Samy se puso de cuclillas frente a Brayan, quien respiraba con dificultad, con la sangre manchando su camisa y el suelo. El aire en la habitación era espeso, impregnado de un olor nauseabundo a hierro y miedo.
—Te haré una pregunta —dijo Samy, bajando la voz hasta un susurro amenazante—. ¿Por qué siguen buscando a Alex después de tanto tiempo? Ustedes son como las cucarachas, se multiplican por miles. ¿Qué tan importantes eran los hermanos de ustedes para que sigan obsesionados con él?
Brayan, con el rostro pálido y los ojos vidriosos por el trauma, sollozó antes de responder:
—Yo... yo no sé mucho del tema, se lo juro. Me uní a la banda mucho después de lo sucedido. Pero lo que se comenta es que esos dos líderes que Alex mató en la bajada de La Guaira eran hermanos de El Tigre, El Carnicero y Jonson.
Samy arqueó una ceja, procesando la información.
—Yo solo conocí a Alex por las fotos que nos pasaron —continuó Brayan, su voz quebrándose—. Pero ellos están empeñados en destruirlo. Se sintieron ridiculizados, humillados por cómo un chico los superó esa noche.
Cuando supieron que había escapado a España, juraron que pagarían con su sangre.
—¿Y qué planean hacer con su hermana? —interrumpió Samy, su tono volviéndose más gélido.
—¡No sé! ¡Se lo juro por mi madre! —gritó Brayan, rompiendo a llorar desesperadamente—. No me dejan saber mucho, solo soy un nivel inferior... por favor, se los ruego, ¡perdónenme la vida!
Petrovish, que estaba afilando un trozo de metal contra la suela de su bota, soltó una carcajada burlona al escuchar los llantos.
—Ahhh, no empieces a llorar, que me das sueño —dijo el serbio, acercándose con pasos lentos y felinos.
Sin una gota de piedad, Petrovish le cercenó otro dedo.
Brayan soltó un grito que debió escucharse hasta el otro lado del edificio, retorciéndose en la silla mientras el dolor le nublaba la consciencia.
—¡Ya basta! ¡Detente! ¡Me duele demasiado, por favor!
Samy se levantó, sacudiéndose el polvo de los pantalones con indiferencia, como si acabara de ver un trámite aburrido. Se dirigió hacia la salida.
—Creo que ya es todo lo que podíamos sacar de este saco de carne. Pero Petrovish... diviértete.
El serbio se inclinó hacia el pran, con una sonrisa que no abandonaba sus facciones, mientras el resto del equipo, afuera, esperaba el final del interrogatorio.
—¡Como ordene, señor! —respondió Petrovish, deleitándose con la perspectiva de lo que venía—. ¡Jajajaja!
Samy se detuvo en el umbral de la puerta, con la mano puesta sobre el pomo, y miró por encima del hombro hacia la silueta oscura de Petrovish.
—Oye —dijo Samy con frialdad—, antes de matarlo, no se te olvide preguntarle por dónde podemos entrar a la finca sin levantar sospechas.
Petrovish se inclinó, con una sonrisa salvaje que se ensanchó en la penumbra.
—¡Como ordene, señor! ¡Jeje!
Samy cerró la puerta. El sonido del cerrojo resonó como una sentencia de muerte. Petrovish se giró hacia el pran, cuya cara era ahora una máscara de sangre y lágrimas. El serbio le dio una cachetada que hizo sonar el cráneo contra el respaldo de la silla.
—Ey, tú. Escúchame bien: de esto depende la intensidad de tu sufrimiento. Dime ahora mismo, ¿cómo entramos a esa finca sin ser percibidos?
—¡Perdóname, por favor! —balbuceó Brayan, su voz apenas era un siseo roto—. ¡Ya les dije todo lo que sé!
Petrovish le propinó otra bofetada, más violenta que la anterior, y le presionó el muñón de uno de sus dedos cercenados.
—¡Responde, carajo!
El pran, vencido por el dolor insoportable, se desplomó mentalmente y soltó la información:
—¡Sí... sí, señor! Por la zona este... hay un punto ciego. Hay una grieta en la pared perimetral que todavía no han arreglado. Por ahí pueden pasar sin ser vistos por los guardias... ¡Ahora, por favor, no me mates! Te juro que me iré lejos, no volveré a esta vida nunca más... se los juro...
Petrovish lo observó en silencio durante unos segundos, como un artista contemplando un lienzo manchado. Se tomó su tiempo para guardar el bisturí y sacar una herramienta más pesada de su cinturón. El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos anteriores.
—Sabes, Brayan... —susurró Petrovish, acercándose tanto que su respiración caliente rozaba la mejilla del hombre—, me has dado una información muy valiosa. Pero me surge una duda técnica. ¿Sabes cuál es el nivel de dolor que puede aguantar un ser humano antes de que su sistema nervioso simplemente se apague y se desmaye? ¿No?
Petrovish soltó una carcajada sorda mientras apagaba la luz de la habitación.
—Pues... te lo diré. Vamos a averiguarlo juntos.
La habitación se convirtió en un escenario de pesadilla. Petrovish, moviéndose con la elegancia técnica de un cirujano y la crueldad de un demonio, comenzó a trazar líneas profundas sobre el pecho de Brayan con el cuchillo de hoja ancha. Cada corte abría la piel en tiras precisas, como si estuviera trabajando sobre un trozo de carne en una carnicería.
—¿Sabes cómo me llaman a mí? —susurró Petrovish, su voz inusualmente calmada en medio del caos—. ¿Sabes cómo me conocen mis víctimas antes de expirar? Raskomadac.
Petrovish hundió el cuchillo más profundo, haciendo que la sangre brotara con fuerza.
—Me llaman así porque me gusta descuartizar. Tengo el don de cortar sin hacer el más mínimo esfuerzo. Mira... mira bien lo que voy a hacer con tu mano.
Brayan estaba fuera de sí, los ojos en blanco, la garganta desgarrada de tanto gritar. Petrovish tomó la muñeca del pran con una mano y, con un movimiento tan fluido que pareció un parpadeo, el filo atravesó los tendones y el hueso con una limpieza aterradora. La mano cayó sobre el regazo del hombre como si fuera un objeto inerte.
El pran, al ver su propia extremidad separada, sintió que su mente colapsaba. Sus ojos se fueron hacia atrás y empezó a desvanecerse en la inconsciencia.