CASSIS
³«¿«³
Estoy cansado y no puedo dormir.
Ese es otro efecto del accidente. Dijeron que era psicológico. Por lo tanto, el psiquiatra, recomendó pastillas de dormir; sin embargo, cuando bebo, no puedo tomarlas y me levanto a la madruga a deambular sin saber qué mismo hacer. Es como si estuviera buscando algo. Me siento sobre el mueble y observo que son las tres de la mañana.
Mañana tengo otra reunión a las ocho.
—Bien. Bebe esto y vete, chico. Ya no vuelvas a pelear. Eres joven para hacerlo.
Enarco el ceño y siento mi cabeza fundida.
De nuevo ha venido unas imágenes a mi mente. Esa voz tan gentil y suave que endulza mis oídos. La misma mujer que sale en mis sueños. No puedo ver su rostro.
¿Quién es? ¿Adeline Lane?
—Adeline Lane.
—Sí, esposo mío.
Me tenso y sobresalto del mueble, mirando a un lado de mí. ¿Acaso me he vuelto loco? ¿Qué fue eso? Una extraña sensación sube a mi cuerpo, haciendo que vuelva a caminar por todo el departamento con los ojos por todas partes.
No quiero volver al psiquiatra.
Con rapidez, tengo la necesidad de tener nicotina en mi cuerpo, pero lo tuve que dejar. Ni eso ayudaba en esto que siento. Por ello, opté en sumir un caramelo de jengibre sin azúcar. Hay otra sensación que pincha en mi pecho….
Me desconozco.
Sé que antes de perder la memoria, era un hombre sano en todo el sentido de la palabra; no obstante, al pasar los años, tuve que dejar ciertos vicios que adquirí al asistir a las reuniones con accionistas.
Quisiera también estar en la cama con las mujeres que se han insinuado, pero no puedo hacerlo. Así, al menos, encajaría en un jugador adinerado. Sonrío de mala gana y marco un número. En unos segundos, me contesta. Siempre estoy confundido, llamo a mi gemelo.
—Buenas madrugadas, Ashiel.
—¿En serio no te cansas de llamar a esta hora? —pregunta con una voz adormilada. Río un poco—. ¿Lo mismo de siempre?
El viento frío de la madrugada azota a mi rostro.
—Solo quería conversar con mi gemelo menor.
Él ríe.
—Por las madrugadas, te pones cariñoso con tu hermano menor.
—O quizás, estoy volviéndome viejo —comento, mirando la vista panorámica—. En unos días, vendrá mi hija.
—Tú mismo accediste.
—Sí. No puedo negar algo que dice mi pequeña —digo, cerrando los ojos y disfrutando el frío de la madrugada—. Amaia le hizo decir que deseaba venir a mi lado.
—Siempre te tiene vigilado —declara en un suspiro—. Es el karma, hermano.
Karma.
—Sigo sin creer que estuve vigilando a una mujer por años —confieso, masticando el caramelo—. Necesitaba de un psicólogo. No puedo imaginarme haciendo eso en la actualidad.
Mi yo antes de perder la memoria, hacía cosas extrañas.
Una de ellas, era vigilar a la mujer llamada Adeline Lane, mi novia de la secundaria. Una chica muy linda. O eso dijo mi gemelo. ¿Vigilarla por años? ¿Solo por haber roto?
¿Luego qué? ¿De nuevo estuvimos juntos?
—La amabas.
Amar.
—No lo sé —respondo con sinceridad—. Si nos amábamos, ¿por qué aceptó el dinero de nuestro padre y desapareció?
Una buena pregunta que necesita respuesta.
¿Por qué aceptó el dinero y me dejó solo cuándo perdí la memoria? Ni mi hermano sabe el motivo, mientras que nuestro padre, madrastra y mi dichosa futura esposa, dijeron que era interesada.
La hija de una enfermera.
En realidad, no me interesan los estatus sociales, pero a ellos sí.
—Eso también quiero saber.
—¿La buscaste? La mujer que dijo amarme. A Adeline Lane —pronuncio con la mirada hacia las luces de la ciudad que se extiende a un lado—. Es posible que esté casada y con hijos. Igual que yo. Es una pérdida de tiempo.
—¿Lo es? ¿Eso sientes en realidad, hermano? —cuestiona, dejándome en silencio—. Puede que hayas perdido la memoria, pero tu corazón y mente, estarán siempre con ella. Por ello, estás llamándome a esta hora para hablar de Adeline. Quizás, es un consuelo por la ausencia de su desaparición en tu ser.
No digo nada y sigo fumando.
Sí. Puede que sea así. La ausencia de los recuerdos perdidos. Un fantasma que está provocándome este vacío.
—Lo acepto.
Ríe.
—Por supuesto que lo haces —concuerda—. Tenemos casi treinta, ya no somos universitarios, ni adolescentes, hermano. Debemos aceptar la verdad.
—Siento que me estás regañando.
—No lo estoy —dice con ese tono amigable—. Me atrajo tu mujer, pero no al punto de poseerla como tú.
Editado: 29.01.2026