Resilence

Capitulo 25: La Hora 0

El silencio en la habitación era tan denso que resultaba doloroso. Alex, con el rostro desencajado, se desplomó de rodillas mientras un sollozo ahogado escapaba de su garganta.

—Maldita sea... es mi culpa —logró articular entre dientes, el peso de la culpabilidad aplastándole el pecho.

Natacha se acercó a él, intentando inyectarle una dosis de realidad.

—¡Levántate, Alex! No es momento de derrumbarse, podemos salvarla si nos movemos ahora.

Alex no respondió; estaba perdido en el horror de los gritos de su hermana. Petrovish, lejos de mostrar compasión, caminó hacia él con un desprecio gélido.

—Déjalo —dijo el serbio—. A los mocosos llorones no les da el cuero. Mejor regresamos a España y dejamos que él vea por televisión cómo terminan de matar a su hermana.
La mecha se encendió en Alex. Con un gruñido gutural, se puso en pie y se abalanzó contra Petrovish con los puños en alto. Natacha hizo el amago de intervenir, pero Samy le puso una mano en el pecho, deteniéndola.

—Quieta, Natacha. Petrovish sabe exactamente lo que hace.

Alex lanzó un golpe cargado de furia ciega, pero Petrovish lo esquivó con la facilidad de un bailarín. En un segundo, el serbio le retorció el brazo, lo inmovilizó y lo estampó contra el suelo, presionando su nuca con una rodilla.

—Si no estás preparado para esto, te entiendo —siseó Petrovish al oído de Alex—. Pero si de verdad tienes las pelotas puestas, levántate, salva a tu hermana y deja de llorar como una nenaza. Ya comprobamos que está viva; no de la mejor manera, lo sé, pero al menos sabemos que respira. ¿Samuel? ¡Diles dónde están!

Samuel, aún temblando, señaló la pantalla del ordenador.

—Eh... sí. Ya está rastreado. Están en una finca a las afueras de Caracas, cerca de los linderos del sector montañoso.

Natacha se acercó al mapa, analizando las coordenadas.

—Sé exactamente dónde es eso. Es una fortaleza natural, muy aislada. ¿Cómo demonios pensamos entrar sin que nos vean venir?

Petrovish soltó a Alex, quien se puso en pie rápidamente, con el orgullo herido pero el fuego de la venganza ardiendo de nuevo en sus ojos.

—Quiero salvar a mi hermana —dijo Alex, con una voz que ya no temblaba.

Petrovish soltó una carcajada sarcástica.

—¡Aleluya, nenita! Ya te salió un poco de hombría.

Samy se adelantó, asumiendo su rol de estratega. Se colocó frente a Alex y lo miró fijamente.

—Alex, escúchame bien. Te mantendremos al margen de la línea de fuego principal. Haremos el trabajo sucio, pero tú vendrás con nosotros. No podemos dejar que salgas lastimado antes de que cumplamos el objetivo, ¿entendido?

Alex asintió. La negociación había terminado; la guerra acababa de empezar. Fuera, la noche caía sobre Caracas, ocultando en sus montañas el destino de Natalia. El equipo comenzó a revisar sus armas, dejando claro que a partir de ese momento, la piedad no formaba parte del plan.

El ambiente en la habitación pasó de la tensión a una calma depredadora. El mensaje en el teléfono era claro: «Hasta mañana tienen chance de tener el dinero o morirá la niña». Petrovish leyó el texto en voz alta, dejando escapar una risita entre dientes.

—Sí, claro... mañana te voy a dar tu dinero —murmuró, mientras afilaba un cuchillo de combate—. Lo malo es que una cabeza rodando por ahí no va a poder comprar nada.

En un rincón de la estancia, lejos del resto, Natacha mantenía una conversación tensa con Samy, observando al serbio de reojo.

—Samy, dime la verdad —susurró ella, con el ceño fruncido—. ¿Qué tan confiable es realmente Petrovish? Ese tipo no es un mercenario común, es un psicópata.

Samy giró la cabeza hacia donde Petrovish estaba sentado, rodeado de cargadores y armas largas. El sicario sintió las miradas, levantó la mano en un saludo burlón y despreocupado, como si estuviera limpiando una herramienta de jardinería, antes de volver a su tarea con una precisión mecánica.

Samy suspiró, su voz bajando a un tono sombrío.

—Es, por así decirlo, el arma mortal de Alcatraz. No conoce otra cosa más que la muerte; lo criaron para eso desde que tenía uso de razón.

Natacha se quedó helada al escuchar el tono de Samy. Él continuó, recordando una historia que solía contarse en los círculos internos de la organización con un respeto mezclado con terror.

—Hace años, Alcatraz tuvo una guerra encarnizada en el este europeo por el control de rutas de contrabando. La banda rival era implacable; estaban masacrando a nuestra gente, acorralándonos. No había forma de ganar, estábamos perdiendo la posición. Petrovish, por su cuenta, decidió terminarlo.

Samy hizo una pausa, mirando el filo del cuchillo que Petrovish ahora pulía con esmero.

—Se infiltró solo en la fortaleza del capo. No dejó ni un testigo. Asesinó a todos: guardias, mujeres, incluso a los niños que estaban en la casa. No tuvo piedad con nadie. Al capo... al capo lo colgó del techo atravesado con clavos de carpintero. Le rajó el estómago y dejó que sus órganos se desplomaran, tirando de ellos poco a poco mientras el tipo aún estaba consciente, desangrándose en una agonía eterna. Así terminó él solo una guerra que todos dábamos por perdida.

Natacha sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Ya no solo temía por la seguridad de la misión; temía por lo que pasaría cuando Petrovish finalmente desatara su verdadera naturaleza en aquella finca a las afueras de Caracas.

—Si él es el arma —dijo Natacha, mirando al serbio—, espero que hoy nos toque estar del lado correcto del gatillo.

Samy solo asintió con gravedad.

—No te preocupes, Natacha. Petrovish no es un hombre, es un desastre natural. Y esa finca va a conocer el infierno en persona.

La tensión en la habitación se cortó cuando el plan de Samy quedó expuesto sobre la mesa. Alex, que aún tenía la imagen de su hermana en la mente, miraba a los hombres con una mezcla de horror y esperanza.



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En el texto hay: mafia, deportes, sangriento

Editado: 22.07.2026

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