Resilence

Capitulo 26: Interrogatorio

El pran despertó con un sobresalto salvaje, el aliento atrapado en su garganta mientras el agua helada aún le resbalaba por la cara. Intentó moverse, pero las ataduras en la silla se lo impidieron. Tenía los ojos cubiertos por una venda oscura.

—¡Ahhhg! ¿Dónde estoy? ¿Qué están haciendo? ¡Maldita sea, suéltenme! ¿Quiénes son ustedes? —rugió, forcejeando en vano.

Petrovish apareció ante él como una sombra. Le dio un par de palmaditas burlonas en la mejilla, disfrutando de su desesperación.

—Hola, bella durmiente. ¿Descansaste bien? —preguntó con una voz cargada de ironía.

Alex estaba en un rincón, tal como le habían ordenado, manteniendo la distancia. Sus puños estaban tan cerrados que sus nudillos se tornaban blancos, pero permaneció en silencio, observando cada movimiento.

Natacha, con una mirada de acero, no pudo aguantar más.

—No pierdas el tiempo, Petrovish —espetó ella—. Pregúntale de una vez por la finca y dónde tienen a la niña.

Samy dio un paso al frente, su presencia llenando el cuarto. Su voz era grave, carente de juegos.

—Escúchame bien. Necesito información. Si quieres salir vivo de aquí, vas a cooperar.

El pran se detuvo, confundido, intentando reconocer los acentos.

—¿Qué quieren de mí? Sus acentos son raros... ¿de dónde son? ¿Y qué es lo que quieren?

Petrovish, impaciente por el espectáculo, le arrancó la venda de un tirón. La luz de la habitación cegó momentáneamente al cautivo.

—¡Holaaaa! —dijo Petrovish con una sonrisa depredadora

—. No importa que nos veas, es para que entres en confianza. Al fin y al cabo, somos amigos, ¿no? Empecemos por algo sencillo. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Petrovish. ¿Y tú, camarada?
El pran, con los ojos inyectados en sangre, escupió al suelo.

—No te diré mi nombre, maldito estúpido. Ni siquiera sé quiénes son ustedes.

En ese instante, sus ojos recorrieron la sala y se detuvieron en la esquina, donde Alex intentaba pasar desapercibido. El pran se quedó helado, luego soltó una carcajada cargada de veneno.

—¡Espera! ¿Qué haces tú aquí? ¡Alex! ¡Maldito seas! —gritó, su voz cargada de una rabia asesina—. ¿Qué pasa aquí? Te estás metiendo en un problema muy grande conmigo y con mi gente. ¿Crees que esto te salvará? Los vamos a picar en pedacitos, a ti y a tu hermana, apenas se enteren de lo que estás haciendo hoy.

El aire en la habitación se volvió irrespirable. La amenaza sobre Natalia había sido lanzada, y ahora, el destino de todos en aquella habitación dependía de lo que Petrovish estuviera dispuesto a hacer a continuación.

El impacto de las palabras del pran rebotó en las paredes de la habitación como un eco siniestro. Al mencionar a su hermana, el cuerpo de Alex se tensó tanto que los músculos de sus brazos comenzaron a vibrar, pero se mantuvo clavado en su lugar, tal como Samy le había ordenado.

Petrovish, lejos de inmutarse, soltó una carcajada que sonó más a gruñido animal. Se inclinó sobre el prisionero, invadiendo su espacio personal hasta que sus narices casi se tocaron.

—¿"Picarla en pedacitos"? —susurró Petrovish con una suavidad que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Esa es una descripción muy técnica, amigo. Me gusta tu estilo.

Petrovish le propinó un golpe seco en el estómago, un "cariño" que dejó al pran doblado de dolor, sin aire.

—Mira, pedazo de basura —dijo Samy, dando un paso al frente con una calma imponente—. No tenemos tiempo para juegos de poder. Ya sabemos dónde están. La finca, los hombres, la niña... lo sabemos todo. La única razón por la que sigues respirando es porque todavía tienes lengua para hablar.

El pran, escupiendo sangre sobre el piso del hotel, miró a Alex con un odio visceral.

—Alex... ¿tú crees que esto te va a salvar? —se burló, entre jadeos—. Mi gente ya debe haber notado mi ausencia. Están buscando. Cuando nos encuentren, no habrá lugar en este planeta donde te puedas esconder. Tu hermana ya no es una niña, es un mensaje. Y nosotros vamos a terminar el trabajo.

Natacha, que observaba la escena con la mano apoyada en el arma, sintió que el límite de la paciencia del grupo se agotaba.

—Samy, se está burlando de nosotros —dijo ella, con tono gélido—. Y Petrovish se está aburriendo.

Petrovish se puso en pie y empezó a desabrocharse la chaqueta, dejando al descubierto su arsenal personal. Se acercó a una mesa donde había dejado sus herramientas, escogió un alicate de punta fina y regresó hacia el pran.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de la gente como tú? —dijo Petrovish mientras acariciaba la mandíbula del pran con el metal frío—. Que siempre creen que son los más malos del barrio hasta que conocen a alguien que no tiene alma.

Se giró hacia Alex y le hizo una seña con la cabeza.

—Alex, si quieres salir a tomar un poco de aire, este es el momento. Porque lo que voy a hacer a continuación no es para niños.

El pran, al ver la expresión en los ojos del serbio, por primera vez dejó de reír. El miedo, crudo y primitivo, comenzó a filtrarse por sus poros. Samy solo observó, esperando a ver si el criminal decidiría hablar antes de que la "obra de arte" de Petrovish comenzara.

Natacha, rompiendo con su habitual postura ética, se acercó a la puerta con una determinación gélida. Por primera vez, no solo toleraba los métodos de Petrovish, sino que los exigía.

—Chicos —ordenó Samy, mirando a su equipo—, hagan lo que sea necesario para sacarle la información a esta basura. No me importa cómo lo hagan.

—Así no me lo pidieras, me iba a divertir con esta mierdecilla —respondió Petrovish, tronándose los nudillos y sacando un juego de instrumentos que más parecían material de carnicería que de interrogatorio.

Natacha se dirigió hacia Alex, poniéndole una mano en el brazo para guiarlo fuera.

—Alex, ven. Acompáñame a fumar un cigarro. Esto no es para que lo veas.

—Yeron, Samuel, fuera todos —añadió Petrovish sin mirar atrás—. No quiero que nadie se salpique con la pintura.



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En el texto hay: mafia, deportes, sangriento

Editado: 22.07.2026

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