Alex se puso en pie, tambaleándose y apoyándose fuertemente en el hombro sano de Samy. Sus manos buscaban desesperadamente las de Natalia.
—¿Nati? ¿Estás bien? ¡Natalia, mírame! —preguntaba Alex con la voz quebrada.
Ella no emitía sonido. Sus ojos, vacíos de toda vida, estaban clavados en el cadáver de Jonson, que yacía en un charco de sangre oscura, con la garganta abierta. El horror de lo que había visto la había dejado en un lugar donde las palabras ya no llegaban.
Samy le puso una mano firme en el hombro a Alex, obligándolo a centrarse.
—¡No hay tiempo, Alex! Está en shock, pero va a sobrevivir. ¡Tómalos, lárgate de aquí y llévala a la camioneta con Natacha! ¡Ella está cubriendo el perímetro, es el lugar más seguro ahora mismo!
—¿Y tú? —balbuceó Alex, aferrándose a su hermana.
—Yo termino esto. El Tigre no puede salir de aquí vivo —sentenció Samy con una frialdad que no dejaba lugar a réplicas.
Alex asintió, cargó a Natalia en brazos —quien permanecía rígida como una estatua— y comenzó a correr hacia la salida, esquivando los escombros y los cuerpos que bloqueaban el paso.
Mientras tanto, la finca se había transformado en una pesadilla de sombras. En el interior, los soldados del Tigre caían uno a uno. No había gritos, solo el sonido sordo de un cuerpo golpeando el suelo o el siseo de una bala silenciada. Petrovish se movía entre las tinieblas como un depredador invisible, eliminando a los escoltas con una eficiencia aterradora. Los hombres del Tigre disparaban a ciegas hacia las paredes, presas del pánico absoluto, gritando nombres de compañeros que ya no contestaban.
El Tigre, escuchando cómo su ejército personal era diezmado en la oscuridad, olvidó cualquier rastro de lealtad. Ni siquiera se giró cuando uno de sus hombres fue arrastrado hacia las sombras con un gemido agónico.
—¡A la mierda todos! —rugió, mientras corría desenfrenado hacia el garaje.
Sus botas resonaban sobre el cemento mientras el resto de sus hombres seguía siendo masacrado en el pasillo principal. Llegó al garaje, sus manos temblorosas buscaban desesperadamente las llaves de la motocicleta que ya tenía preparada. Con un estruendo de motor que rompió el silencio de la noche, el Tigre aceleró, dejando atrás a su gente y el sonido de la carnicería. Salió disparado hacia la noche, creyendo que el dinero y la velocidad serían su salvación.
Pero no sabía que, apostada en la colina, con el dedo puesto en el gatillo y la mira telescópica ajustada, Natacha lo tenía perfectamente encuadrado.
La voz de Natacha sonó gélida y precisa a través del comunicador:
—Chicos, acaba de salir de la finca. Se dirige hacia las colinas. Tengo un disparo limpio...
Samy, que acababa de alcanzar el garaje, ni siquiera dudó:
—¡Dispara, Natacha! ¡No dejes que se escape!
En el centro del complejo, Petrovish acababa de romperle el cuello al último guardaespaldas del Tigre. Lanzó la cabeza del hombre al suelo con desprecio y se limpió las manos en su ropa.
—Maldita sea... fue más rápido de lo que esperaba —refunfuñó Petrovish, con una sonrisa salvaje—. Pero me encantan los juegos de caza.
Petrovish llegó al garaje justo cuando Samy se apoyaba contra una pared, conteniendo la respiración por el dolor en su hombro cauterizado. El serbio lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada estridente:
—¡Te ves horrible, Samy! ¡Jajaja! ¿Qué pasó, te atropelló un camión?
Samy le lanzó una mirada fulminante, sin energías para chistes:
—¡Cállate la boca! Tenemos que alcanzarlo antes de que se pierda en la carretera.
Petrovish se acercó a una de las motos potentes que quedaban en el garaje y la puso en marcha con un rugido ensordecedor.
—¿Qué pasa? ¿Crees que todavía andas con ese nenazo de Alex? ¡Súbete, Samy! ¡Vamos a atrapar a ese bastardo!
En ese instante, un estruendo seco resonó en la colina: el disparo de precisión de Natacha. La bala de alto calibre destrozó la rueda trasera de la moto del Tigre. El vehículo perdió la estabilidad instantáneamente, zigzagueó y terminó derrapando violentamente sobre el asfalto, enviando al Tigre a rodar por la tierra y la grava.
La voz de Natacha volvió a entrar por la radio, calmada y triunfal:
—Lo he dado. Avancen.
Petrovish aceleró a fondo, haciendo que la rueda trasera de la moto derrapara y levantara una nube de polvo antes de salir disparados del garaje. Samy, aferrado al asiento, sentía cómo la velocidad aumentaba mientras se acercaban al lugar donde el Tigre intentaba levantarse, tambaleándose y sujetando el maletín con el dinero, totalmente derrotado. La cacería estaba a punto de terminar.
Al ver a Alex acercándose a la camioneta con Natalia en brazos, Natacha bajó rápidamente de su posición.
Presionó su comunicador con urgencia:
—Yeron, Samuel, inicien la retirada. Vuelvan a los vehículos, tenemos que buscar a Samy y a Petrovish para salir de aquí.
Abrió la puerta trasera para ayudar a acomodar a la joven en el asiento y luego se giró hacia el chico.
—Alex, ¿cómo estás? —preguntó Natacha, evaluando su estado.
Alex se apoyó contra la carrocería, respirando con gran dificultad. Cada inhalación era una tortura a causa de las costillas rotas por el golpe de Jonson.
—Estoy bien... —jadeó, haciendo una mueca de agonía—, pero quiero llevar a Nati a un hospital. Por favor.
Natacha asintió, su rostro endurecido suavizándose por un segundo.
—Está bien, Alex, lo haremos. Déjame buscar a los demás para poder irnos de una vez.
Mientras tanto, en la oscuridad del camino, el Tigre avanzaba cojeando torpemente. El impacto de la caída le había destrozado la pierna, pero la desesperación lo mantenía en movimiento. Aferraba el maletín lleno de dinero contra su pecho como si fuera un escudo inútil.
—Malditos... —mascullaba, arrastrando los pies y sudando frío—. No puedo caer... no puedo.
Pero el silencio de la noche fue roto bruscamente por el rugido de un motor a altas revoluciones. El Tigre se giró, aterrorizado, y vio el faro de una motocicleta cortando la penumbra, acercándose a una velocidad vertiginosa.