Resquicio Del Miedo

EL FARO

La noche había caído sobre el campamento con la pesadez de una manta húmeda.

El fuego se consumía lento, agonizante, hasta que Santiago y Joaquín decidieron alimentarlo.

No lo hicieron con intención; solo arrojaron algunas ramas secas, un tronco partido y hojas viejas arrastradas por el viento.

Pero la reacción fue inmediata.La hoguera estalló en un resplandor inesperado, elevado, como si la selva entera hubiese respirado sobre ella.

En cuestión de segundos, la llama se transformó en un pilar de luz que cortaba la oscuridad.

Sin saberlo, sin buscarlo, habían encendido un faro.Un faro improvisor, torpe, salvaje…

Pero visible desde lejos.Durante unos momentos, esa luz losentretuvo.Los hipnotizó.

Era lo único cálido en un mundo que, minuto a minuto, se volvía más hostil.

Pero la distracción duró poco.

La preocupación regresó como una sombra, filtrándose en sus miradas inquietas.

Cada crujido del monte, cada rama que cedía bajo un peso desconocido, los hacía girar sobresaltados.—No me gusta un pelo

—murmuró Santiago, golpeando su bota contra un tronco—.

Dijeron que iban hasta el arroyo y ya pasó más de una hora.

Lucho no es de perder el rastro así.

—¡Exacto! ¡Eso mismo digo yo!

—explotó Joaquín, gesticulando, hablándole más al fuego que a su amigo—.

Lucho y Matías son los más precavidos. Siempre con la linterna cargada.

Y Maty no paró de insistir que vio algo grande entre los árboles.

—Bah… imaginación

—intentó minimizar Santiago, aunque su mandíbula temblaba levemente.

—No, Santi. No es imaginación. La selva no perdona.

Y si no respetás sus reglas, te cobra el alquiler.

Tendríamos que haberlos ido a buscar hace media hora.

—No seas dramático. Ir a buscarlos a ciegas es peor. Lucho va a aparecer con Maty y una historia tonta de una linterna agotada.

—¿Y si no?

¿Y si esa luz que vimos no era de ellos, sino de…?Joaquín se frenó.

No pudo terminar la frase.

El silencio que siguió fue tan profundo que parecía absorber el calor del fuego.

Ambos quedaron mirando hacia la entrada del monte, proyectando en esa oscuridad todos los temores que no se animaban a poner en palabras.

La hoguera

—el faro improvisado que habían encendido sin darse cuenta

— parpadeó alto, como si también esperara.

La tensión alcanzó un punto insoportable.Hasta que el silencio se quebró.

No por pasos.

No por voces.

Sino por un grito desesperado que rasgó la noche desde el arroyo:

—¡Ayuda! ¡Serpiente!




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