Resilence

Capitulo 30: Asalto. Parte 3

El grito de Samy rasgó el aire nocturno:

—¡YA, ALEX!

Samy se lanzó desde su cobertura, disparando en ráfaga. El primer proyectil encontró la frente de un soldado, que cayó instantáneamente. El segundo tirador, acobardado, se ocultó tras unos barriles. Fue la fracción de segundo que Alex necesitaba; con agilidad felina, cruzó el patio y se coló por la puerta trasera de la finca.

Pero la fortuna tuvo un precio. Jonson, que arrastrándose y medio ciego por el golpe de Samy había logrado alcanzar una pistola tirada en el suelo, vio la maniobra. Con un rugido de dolor, apuntó y disparó. El proyectil alcanzó a Samy en el hombro, arrancándole un pedazo de carne y haciéndolo tambalearse hacia atrás.

Samy se desplomó contra el muro, con la visión nublada por el dolor punzante. Sin tiempo para vacilar, rompió un cartucho con los dientes y vertió la pólvora directamente sobre la herida abierta. Con una mueca que le tensó cada músculo de la cara, le prendió fuego con un fósforo. El estallido de la pólvora cauterizó la sangre instantáneamente. El olor a carne quemada lo invadió todo, pero Samy, apretando los dientes hasta casi fracturarlos, recuperó el control de su brazo.

—Alex... queda en tu mano —susurró para sí mismo, su voz un siseo de agonía y determinación—. Yo te cubro.

Justo en ese momento, vio cómo Jonson, tambaleándose y sangrando, lograba entrar a la casa siguiendo a Alex. Samy alzó su arma para dispararle al gigante, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, tres soldados más aparecieron por el flanco izquierdo, escupiendo plomo contra su posición.

El muro detrás del que se escondía Samy empezó a desmoronarse bajo el impacto de las balas.

—¡Maldita sea! —bramó Samy, cambiando de posición con un salto desesperado mientras las balas le zumbaban en los oídos—. ¡Tengo que controlar esta situación o no quedará nadie vivo para contar esto!
Samy sabía que estaba solo contra tres, con un hombro destrozado y el tiempo corriendo en contra de Alex. Lanzó una granada de aturdimiento hacia el grupo de soldados y, antes de que el destello cegador iluminara el patio, se preparó para cargar contra ellos. La contención se había roto por completo; ahora era sobrevivir o morir.

Samy se asomó entre el humo y el escombro, descargando el último cargador de su pistola con precisión mecánica. Dos disparos, dos impactos limpios en las frentes de los soldados. El silencio duró apenas un suspiro antes de que los dos restantes desplegaran rifles de asalto, convirtiendo el muro de Samy en un colador de concreto.

Samy escuchó el chasquido metálico de su arma vacía.

—Caeré aquí —masculló entre dientes, soltando el arma inútil y sacando su cuchillo de combate—, pero no sin antes dar una maldita pelea.

Estaba a punto de lanzarse a una muerte casi segura cuando dos estampidos sordos, distintos a todo lo anterior, resonaron desde la distancia. Los dos soldados cayeron como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos, con orificios perfectos en el pecho.

Samy quedó paralizado un segundo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Una voz familiar y gélida rompió la estática de su comunicador:

—Llegué a tiempo, Samy. Casi no la cuentas.

Samy soltó una carcajada cargada de alivio mientras se presionaba el hombro herido con la mano libre.

—¿Natacha? ¿Eres tú? ¡Jajaja! Maldita sea, mujer... eso estuvo cerca, de verdad.

—Cubre el flanco, Natacha —ordenó Samy, recobrando la compostura táctica—. Yo entraré a la casa, Alex está adentro y Jonson lo persigue.

—Cuenta con eso —respondió ella desde su posición privilegiada—. Tengo el ángulo perfecto.

—¿Y Samuel? ¿Y Yeron? —preguntó Samy mientras se ponía en pie, ignorando el dolor punzante en su hombro cauterizado.

—Están protegiendo la línea exterior —respondió Natacha con rapidez—. Están enfrentándose a los refuerzos que llegaron hace poco. Los mantienen a raya, pero date prisa, Samy. No sé cuánto tiempo más podrán aguantar esa presión.

—Entendido, Natacha. Procederé entonces.

Samy se lanzó hacia la entrada principal de la finca. La casa parecía una boca abierta esperando devorarlo, pero ahora, con el apoyo de francotirador desde afuera, la balanza comenzaba a inclinarse. Entró de una patada, el arma lista, directo al corazón del territorio del Tigre. Alex lo necesitaba, y Jonson, aunque herido, seguía siendo una amenaza que debía ser eliminada permanentemente.

La oscuridad cayó como un manto pesado sobre la finca cuando Samy, desde el panel de fusibles, cortó el suministro eléctrico. Los gritos de los soldados fueron reemplazados por el zumbido errático de las luces de emergencia, que pintaban la escena de un rojo parpadeante y espectral.

El Tigre, rodeado por diez de sus hombres más leales, retrocedió con los ojos desencajados.

—¡Maldita sea! ¡Muévanse! —rugió, viendo cómo las sombras en las esquinas parecían cobrar vida.

De repente, una risa grave y sádica recorrió el pasillo. Era Petrovish.

—Malditas hormigas... ¿no saben que el mismísimo diablo vino a visitarlos hoy?

En un parpadeo, dos soldados colapsaron al suelo con los talones destrozados, sus gritos de agonía desgarrando el aire. Antes de que alguien pudiera disparar, Petrovish se había desvanecido nuevamente en la penumbra. El Tigre, perdiendo la poca cordura que le quedaba, empujó a sus hombres.

—¡Déjenlo! ¡Vamos al garaje, ya! ¡Esto es una locura!
Mientras tanto, en otra ala de la finca, Alex corría desesperado por los pasillos, con el corazón en la garganta.

—¡¡NATALIA!! ¡¡NATALIA, RESPONDE!!

Se detuvo en seco al escuchar un gemido débil que venía de una habitación al final del corredor. Derribó la puerta de una patada y lo que vio le heló la sangre: Natalia estaba allí, tirada sobre un colchón sucio y asqueroso, con la mirada perdida en el vacío.

Alex se lanzó al suelo y la envolvió en un abrazo desesperado, con las lágrimas brotándole sin control.



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En el texto hay: mafia, deportes, sangriento

Editado: 22.07.2026

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