Llegamos al hotel con los nervios disparados, una agitación extraña que intentaba disfrazarse de emoción, pero que en el fondo se parecía más al pánico. Me sentía como una jovencita en su primera vez, pero sin la inocencia ni la ilusión; era más bien un estreno forzado, una actuación que yo misma me había impuesto.
Al entrar, la habitación me golpeó con su frialdad artificial. Había espejos por todos lados: en las paredes, en el techo, frente a la cama. No era erótico, era persecutorio. A donde quiera que mirara, me encontraba con mi propio reflejo, con esa mujer que no reconocía y que parecía preguntarme con la mirada: “¿Qué haces aquí?”. El lugar no tenía nada de especial, era un escenario genérico para encuentros vacíos, y sin embargo, el arrepentimiento ya estaba allí, sentado en la esquina de la cama antes que nosotros.
Me quedé quieta, mirando la habitación y luego a la persona que me acompañaba. En ese silencio espeso, mi mente se escapó hacia mi casa, hacia mi vida. Me asaltó una pregunta amarga: ¿cómo lo hace él? ¿Cómo hace un hombre para fragmentarse así, para estar con una y con otra sin romperse? Pensé en mi esposo. Él juraba que me amaba mientras su piel guardaba el rastro de otras mujeres. Me preguntaba cómo podía besarme a mí después de haber besado a tantas, cómo lograba actuar como si nada hubiera pasado, como si el cuerpo no tuviera memoria. Supuse que era esa libertad maldita que se les concede por ser hombres, pero a mí, en ese preciso instante, la idea me producía asco. Mi propia piel me pesaba.
—¿Quieres algo de tomar?— preguntó él, rompiendo el silencio.
—No— alcancé a decir. Mi voz sonó pequeña, lejana.
Vi cómo empezó a quitarse los zapatos, luego la camisa, con la naturalidad de quien se prepara para un trámite cotidiano. Cuando empezó a besarme, busqué dentro de mí alguna chispa, algún rastro de placer o de venganza que justificara el momento, pero no había nada. Era como si mi alma se hubiera salido de la habitación para no ser testigo de lo que venía.
Me quitó la ropa y la sensación de ausencia se hizo más profunda. Él fue a lo que fue. En medio del acto, empezó a emitir ruidos extraños, quejidos sobreactuados, una coreografía de placer fingido que me resultaba casi grotesca. Yo estaba ahí, pero no estaba. No era deseo lo que sentía, era una urgencia desesperada por llorar, por salir corriendo, por lavarme el alma con lejía. Al final, no sé si terminamos o simplemente él terminó, porque para mí no hubo final, solo un alivio amargo cuando se alejó.
Me sentía sucia, pequeña, estafada por mi propia decisión. Fue, sin duda, la peor experiencia de mi vida; un momento tan carente de significado que ni siquiera sé cómo relatarlo sin sentir que pierdo el tiempo.
Nos vestimos casi de inmediato, envueltos en un silencio incómodo, el tipo de silencio que queda después de un accidente. Cuando llegó el momento de salir y pedimos la cuenta, llegó la sorpresa final, el último clavo en el ataúd de mi dignidad: él no tenía dinero.
Ahí estaba yo, pagando de mi propio bolsillo el peor sexo de mi existencia. Pagué por mi propia humillación con una ironía que casi me hace reír de dolor.
Salimos y nos separamos sin muchas palabras, cada uno hacia su propio caos. De camino a casa, el aire fresco no lograba quitarme la sensación de suciedad. Entré en una droguería para comprar la pastilla del día después. Mientras esperaba que el farmacéutico me atendiera, me di cuenta de mi propia torpeza: con tres hijos en casa, con toda una vida de responsabilidades, me había lanzado a esta aventura sin protección, sin pensar, como si hubiera olvidado quién era yo. Ni siquiera eso pude prever. Me sentía una extraña en mi propio cuerpo.