La recuperación fue lenta y dolorosa, marcada por la cicatriz en mi tobillo y por las pesadillas silenciosas que aún visitan mis noches
Lo que me afectó aquella vez, lo que fuera que me alcanzó desde la oscuridad,
Pero esa noche hubo dos venenos.Uno que ardía en la sangre.
Y otro que buscaba paralizar la voluntad.
La medicina curó el cuerpo.
Pero el antídoto para el miedo lo encontré en algo más profundo:
El recuerdo de una fuerza obstinada y agotada que se negó a dejarme solo.fue neutralizado por sueros, por manos expertas, por la ciencia.
Volvimos a casa, sí, pero no iguales.
A veces, en el silencio, siento un leve ardor en la pierna y me pregunto si ese veneno
—el literal o el otro
— realmente se fue del todo.
Pero entonces recuerdo a Lucho avanzando a ciegas, arrastrándose hacia la luz de la fogata, sosteniéndome como si con eso empujara la misma noche hacia atrás.
La sombra que nos acechó nunca fue vista.
Nunca fue atrapada.La selva sigue allí, indomable, esperando.
Pero ahora sé que, incluso en la oscuridad más profunda,
El coraje de un amigo es el antídoto final