El rugido de los motores de alto rendimiento impregnaba el aire en el circuito Bejarama-RACE de San Sebastián.
Alex detuvo el coche en el paddock, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a reemplazar la ansiedad. Era un lugar imponente, un santuario de la velocidad donde solo los mejores tenían derecho a rodar.
Al bajar, divisó al grupo reunido cerca de una de las motocicletas de competición. Allí estaban todos: Alcatraz, Samy, Borja, Takeshi y Nora. Sin embargo, su atención fue capturada instantáneamente por una figura nueva, un hombre cuya sola presencia parecía absorber la luz del lugar.
Alcatraz fue el primero en acercarse, con esa mezcla de autoridad y camaradería que siempre proyectaba. —¡Hey, chaval! ¿Cómo estás? —preguntó Alcatraz con una sonrisa socarrona—. ¿Estás preparado? ¿Descansaste lo suficiente?
—Bien, señor, gracias —respondió Alex con firmeza—. Y sobre el encargo que quería que hiciera, ya está entregado.
—Listo, Alex. Siempre eficiente —asintió Alcatraz—. Borja te entregará la paga en un rato.
Borja, un hombre de pocas palabras, simplemente asintió con seriedad desde un costado, observando a Alex con mirada odiosa y odio. Samy, a su lado, le lanzó un guiño de ánimo.
Nora se acercó a Alex, impecable y profesional como siempre. —Hola, Alex. Tiempo sin verte. Espero que estés preparado.
—Sí, señor. No lo decepcionaré —respondió Alex, intentando mantener la compostura.
Nora soltó una pequeña risa y negó con la cabeza, señalando hacia el hombre japonés que permanecía inmóvil tras el. —No, no, no... a mí no es a quien debes impresionar, sino a él. Te presento al Sensei Noritoshi Akuma. Es el jefe de pilotos y una de las figuras más importantes de Yamaha, el creador de los códigos y reglas que rigen a las grandes máquinas.
Akuma medía apenas 1,68 m, pero su presencia llenaba el paddock como si fuera un gigante. Tenía unos 50 años, con una contextura física que delataba décadas de disciplina extrema. Sus ojos, fríos y analíticos, escanearon a Alex de pies a cabeza, como si pudiera ver a través de su piel.
Alex, consciente de la magnitud del momento, se acercó para saludarlo respetuosamente. Extendió la mano y el Sensei la tomó, ejerciendo una presión medida y calculada. La mirada de Akuma era un témpano de hielo.
—Veremos si es verdad lo que dicen de ti —sentenció Akuma con una voz seca y carente de emoción—, o si vine a perder mi tiempo al viajar hasta España.
El silencio que siguió fue absoluto. El Sensei se dio media vuelta sin esperar respuesta, dejando a Alex bajo la presión de una prueba que claramente no sería solo de velocidad, sino de carácter. La verdadera cacería acababa de empezar.
Samy se acercó a Alex, bajando el tono de voz para que solo él pudiera escuchar sus consejos, mientras los mecánicos preparaban la máquina en el pit lane.
—Alex, ¿estás preparado? —preguntó Samy, escaneando el rostro del joven—. En esencia, esto es lo mismo que manejar cualquier moto, pero a una escala de velocidad que no has probado. KTM nos ha facilitado esta moto satélite; no es un prototipo de fábrica, pero tiene lo necesario. Es una 250 cc, lo suficientemente ligera para exigirte precisión total. Yo seré tu jefe de equipo hoy y te guiaré por radio, pero escucha bien lo que te voy a decir: Akuma es un hombre implacable. No busca solo al que llega primero, busca la perfección en cada movimiento. No solo se trata de abrir el acelerador, sino de cómo controlas la potencia.
Alex asintió, enfocándose en la silueta esbelta de la máquina.
—Tranquilo, Samy. Haré lo mejor que pueda —respondió, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una concentración absoluta.
En ese momento, Takeshi se acercó con una tableta en la mano, marcando el trazado de la pista en la pantalla.
—Alex, escucha bien. Esta pista no es un óvalo simple, la elegimos precisamente por su complejidad técnica.
Bejarama es una pesadilla de curvas ciegas, cambios de elevación constantes y zonas de frenado donde un error significa irse fuera del asfalto. Necesitas una concentración de acero —Takeshi señaló varios puntos del mapa—. Vamos a evaluar tu consistencia. No sirve de nada hacer una vuelta récord si en la siguiente pierdes dos segundos. Necesitamos que mantengas tu ritmo bajo presión. El rango de aceptación del señor Akuma es estricto: tu tiempo por vuelta debe oscilar constantemente entre 1:50 y 1:48. Si caes de ese rango, la prueba termina.
Alex respiró hondo, cerrando los ojos por un segundo para visualizar la primera curva. El peso de la responsabilidad era grande, pero tras haber sobrevivido al infierno en Venezuela, esta pista, por técnica que fuera, era solo un camino más que debía dominar.
—Entendido —dijo Alex, ajustándose los guantes con firmeza—. Estoy listo. ¿Cuándo empezamos?
Alcatraz le puso una mano firme en el hombro a Alex, transmitiéndole toda la seguridad de un veterano.
—Confiamos en ti, chaval. Solo concéntrate y demuestra de qué estás hecho, tal como hiciste en Guadalajara. No dejes que la presión te gane.
—Gracias, señor —respondió Alex, sintiendo el peso de la expectativa, pero también el orgullo de estar allí.
Samy, colocándole el casco, le dio una palmada en el hombro.
—Hermano, tú puedes. Recuerda todo lo que has superado, eres más fuerte que cualquier obstáculo. Esta pista no es nada comparado con lo que ya viviste.
Alex se ajustó el casco, la visera reflejaba su determinación.
—Claro que puedo. Lo haré lo mejor que pueda.
Nora regresó tras haber estado conversando con Akuma.
Su expresión era indescifrable, pero sus ojos denotaban seriedad.
—He hablado con Akuma-sama. Evaluará tu desempeño en un total de 40 vueltas. Las primeras 8 serán de reconocimiento para que te adaptes al trazado y a la máquina; a partir de ahí, empezaremos a ajustarte las condiciones y exigencias de cada serie. ¿Estás listo?
—De acuerdo —respondió Alex con firmeza—, empecemos entonces.