El silencioso de la noche, marcado solo por el zumbido de los motores y el peso de la noche. Cuando Samy y Petrovish alcanzaron la camioneta de Natacha, el intercambio fue breve.
—¿Está listo? —preguntó Natacha, con la mirada fija en el horizonte.
—Sí, ya está listo —respondió Samy, con la voz desgastada—. Deberíamos irnos de este lugar cuanto antes.
—Conozco una clínica donde podemos ir sin levantar sospechas —aseguró Natacha, poniendo el vehículo en marcha.
—Ok, te sigo —respondió Petrovish, acelerando su moto.
Tras varias horas de tensión, llegaron a un centro médico privado y discreto. Mientras a Samy y a Alex les suturaban y curaban las heridas de batalla, el equipo médico se volcó sobre Natalia. La llevaron directamente a terapia intensiva debido al estado crítico de sus lesiones físicas.
Al salir, el médico buscó a los tres. Con un gesto serio, les informó sobre el estado de la joven.
—Hemos estabilizado sus heridas físicas —explicó el doctor—, pero Natalia necesitará tratamiento especializado. El trauma que ha vivido no es normal; el nivel de abuso y estrés al que fue sometida dejará secuelas profundas. Será indispensable que inicie un proceso de terapia psicológica intensiva de inmediato.
Alex asintió, con la mirada perdida. Cada palabra del médico era un recordatorio del infierno que habían vivido, un horror que sabía que jamás podría borrar de su memoria. En ese momento, una nueva determinación se encendió en su pecho: cuidaría de su familia con su vida. Se sentía en deuda eterna con Alcatraz y su equipo, quienes habían sido el muro entre la muerte y su hermana.
Con la voz entrecortada, Alex se dirigió a Samy y a Natacha:
—Gracias... de verdad. Gracias a ustedes pude salvar a mi hermana y darle algo de paz a mi mamá. Hace un año... perdí a mi hermano. Murió en mis brazos, y no me habría perdonado jamás si me hubiera pasado lo mismo con ella. Mi mamá no habría resistido otra pérdida así.
Las lágrimas finalmente vencieron su resistencia.
—Juro que daré lo mejor de mí en esta prueba —continuó, secándose el rostro—. Quiero darle una vida mejor a mi familia y encontraré la forma de pagarles este favor a ustedes y a Alcatraz.
Samy, sintiendo el peso del momento, le dio una palmada firme en el hombro, con cuidado de no tocar su propia herida.
—No te exijas tanto ahora, chico. Debes descansar. Ya habrá tiempo después para pensar en todo lo demás.
Natacha se acercó y le puso una mano cálida en el hombro, transmitiéndole una fuerza que él no sabía que aún poseía.
—Sé que podrás lograrlo, Alex. Tienes mucha determinación, y eso es lo único que realmente importa ahora.
En el pasillo frío de la clínica, entre el olor a desinfectante y la penumbra, el grupo encontró un breve instante de tregua. La guerra contra el Tigre había terminado, pero para ellos, la reconstrucción de sus vidas apenas estaba comenzando.
El sol comenzaba a filtrarse por los ventanales de la clínica. Veinticuatro horas habían pasado desde la carnicería en la finca del Tigre, y el ambiente, aunque más calmado, seguía cargado de la tensión propia de quienes han rozado la muerte.
Samy, con el brazo vendado y el rostro aún marcado por el cansancio, se acercó a Natacha en el pasillo.
—¿Vas a venir con nosotros a España? —le preguntó, bajando la voz—. Partimos mañana.
Natacha negó con la cabeza, manteniendo su postura serena pero firme.
—No puedo irme todavía. Necesito arreglar los negocios del abuelo; hay cabos sueltos que requieren mi atención personal. Pero pronto me tendrán allá.
Samy la miró con preocupación.
—¿Tú sola te vas a encargar de todo esto?
—Llevo siete meses aquí, Samy. Me he adaptado —respondió ella con una media sonrisa—. Además, la gente de Ramiro se queda conmigo para ayudarme en la transición. No estaré sola.
Samy le extendió la mano, sellando un pacto silencioso de respeto.
—Gracias por tu ayuda en esto, de verdad. Nos vemos en España. Te invitaré una paella cuando vuelvas, ¿vale? —dijo, soltando una risa breve para aligerar la tensión.
Ella le estrechó la mano y, por un segundo, su expresión se suavizó.
—Está bien, acepto el trato.
A unos metros, apoyado contra una pared, Petrovish observaba la escena. Al notar la mirada de Natacha, le dedicó un guiño cargado de esa arrogancia característica que siempre parecía rodearlo. Natacha lo observó con un marcado aburrimiento, aunque, tras un suspiro, decidió cerrar el ciclo.
—Gracias por ayudar en la misión —le dijo ella con cortesía distante.
Petrovish se encogió de hombros, restándole importancia mientras caminaba hacia la camioneta que los llevaría al aeropuerto.
—No me agradezcas, guapa. Solo seguí las órdenes del jefe.
Samy llamó entonces a Alex, quien salía de la habitación donde Natalia descansaba, ahora bajo mejores cuidados. El joven se acercó a Natacha con los ojos empañados por la gratitud.
—Gracias de verdad —dijo Alex, con voz firme aunque algo agotada—. Gracias por cuidar de mi mamá y de mi hermana. Estaré en contacto, te lo prometo.
Natacha le puso una mano en el hombro, dándole un empujón suave hacia la salida.
—Está bien, Alex, no te preocupes por nada aquí. Vayan, que el vuelo sale pronto.
El grupo se puso en movimiento. Mientras subían a la camioneta y el motor arrancaba, Alex echó una última mirada hacia atrás. Sabían que dejaban atrás una vida de caos, pero el destino los reclamaba en España. La misión estaba cumplida, y el futuro, por primera vez en mucho tiempo, parecía un lienzo en blanco sobre el cual escribir una nueva historia.
La luz del amanecer se filtraba por las persianas cuando la alarma del teléfono de Alex interrumpió el silencio de su habitación. A las 7:00 en punto, el mensaje de Samy brillaba en la pantalla: "No te quedes dormido, que el Jefe y Nora te esperan".
Alex sonrió, sintiendo una corriente de energía recorrer su cuerpo. "Es hoy", susurró para sí mismo. Tras una ducha rápida y los rituales de la mañana, el sonido de pasos en la sala llamó su atención.