Resilence

Capitulo 21: Petrovish

La noche cayó sobre Madrid con una pesadez asfixiante. Samy y Alex llegaron al hangar privado del aeropuerto, un lugar donde la sombra de Alcatraz se sentía en cada rincón. Allí, frente a una imponente aeronave lista para el despegue, los esperaba Alcatraz junto al resto del equipo.

—Ya hablé con Ramiro y Petrovish —anunció Samy al llegar—. Deberían estar aquí en cualquier momento.

Alcatraz asintió con satisfacción.

—Bien hecho, chaval. Borja, ¿preparaste lo que te pedí?

—Sí, señor —respondió Borja, levantando la voz para dirigirse a dos guardaespaldas—. ¡Eh, ustedes! ¡Traigan el equipaje acá, rápido!

Los hombres descargaron cuatro maletas pesadas y blindadas. Borja las abrió ante el jefe: el arsenal y el dinero estaban listos.

—Aquí está todo lo que pidió, señor.

—Excelente, Borja —dijo Alcatraz, mientras una sonrisa depredadora se dibujaba en su rostro—. Samy, préstame atención. Aquí tienen un bolso con 500.000 dólares y equipamiento táctico de primera, ¿ok? ¿Qué te dijo Ramiro?

Samy se cuadró, serio.

—Ya se contactó con los altos mandos en Venezuela para dejarnos entrar al país sin revisar papeles ni carga.

Tuvimos que enviar un pastón para sobornarlos, pero no hay problema con eso.

—Excelente —concedió Alcatraz, asintiendo—. El dinero es el lenguaje universal para abrir fronteras.

En ese momento, el teléfono de Samy vibró con una notificación importante.

—Señor —dijo tras colgar—, acaba de llegar Petrovish con los dos enviados de Ramiro. Vienen para acá.

—Perfecto —dijo Alcatraz, mirando a Alex—. ¿Estás listo, chaval? Porque una vez que este avión toque suelo venezolano, no habrá vuelta atrás. Tu familia está en juego, y yo no acostumbro a perder mis inversiones... ni a mis protegidos.

Alex apretó los puños, sintiendo cómo la adrenalina recorría su cuerpo. No era solo un viaje; era una incursión de guerra. Sus ojos, vacíos de miedo pero llenos de una determinación fría, se fijaron en la puerta del hangar por donde empezaban a entrar los refuerzos. La cacería estaba por comenzar.

—¡Eyyy, patróóón! —exclamó Petrovish al entrar, con una presencia que parecía llenar todo el hangar. Su mirada era fría y sus gestos calculados—. Puta madre, ¿toca misión especial, no? ¿A quién ayudamos? ¿De qué trata? Solo me dijo Samy que me querían aquí para ayudar a alguien.

—Hala, Petrovish, gracias por venir —dijo Alcatraz, palmeándole la espalda—. Sí, te presento a Alex. Alex, él es Petrovish, mi sicario más letal. Es como un John Wick pero serbio, jajaja.

Alex lo miró directamente, sin inmutarse ante la reputación del hombre. Petrovish, por su parte, escaneó a Alex de pies a cabeza con un desprecio evidente.

—¿Y este mocoso qué? —preguntó Petrovish, arqueando una ceja.

Alcatraz se puso serio, su tono volviéndose gélido.

—A este chaval lo vamos a ayudar. Apuñalaron a su mamá y secuestraron a su hermana en Venezuela. Tu misión es protegerlo y salvar a su hermana.

Petrovish soltó una carcajada seca y cruel.

—Ostia, señor, ¿y tan importante es este mocoso? De seguro ya mataron a su hermana, esas cosas allá no perdonan.

La sangre de Alex hirvió al instante. La rabia le subió a la garganta y, sin pensarlo, se lanzó hacia Petrovish con los puños cerrados. Samy, que estaba a centímetros, reaccionó al instante, bloqueando a Alex con un brazo firme y deteniendo su avance.

Petrovish se rio, más divertido que intimidado.

—Mentira, chaval, es broma. A ver, dame la mano, ¿disculpa, sí?

Petrovish extendió su mano grande y callosa. Alex lo miró con odio puro.

—No le doy la mano a idiotas —respondió Alex con veneno en la voz.

El serbio puso una cara de tristeza fingida, casi cómica.

—¿No te agrado? Dame la mano, Alex, seamos amigos.

Alex, harto de su juego, se dio la vuelta para ignorarlo, pero fue un error. Petrovish fue más rápido: le agarró la mano con una velocidad fulminante y, antes de que Alex pudiera reaccionar, comenzó a apretar con una presión brutal.

—¡Maldito, suéltame! ¡Me vas a partir la mano! —bramó Alex, sintiendo cómo los huesos de su palma crujían bajo la fuerza inhumana del sicario.

Alex apretó los dientes, negándose a gritar, aunque el dolor le nublaba la vista. Petrovish lo mantenía sujeto, sonriendo de forma maníaca mientras le observaba el rostro.

—¿Qué sucede, chaval? —preguntó Petrovish con una calma aterradora—. ¿No aguantas un apretón de manos?
Borja, observando la escena desde un lado, negó con la cabeza con fastidio:

—Este maldito Petrovish nunca cambia...

Alex, jadeando por el dolor, sintió que la fuerza de Petrovish no era de este mundo. Se dio cuenta de que si quería sobrevivir a esta misión, tendría que aprender a lidiar no solo con sus enemigos, sino también con los monstruos que, supuestamente, estaban de su lado.

Samy intervino en un parpadeo, aferrando el antebrazo de Petrovish con una presión férrea. El serbio giró la cabeza, desafiante.

—¿Qué quieres tú? —escupió Petrovish, con una mueca de desdén—. Yo no quiero ser tu amigo, Samy.

Samy no parpadeó, su mirada era de acero puro.

—Suéltalo, o te rompo el brazo —sentenció.

Petrovish, lejos de amedrentarse, esbozó una sonrisa macabra mientras estrechaba aún más la mano de Alex.

—Pártelo, si puedes.

La tensión alcanzó un punto crítico; los dos sicarios se medían en un duelo de voluntades mientras Alex, con el rostro desencajado por el dolor, sufría en silencio. Antes de que cualquier hueso se fracturara, la voz de Alcatraz resonó por todo el hangar, cargada de autoridad.

—¡Ya, Petrovish! ¡Suéltalo inmediatamente!
Petrovish giró lentamente la cabeza hacia su jefe.

—Claro, patrón —respondió, soltando la mano de Alex con un gesto despreocupado—. Es que estamos creando un vínculo, ¿verdad, Alex?

Alex retrocedió, sujetándose la mano herida y lanzándole una mirada llena de odio.



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En el texto hay: mafia, deportes, sangriento

Editado: 22.07.2026

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