Resilence

Capitulo 23: La Llegada

El aire de Maiquetía golpeó al equipo con una mezcla de humedad, calor y una tensión casi eléctrica. Petrovish, lejos de mostrarse afectado, tomó el control inmediato del desembarco.

—¡Hey, ustedes dos! —bramó hacia Samuel y Yeron—. ¡Vengan aquí, bajen el equipaje rápido y tráiganlo hasta acá!

Samy supervisaba cada detalle, sus ojos escaneando el perímetro del aeropuerto.

—Samy, ¿el contacto de Ramiro ya va a venir? —preguntó Alex, con la ansiedad royéndole las entrañas.

—Según lo que dijo Ramiro, nos encontraría aquí mismo —respondió Samy, manteniendo la calma—. Alex, en cuanto nos reunamos con el contacto, nos movemos directo al hospital, ¿de acuerdo?

—Fino, Samy. Esperaré entonces —respondió Alex, intentando dominar sus nervios.

En ese instante, una mujer emergió de entre las sombras del terminal. No aparentaba más de 30 años; tenía el pelo corto, negro azabache, y una mirada de hielo que parecía atravesar cualquier fachada. Vestía el uniforme de funcionaria de la policía venezolana con una postura militar, casi intimidante, y sus 1,75 metros de estatura le daban una presencia imponente.

—¿Ustedes vienen de parte de Ramiro, no? —preguntó con una voz firme y carente de emoción.

Petrovish se giró, con una sonrisa lasciva dibujada en el rostro.

—¡Uy! ¿Y quién es esta muñequita? —dijo, dando un paso hacia ella.

La mujer apenas lo miró, pero el desprecio fue absoluto.

—Qué asco —respondió ella, sin siquiera inmutarse.

Samy intervino antes de que la situación escalara.

—Sí, somos nosotros. Me llamo Samy, él es Alex.
Natacha —como se presentó a continuación— fijó sus ojos en Alex, escaneándolo de pies a cabeza.

—Así que tú eres el protegido de Alcatraz, ¿eh?
Petrovish, ignorando el rechazo anterior, insistió:

—¿Y mi nombre no te interesa? Me llamo Petrovish, pero puedes decirme "el amor de tu vida", muñequita.

Natacha no le dedicó ni un parpadeo. Se limitó a ignorarlo por completo y se dirigió al resto del grupo con autoridad.

—Siganme a la camioneta. Tenemos que movernos antes de que llamen la atención.

Mientras se alejaban hacia el vehículo, Petrovish soltó una carcajada ronca, mirando a Samy con un brillo divertido en los ojos.

—Me gustan así... bien odiosas.

Alex caminaba detrás de ellos, sintiendo que en Caracas las cosas serían mucho más complicadas de lo que Alcatraz había dejado entrever. Con una policía que parecía tan letal como los sicarios que lo acompañaban, el rescate de su familia se sentía cada vez más como una partida de ajedrez donde él era solo una pieza sacrificable.

Natacha terminó de acomodar su uniforme y señaló la camioneta blindada.

—Monten el equipaje. Los llevaré al hotel donde se hospedarán.

Alex, sintiendo que cada segundo era una puñalada, dio un paso adelante.

—Disculpa, pero necesito ir donde tienen a mi mamá ahora mismo.

Natacha lo miró con frialdad, sin detener sus pasos hacia el volante.

—Todo con calma. Primero se van al hotel, alistan el equipo y seguimos con la fase que sigue.

—Pero... —insistió Alex, sintiendo que la desesperación le quemaba la garganta.

Samy le puso una mano en el hombro y le dedicó una mirada severa.

—Guarda silencio, Alex. Ella sabe lo que hace.

Petrovish, apoyado contra la camioneta mientras Yeron y Samuel cargaban las maletas bajo sus órdenes, soltó una carcajada burlona.

—Mocoso... digo, Alex, mi amigo. Deja que la dama haga sus cosas tranquila. Ella sabe lo que hace. ¡Ustedes dos, suban el equipaje rápido!

—¡Sí, señor! —respondieron Yeron y Samuel, apresurándose.

El grupo subió a la camioneta y pronto estaban surcando las avenidas de Caracas. El tráfico era caótico, pero Natacha conducía con una precisión profesional que dejaba claro que conocía cada rincón de la ciudad. Mientras esquivaba un camión, habló sin apartar la vista de la carretera:

—Este ataque a tu familia fue premeditado, no fue un robo al azar. Pero tenemos algo a nuestro favor: la ventaja de la sorpresa.

—¿Qué ventaja? —preguntó Alex, con la mandíbula apretada.

—Ellos piensan que tú todavía estás en España —explicó petrovish jugando con su navaja.

Natacha intervino desde asiento del piloto—Exactamente. Por cierto, ¿tuviste contacto con ellos?

Alex asintió, mirando por la ventana las calles que alguna vez fueron su hogar.

—Sí, en medio del vuelo me llamaron.
Samy tomó la palabra, manteniendo la voz baja.

—Logramos negociar. Acordamos 50 mil euros para hoy a cambio de que suelten a la hermana. Dieron fe de vida. Y, siendo sincero, Alex...

Petrovish se rio, un sonido seco y gélido que hizo que a Alex se le pusiera la piel de gallina.

—Ellos no soltarán a tu hermana, chaval. Y posiblemente la maten apenas tengan la pasta.

Alex se giró hacia Petrovish con los ojos encendidos de ira, listo para lanzarse sobre él, pero Samy, desde el asiento del copiloto, lo frenó con una mirada fría.

—Es cierto lo que dice Petrovish, Alex —sentenció Samy—. Son criminales. Si pensaran como nosotros, sería exactamente lo que haríamos: cobrar el dinero y eliminar el cabo suelto. No te hagas ilusiones, esto es una cacería, no una negociación.

El silencio se apoderó de la camioneta. Alex miraba las calles de Caracas pasar, dándose cuenta de que, en ese juego de sombras, la honestidad brutal de sus acompañantes era lo único que le quedaba para sobrevivir.

Samy soltó una carcajada breve, rompiendo la tensión del momento.

—Tranquilo, chaval. La vamos a salvar, y te aseguro que me divertiré mucho haciéndolo.

Natacha, que conducía con manos firmes, clavó su mirada en el espejo retrovisor, observando a Petrovish con desprecio.

—¿Te divierte matar personas? —preguntó ella, con una frialdad que helaba el ambiente.

Petrovish sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos, y se inclinó hacia adelante.



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En el texto hay: mafia, deportes, sangriento

Editado: 22.07.2026

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