El vuelo de ocho horas se convirtió en una tortura silenciosa. Alex, encadenado a sus pensamientos, miraba por la ventanilla cómo las nubes negras ocultaban el horizonte; cada segundo que pasaba era una eternidad de culpa y ansiedad por su madre y Nati. A pocos metros, Samy trabajaba concentrado en su laptop, mientras que en la parte trasera, Petrovish roncaba con la despreocupación de quien sabe que pronto habrá sangre.
De repente, el teléfono de Alex rompió el silencio de la cabina con un tono chirriante. Era un número desconocido. Alex sintió un vuelco en el estómago y contestó con la voz temblorosa.
—¿Aló? ¿Quién habla?
Del otro lado, una carcajada estridente y una voz aguda y distorsionada le devolvieron el saludo.
—Tú sabes quién te tiene que llamar, ¿no?
La sangre de Alex se heló. La rabia, más fuerte que el miedo, explotó en su pecho.
—¡¿Dónde las tienen, malditos?! ¡Cabrones, les juro que...!
Samy se levantó de un salto y se acercó a Alex en silencio, colocándole una mano firme en el hombro.
Petrovish, que se había despertado al instante, se puso en pie y se acercó también, observando la escena con una sonrisa macabra.
—Interesante... —susurró Petrovish—. Pero chaval, trata de no perder el control. Si gritas, no escuchas dónde están.
Samy le dedicó una mirada de advertencia.
—Alex, relájate. Respira.
Alex cerró los ojos, apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos y obligó a su corazón a ralentizarse. Cuando volvió a hablar, su voz era un hilo de acero frío.
—Dime qué quieres —dijo Alex, con un tono mucho más sereno.
La voz al otro lado soltó un insulto cargado de odio.
—¡Maldito mamagüevo! ("mamagüevo" viene de una grosería muy comun en Venezuela)¿Te crees valiente porque estás en España? ¿Crees que te puedes meter con mi gente y salir ileso? Te salvas porque estás lejos, pero gracias a eso, tu hermana y tu mamá van a pagar las consecuencias. Tu mamá está viva de milagro, pero igual vamos a terminar lo que empezamos. A tu hermana te la vamos a enviar allá, en una bolsa negra, picadita en pedazos.
Alex sintió que el mundo se desmoronaba. El colapso era inminente, un nudo en la garganta le impedía articular una sola palabra mientras el horror se apoderaba de su mente.
Petrovish, al ver la expresión de derrota y dolor de Alex, le arrebató el teléfono de un movimiento seco.
—Dame, mocoso.
Petrovish puso el altavoz, manteniendo una expresión de aburrimiento total.
—Holaaa, señor extraño. Habla un gran amigo de Alex, aquí desde España.
Del otro lado, el secuestrador se quedó en silencio por un segundo, confundido por el tono jovial del serbio.
—¿Quién mierda eres tú? —escupió la voz con hostilidad.
Petrovish miró a Alex, luego a Samy, y una sonrisa depredadora se dibujó en su rostro. La partida había comenzado oficialmente.
Petrovish mantuvo su tono burlón, casi como si estuviera charlando con un viejo conocido sobre el clima.
—Mira, señor secuestrador —dijo Petrovish, relajado en su asiento—, estamos aquí preocupados por nuestro amigo y colega Alex. El pobre está destruido, pero queremos ayudarlo. Sabemos que tienes a su hermana y queremos recuperarla. ¿Qué podemos hacer por eso?
La llamada se sumió en un silencio tenso, solo interrumpido por el zumbido de los motores del avión. De repente, una risotada seca cortó el aire.
—¿Están dispuestos a mandar plata? Podemos pensar en soltarla. Ya que están allá, queremos dinero. ¿Cuánto están dispuestos a dar?
Petrovish sonrió, tapó el altavoz con la mano y susurró a los otros:
—Están dispuestos a negociar.
Samy, con los ojos fijos en Petrovish, le hizo una seña clara con la mano.
—Dile que nos den seguridad de que la niña sigue viva —indicó en un susurro.
Petrovish destapó el altavoz y respondió:
—Oye, estamos dispuestos a negociar, pero queremos ver a la niña primero. Si está viva, te la pondré en el teléfono.
Hubo un forcejeo al otro lado de la línea. Se escuchó un golpe ahogado y luego una voz temblorosa.
—¡Habla, carajo, que te quieren escuchar!
—¡Nati! —gritó Alex, arrebatándole el teléfono de las manos a Petrovish antes de que este pudiera reaccionar.
El corazón le latía a mil por hora—. ¡Nati, mi amor! ¿Estás bien? ¡Háblame, por favor!
—¡Sí, hermano! —se escuchó la vocecita de la niña, quebrada por el llanto—. ¡Pero tengo mucho miedo!
El desconocido le arrancó el teléfono de un tirón.
—Bueno, ahí tienen su prueba. ¿Están felices?
Petrovish recuperó el teléfono con calma.
—Ok, ¿cuánto quieren?
—Danos 100 mil euros —exigió el secuestrador.
Petrovish soltó una risita fingida, mientras intercambiaba una mirada de complicidad con Samy.
—Es demasiado dinero. No podemos conseguir esa cantidad tan rápido, es imposible.
—¿Y cuánto nos pueden dar entonces? —preguntó el criminal, ahora menos agresivo ante la posibilidad de un pago seguro.
—Hmm... ¿qué tal 50 mil? —propuso Petrovish, midiendo cada palabra—. Podemos reunirlo y enviárselo mañana mismo.
El secuestrador se tomó un momento.
—Bueno... 50 mil está bien. Así quedamos. Cuando tengan el dinero, me avisan a este mismo número para decirles dónde me lo van a enviar.
El tipo colgó bruscamente. El silencio regresó a la cabina, pero esta vez era un silencio cargado de intención.
—50 mil —dijo Petrovish, devolviéndole el teléfono a Alex
—. Ya tenemos el precio. Ahora, Samy, prepárate, porque ese dinero se va a convertir en su sentencia de muerte en cuanto toquemos tierra.
Alex, aún con el eco de la voz de su hermana resonando en sus oídos, miró a Petrovish con una mezcla de gratitud y terror. Sabía que aquel serbio no iba a pagar ni un céntimo, sino que iba a utilizar la entrega del dinero como una trampa mortal. La cacería estaba oficialmente en curso.
La luz del sol de la tarde se filtraba débilmente por las rendijas de una habitación lúgubre en una finca aislada, a las afueras de Caracas. Natalia, con los ojos vendados y el cuerpo marcado por los golpes, temblaba en un rincón. Sus captores, ajenos a su desesperación, discutían sobre el botín.