El blanco inmaculado de aquella sala infinita lo rodeaba por completo. A lo lejos, una silueta familiar caminaba con paso tranquilo.
—¡Kelvin! ¡Kelvin, hermanooo! —gritó Alex con desesperación, sintiendo que el pecho se le desgarraba.
Kelvin comenzó a alejarse cada vez más, desvaneciéndose en la claridad del horizonte. Alex estiró el brazo con todas sus fuerzas, intentando alcanzarlo, rogándole en silencio que no lo dejara atrás, pero sus dedos solo atraparon aire vacío.
Un sobresalto lo arrancó del sueño.
Alex abrió los ojos de golpe, encontrándose con un techo desconocido. Estaba en una habitación amplia, de tonos sobrios y elegantes. Sentado en una silla de diseño moderno junto a la cama, con un dossier de papel en las manos, se encontraba el Sensei Akuma, leyendo con absoluta calma.
—Por fin despertaste —dijo Akuma sin apartar los ojos de las páginas.
Alex intentó incorporarse, pero un dolor agudo y punzante recorrió cada fibra de sus músculos, haciéndolo exhalar un quejido sordo mientras se encogía de nuevo sobre las sábanas.
Akuma levantó la vista, observando la mueca de sufrimiento del joven con total naturalidad.
—Es completamente normal. Tu cuerpo está sufriendo las consecuencias de haber llevado la intensidad al límite absoluto sin la preparación previa necesaria para ese nivel.
Con la voz ronca y la garganta seca, Alex tragó saliva antes de preguntar:
—¿Cuánto... cuánto tiempo dormí?
—Solo tres horas —respondió el japonés, cerrando el informe y apoyándolo sobre la mesita—. Estamos en la mansión de Alcatraz. Te debes de sentir agotado, Alex, lo sé... pero estoy aquí para hablar de lo verdaderamente importante: los resultados de tu prueba.
—Dígame... ¿Pasé la prueba? —preguntó Alex de inmediato, con los ojos bien abiertos, conteniendo la respiración a pesar del dolor en el pecho.
Akuma lo observó en silencio por unos segundos, cruzando las manos sobre su regazo antes de esbozar una ligera, casi imperceptible, sonrisa de respeto.
—Pues podría decirse que sí —respondió el japonés con su habitual seriedad—. Alex, te seré sincero: tienes un potencial enorme. El límite real en este deporte lo pones tú mismo. Ya puedo confirmarte de manera oficial que eres piloto del equipo de Yamaha.
Al escuchar esas palabras, una descarga de euforia recorrió el cuerpo de Alex.
—¡Siii! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja, intentando incorporarse de golpe para celebrar.
Mal movimiento. Una punzada brutal y ardiente le recorrió los músculos fatigados de los brazos y el torso, haciéndolo encogerse de inmediato con un quejido ahogado de dolor.
Akuma no se inmutó, limitándose a observarlo con frialdad mientras le ponía los puntos sobre las íes.
—Pero cálmate, Alex. Si compites en este preciso instante, no llegarás lejos —sentenció el maestro, cambiando a un tono severo—. Tu resistencia actual aún tiene un techo y, lo más importante, al principio de la prueba algo te hizo dudar. Perdiste el hilo, tu mente se nubló y el tiempo se desplomó.
Alex sintió que el aire se le escapaba. Su mente viajó de inmediato a aquel túnel, al eco metálico y a los fantasmas de la finca en Venezuela que casi le cuestan la prueba. Bajó la mirada, tragando grueso.
—Lo sé... —admitió Alex con voz baja, apretando los puños sobre las sábanas—. Pero le juro que no volverá a pasar.
—Claro que no volverá a pasar —remarcó Akuma con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos—. Porque si te ocurre de nuevo en plena competición, no ganarás ni una sola carrera. Para competir en este deporte al más alto nivel, no solo necesitas velocidad o talento natural... necesitas tener la mente blindada y estar concentrado al cien por ciento. Un segundo de distracción a doscientos cincuenta kilómetros por hora, y estarás acabado.
—Entonces, ¿qué propone, Sensei? —preguntó Alex, con la incertidumbre reflejada en el rostro, conteniendo la frustración de tener la victoria en las manos pero ver un nuevo muro enfrente.
Akuma lo observó con fijeza, midiendo cada una de sus palabras antes de soltar la sentencia.
—Alex, no puedes dar el salto a la categoría reina de la GP todavía. Es muy pronto para ti —explicó el japonés con absoluta franqueza—. Debes empezar a foguearte en el mundial desde abajo, en Moto3. Pero hay un grave problema.
Alex sintió que el estómago se le encogía.
—¿Un problema? ¿Cuál problema?
—La estructura oficial de Yamaha no compite en la categoría de Moto3 —respondió Akuma con sequedad—. Así que, tal como estás ahora mismo, no tendrías un asiento oficial para correr.
—¿Me está bromeando? —exclamó Alex, intentando sentarse a pesar del dolor punzante en los brazos—. Entonces, ¿qué voy a hacer? ¿Tanto esfuerzo para nada?
—Calma, muchacho. No he dicho que sea el fin del camino —lo cortó Akuma con autoridad, levantando una mano—. Existe una manera, pero requiere tiempo y un movimiento arriesgado. Debo viajar a Japón, a la sede principal de Yamaha en Iwata, y presentar una propuesta directa a la directiva para abrir y financiar la categoría oficial de Yamaha en Moto3.
Akuma hizo una breve pausa, evaluando la reacción del joven piloto.
—Pero eso tomará tiempo, Alex. Las cosas a ese nivel no se deciden de la noche a la mañana. Tendrás que tener paciencia... si es que tu mente y tu cuerpo están dispuestos a esperar.
Con el ánimo por los suelos, Alex dejó caer la cabeza contra la almohada.
—Entonces... ¿tengo que esperar? —preguntó con un tono de profunda resignación—. Bueno, esperaré a que vuelva, supongo...
Akuma soltó una exhalación corta, negando levemente con la cabeza mientras se ponía de pie y ajustaba las solapas de su chaqueta.
—¿Cuándo vuelva? Alex, parece que no has entendido nada —le interrumpió el japonés con una ligera chispa de complicidad en la mirada—. Te vas a venir conmigo a Japón. Necesito que, mientras se define todo, comiences a empaparte de las bases reales de la GP. Y no hay mejor lugar para eso que la propia sede central de Yamaha. Te entrenaré personalmente allá y te volveré un piloto capaz de acabar una carrera entera sin terminar desmayado en el asfalto.