en señal de que se detuvieran.
—Alex, suéltame ahora mismo, o te rompo el brazo —advirtió Samy con voz gélida.
Alex lo miró directamente a los ojos, una mirada cargada de una ira asesina que sorprendió incluso a un hombre curtido como Samy. Tras un segundo de duda, lo soltó.
—Me voy. Yo resolveré mi desastre —dijo Alex, dándose la vuelta para buscar su moto.
En ese momento, la puerta del café se abrió de par en par. Alcatraz, seguido de Borja y Takeshi Nora, salió a la escena. La presencia de Alcatraz era imponente, una sombra que parecía absorber toda la luz del estacionamiento.
—Chico —dijo Alcatraz, caminando hacia él con pasos lentos y pausados—, ¿tú eres gilipollas o qué? ¿Crees que puedes ir a una guerra así, tú solo? Ya no estás solo, Alex. Nosotros te ayudaremos a resolver esto.
Alex se quedó paralizado. La ayuda del hombre más peligroso y poderoso que conocía era una bendición, pero también un compromiso que, al aceptarlo, cambiaría su alma para siempre.
Alex ha recibido el apoyo de Alcatraz, pero en el mundo de los negocios turbios, la ayuda nunca es desinteresada. Ahora, el secuestro de Natalia ha dejado de ser un asunto familiar para convertirse en un tablero de ajedrez donde Alcatraz mueve las piezas.
—Samy, Borja, vamos a programar esto para ir a Venezuela. Alex, tú irás también —sentenció Alcatraz, cuya presencia parecía electrificar el aire del estacionamiento—. Irás con cuatro de mis mejores hombres. Tú conoces Venezuela mejor que nadie y sabes cómo se mueve todo ahí, así que tú serás nuestros ojos.