El cuerpo aún le pesaba, reclamando las secuelas de la brutal prueba de resistencia, pero la adrenalina de saber que cruzaría al otro lado del mundo para cumplir su sueño era más fuerte. Alex se armó de valor, se estiró con cuidado para calmar las punzadas en los músculos y salió de la habitación.
Al ir bajando las escaleras de la imponente mansión de Alcatraz, una de las empleadas del servicio se le acercó con una sonrisa amable:
—Disculpe, Alex. El señor Alcatraz desea verlo. Se encuentra esperándolo en el salón principal.
—Sí, claro, voy para allá —respondió el joven, acomodándose la ropa.
Al llegar a la amplia sala de techos altos y ventanales de cristal, Alex notó que no estaba solo. Sentados alrededor de una mesa de centro se encontraban Samy y Borja, compartiendo miradas de expectación, junto a un desconocido de unos treinta y pocos años de edad, de porte elegante y una mirada sumamente crítica que se clavó en él desde el primer segundo.
Alcatraz, que sostenía una copa con una bebida ámbar, alzó la vista y esbozó una amplia sonrisa al verlo entrar.
—¡Querido Alex! Dímelo, ¿cómo te encuentras? ¿Lograste descansar un poco después de la paliza que te diste en la pista?
—Sí, señor. Muchas gracias, ya estoy mucho mejor —respondió Alex con respeto, acercándose al grupo.
—No me agradezces a mí —replicó Alcatraz con un gesto desinteresado, agitando la mano—. Ya hablé con Akuma y Takeshi. ¡Felicidades, chaval! Te vas a Japón. Puse toda mi fe en ti porque creo firmemente que llegarás a la GP.
Ahora te toca demostrar de verdad de lo estás hecho.
Alex sintió un nudo de profunda gratitud en el pecho, pero la determinación brilló en sus ojos.
—Se lo agradezco de corazón, señor Alcatraz. Le juro que no lo decepcionaré.
Antes de que Alcatraz pudiera responder, el hombre de treinta y tantos años que estaba sentado a un lado bufó con desdén, cruzándose de brazos y mirando a Alex de arriba abajo.
—Más te vale que no lo hagas —interrumpió el desconocido con un tono cortante y sarcástico—. El abuelo está invirtiendo muchísimo dinero y recursos en ti. Personalmente, creo que está exagerando las cosas con un don nadie.
Alex detuvo el paso, frunciendo el ceño ante la provocación gratuita, mientras Samy y Borja tensaban la mandíbula al instante.
Alcatraz suspiró con fastidio, lanzándole una mirada de advertencia a su familiar.
—No seas grosero, Nolan. Modera tus palabras.
Alcatraz volvió la vista hacia Alex, que seguía observando al sujeto con una seriedad absoluta, y decidió hacer las presentaciones.
—Ah, disculpa, muchacho. No te lo había presentado. Él es mi nieto, Nolan... el hermano de Natacha.
Seguramente ya la conociste cuando estabas en Venezuela.
Nolan se puso de pie con una lentitud calculada, dejando en evidencia su imponente complexión atlética y su metro ochenta de estatura. Su cabello, peinado con una elegancia impecable, acentuaba esa expresión de suficiencia y desdén que parecía llevar impresa en el rostro.
Miró a Alex de arriba abajo con total seriedad antes de soltar el dardo:
—¿Así que conociste a la inútil de Natacha?
Las palabras cayeron como gasolina en el fuego. El rostro de Alex se ensombreció de inmediato; la rabia, caliente y directa, le recorrió las venas. Sin pensarlo dos veces, dio un paso al frente acortando la distancia, con los puños apretados, y le espetó con voz firme y amenazante:
—Retira ahora mismo lo que acabas de decir sobre Natacha. A ella le debo mi vida y la de mi familia.
Nolan no retrocedió ni un centímetro. Al contrario, esbozó una sonrisa cínica de lado, inclinando ligeramente la cabeza mientras lo miraba fijamente a los ojos.
—¿Ah, sí? —respondió con tono retador—. ¿Y qué vas a hacer si no lo hago? A ver, ilumíname.
La tensión en el salón principal se cortaba con un cuchillo. Samy, con los músculos en tensión, se adelantó un paso dispuesto a intervenir:
—Ya basta, Nolan. Baja la guardia.
Nolan ni siquiera se dignó a mirarlo por completo; solo giró un poco la cabeza para lanzarle una mirada despectiva.
—Tú cállate, payaso. Aquí no pintas absolutamente nada.
Antes de que Samy pudiera responder a la provocación, Borja se movió con rapidez y le puso una mano firme en el hombro, deteniéndolo con voz calmada pero severa:
—Tranquilo, Samy. No gastes pólvora en gallinazos.
Ignorando la breve distracción, Nolan volvió a clavar sus ojos fríos en Alex, manteniendo esa sonrisa burlona y prepotente.
—Para el abuelo podrás ser su nueva apuesta, pero bájate de esa nube —sentenció Nolan con desprecio—. Aquí adentro, tú no tienes ningún valor real... no eres más que la simple diversión y el entretenimiento temporal del viejo.
Un golpe seco resonó en el salón principal.
—¡Basta, Nolan! ¡Comportate! —exclamó Alcatraz con voz de trueno, poniéndose de pie con la autoridad que lo caracterizaba—. No te llamé esta noche para que vinieras a insultar a Alex. Sé más educado, ¡eso no fue lo que te enseñé!
Nolan soltó una risa fingida, encogiéndose de hombros con total indiferencia mientras volvía a dejarse caer en el sillón con elegancia perezosa.
—Cierto... Qué mal educado soy, abuelo. Qué impertinente me pongo.
Alcatraz exhaló un suspiro pesado, frotándose el puente de la nariz antes de desviar la mirada hacia el joven piloto, adoptando un tono más severo.
—Y tú, Alex... me parece perfecto que defiendas a Natacha, dice mucho de tu lealtad. Pero ten en cuenta algo: ella decidió cortar lazos con esta familia hace siete años ya. Así que, bajo este techo, exijo que respetes a cada uno de sus miembros, te caigan bien o no.
La incredulidad y la indignación se reflejaron en el rostro de Alex, que abrió los ojos de par en par ante la injusticia del momento.
—¿Respetarlo a él? ¡Pero si es un... maldito patán! —respondió Alex, señalando a Nolan con rabia.