El monte no miente. Durante el día puede parecer tranquilo, incluso confiable, pero cuando cae la noche todo cambia.
El gran río, el arroyo serpenteante y la inmensidad verde que unas horas antes nos habían parecido un escenario perfecto para la aventura adquirieron otra dimensión.
La oscuridad borró los caminos, los árboles se convirtieron en sombras y los sonidos del monte comenzaron a ocupar cada espacio mientras nosotros seguíamos avanzando.
Todavía no sabíamos que aquella noche algo iba a cambiar; no sabíamos qué ni tampoco cuándo.
Solo sabíamos que, en algún momento, dejamos de sentirnos parte del lugar y comenzamos a sentir que el lugar nos observaba.
Hay noches que terminan cuando vuelve a salir el sol, y hay otras que permanecen mucho después de que vuelve la luz.