Un fin de semana de verano, una salida entre amigos y la expectativa de remontar el río proyectaban el inicio de una travesía perfecta. Nos dirigimos a la guardería náutica donde aguardaba la embarcación del padre de Luciano, un casco pesado que contrastaba con el vaivén calmo de la marea.
Acomodamos a bordo los bolsos y los suministros calculados para dos noches en un sector aislado e inhóspito del delta; un territorio espeso donde la nave no solo representaba el único medio de llegada, sino la única vía de escape si algo salía mal.
Tras la navegación inicial bajo un sol hirviente que hacía vibrar el aire sobre el agua, arribamos a El Catalejo, la finca de don Fulgencio.
Amarramos la lancha al muelle de madera desgastada y, uno a uno, descargamos los enseres mientras la vegetación circundante empezaba a devolver un calor denso, cargado de humedad y zumbidos de insectos.
Aún con luz a favor y contagiados por la ansiedad de internarnos en la naturaleza, cambiamos la ropa de viaje por trajes de baño y remeras livianas.
Nos embadurnamos en repelente y preparamos el equipo esencial: cañas, carnada, anzuelos, plomadas y mosquetones. Luciano puso en marcha el motor fuera de borda con rumbo norte, haciendo crujir la superficie del agua mientras se adentraba en el cauce.
El plan era recorrer unos cinco kilómetros hasta alcanzar la desembocadura de un arroyo secundario, un rincón apartado descubierto en exploraciones previas, famoso por la abundancia de su pique.
La tarde transcurrió con efectividad y el balde metálico se fue llenando a buen ritmo entre risas y charlas; sin embargo, casi sin advertirlo, la luz del sol se fue filtrando a través de la copa de los árboles hasta extinguirse, tiñendo las orillas de un tono violeta oscuro que nos obligó a recoger las líneas y emprender el retorno.
Al desembarcar en el muelle de El Catalejo bajo las primeras sombras de la noche, el recuento de los materiales encendió una alarma imprevista: la caja de herramientas de pesca no estaba entre los bultos.
Las recriminaciones no tardaron en aparecer al considerar el valor del equipo y la posibilidad cierta de que alguien lo encontrara, ya que había quedado olvidado a pocos metros de una propiedad habitada por gente de la zona. Luciano intentó encender nuevamente la embarcación para regresar por agua, pero la aguja del indicador marcó la reserva en el tanque, confirmando que nos habíamos quedado sin combustible hasta el paso de la lancha proveeduría a la mañana siguiente.
Frente al contratiempo, Matías propuso una alternativa directa: cenar algo en la casa, reponer fuerzas y salir a recuperar la caja caminando por el monte.
La sugerencia provocó la reacción inmediata de Joaquín, quien señaló la imprudencia de internarse en la espesura a ciegas, con la maleza crecida y la oscuridad borrando los contornos. Matías desafió el reparo cuestionando la determinación del grupo ante la noche que se venía encima; el silencio denso del monte actuó como única respuesta, hasta que Luciano dio un paso al frente ofreciéndose a acompañarlo, sellando el compromiso de adentrarse a pie en la espesura.