El motor del coche rugía suavemente mientras Alex conducía por las calles iluminadas de la ciudad. Tenía la mandíbula tensa y las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Cada vez que parpadeaba, la imagen de Nolan burlándose de él y el golpe seco que Samy le había propinado en el estómago regresaban a su mente.
—Maldito mimado de mierda... —masculló Alex entre dientes, sintiendo cómo la sangre le hervía de pura impotencia—. Creyéndose el dueño del mundo solo por el apellido.
Sin embargo, a los pocos segundos, un destello de emoción y alivio barrió la rabia acumulada. Su mente dio un vuelco al recordar lo que estaba por venir. Soltó una exhalación profunda y una sonrisa inevitable se dibujó en su rostro.
—Pero, nojoda... ¡Me voy a Japón! —pensó en voz alta, sintiendo que el corazón le latía con fuerza—. Dios mío, qué maravilla. No puedo esperar para darle la noticia a Nati y a mamá. Van a volverse locas de alegría.
Sacudiendo la cabeza para despejarse, cambió de rumbo mental.
—Bueno, primero iré a ver a Marcela. Ya tengo tiempo sin verla desde la última vez que hablamos... Será bueno ponerse al día y saludarla un rato antes de que cambie mi vida por completo.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, la atmósfera en el salón principal de la mansión de Alcatraz seguía siendo tensa y calculadora. El patriarca dio otra calada a su puro y fijó la mirada en los hombres que tenía enfrente.
—Mañana nos reuniremos con los rusos —anunció Alcatraz con voz grave y dominante, apagando el humo con un movimiento de mano—. La cita será en un almacén abandonado en la periferia del norte, terreno neutral.
Alcatraz señaló con el dedo a su nieto y a sus hombres de confianza.
—Necesito que vayas tú, Nolan, junto a Samy y Borja.
Llévense a otros cuatro guardaespaldas de confianza por si las cosas se ponen feas. Quiero que aseguren el trato y pongan en marcha la alianza para el control de la ruta comercial. No toleraré errores.
Nolan esbozó una sonrisa fría y desafiante, acomodándose la chaqueta con suficiencia.
—Tranquilo, abuelo. Esos rusos aprenderán a respetar las reglas de nuestra casa... de la buena o de la mala.
—Tranquilo, Nolan. No quiero que empiece una guerra sin motivo —advirtió Alcatraz con voz severa, clavando sus ojos oscuros en los de su nieto—. Como te dije, tienes que ser diplomático. No quiero errores, ¿me entiendes?
Nolan rodó los ojos con disimulo, aunque asintió con una falsa expresión de docilidad.
—Sí, abuelo... Entendido. Sere diplomático.
Alcatraz desvió la mirada hacia Samy y Borja, suavizando ligeramente el tono, pero manteniendo la autoridad absoluta que lo definía.
—Samy, eres mi mano derecha, y Borja, tú eres de toda mi confianza —les indicó el patriarca con firmeza—. Necesito que protejan a Nolan en todo momento y estén pendientes de cada detalle de la reunión. Como les dije, les mandaré cuatro guardaespaldas más para que cubran diferentes zonas estratégicas del almacén.
El viejo capo dio una última calada a su puro antes de continuar:
—En teoría no debería pasar nada, ya que el tratado de paz es lo que ha logrado que duremos tanto tiempo en la cima... Pero en este negocio las confianzas se pagan caras.
Alcatraz señaló con un gesto los pequeños dispositivos sobre la mesa.
—Otra cosa: yo estaré al tanto de todo en tiempo real a través de los auriculares de comunicación que llevarán Samy y Borja. No se quitarán el aparato bajo ninguna circunstancia. Quiero escuchar cada palabra de ese trato.
—De acuerdo, señor —respondieron Samy y Borja al unísono, asumiendo la gravedad de la misión.
—Bueno, eso espero... La reunión ha terminado, ya pueden irse. Samy y Borja, ustedes salgan, necesito hablar a solas con mi nieto —concluyó Alcatraz, haciendo un gesto con la mano.
—Sí, señor —contestaron ambos antes de dar media vuelta y abandonar el salón principal.
Mientras caminaban por los pasillos rumbo a la salida de la mansión, Borja miró a Samy con una sonrisa torcida y una ligera burla en la voz:
—Oye, Samy... Ese golpe seco que le diste al mocoso en el estómago... la verdad, las ganas no me faltaban a mí, pero te adelantaste.
Samy exhaló un suspiro pesado, guardando las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—No te equivoques, Borja. No lo hice por gusto... Lo hice para protegerlo de la locura que iba a cometer. Si no lo paraba yo, el viejo o el imbécil de Nolan lo habrían destrozado ahí mismo.
Borja arqueó una ceja, soltando una risa corta.
—Vaya, le tienes mucha estima a esa mierdecilla, ¿no? En fin, qué más da... Me iré a fumar un cigarrillo afuera antes de arrancar.
Aprovechando que Borja se apartó hacia el área del jardín, Samy sacó el teléfono del bolsillo con rapidez, buscó el chat y le escribió a Alex:
> Alex, disculpa el golpe que te di allá adentro... Pero fue necesario, te podías meter en un problema mucho mayor con el jefe.
>
A los pocos segundos, el teléfono vibró con la respuesta de Alex:
> Tranquilo, bro. Al principio me dio una rabia enorme, pero pensándolo bien lo entiendo... Gracias por estar ahí y cuidar de mí.
>
Samy leyó el mensaje con una media sonrisa de alivio y tecleó de vuelta:
> ¿Qué haces? ¿Nos tomamos algo para celebrar que te vas a Japón?
> No puedo, hermano —respondió Alex de inmediato—. Voy de camino a la panadería a verme con Marcela, y luego directo a casa a descansar y darle la noticia a Nati y a mi mamá.
> Perfecto, Alex —contestó Samy antes de guardar el aparato—. Cuídate mucho.
Con la sala finalmente en silencio tras la partida de los guardaespaldas, Alcatraz se giró hacia su nieto con una expresión más calmada, aunque cargada de un peso evidente en la mirada.
—Nolan... sabes que ya tengo una edad —comenzó el patriarca con voz pausada, apoyando las manos en el bastón—. Llegar en este negocio a los setenta y cinco años es sumamente difícil. Toda una vida dedicada a esto te desgasta el alma.