Tomé una linterna y nos rociamos con repelente antes de comenzar a internarnos en el monte.
Luciano llevaba un machete para abrir camino entre la maleza. Yo lo seguía, alumbrando y, al mismo tiempo, tratando de mantener el rumbo.
—Matías, ¿estás seguro de que es por acá?
—Totalmente. Estamos avanzando en paralelo al río.
—Bueno, sigamos. Alumbrame.
En ese momento, la linterna comenzó a destellar.
La luz se debilitó cada vez más hasta que, finalmente, quedamos a oscuras.
—Luciano, tenemos un problema. Se agotaron las baterías.
—Bueno, Matías, ¿falta mucho para llegar?
—Debemos estar casi por la mitad del camino.
—Tenemos que seguir. No tiene sentido regresar a la finca.
—Dame el machete.
—¿Para qué?
—Dejame. Yo voy adelante.
Y así continuamos internándonos entre la vegetación.
Después de un rato nos detuvimos a descansar.
—No hables —le dije—. Solo escuchá.
Una sinfonía era lo que nos ofrecía la noche en medio del monte. Búhos, grillos, ranas y otros pájaros nocturnos parecían tener el protagonismo absoluto.
Hasta que, de repente, todo cambió.
El silencio comenzó a imponerse.
Las ramas de los árboles se agitaron, llamando nuestra atención.
—¿Qué hizo mover las ramas si no hay viento?
—Tranquilo, Luciano. Debe ser algún pájaro.
Me puse de pie y, apenas di el primer paso para continuar, el vuelo repentino de una lechuza me sorprendió.
Había salido disparada de entre los árboles. Vaya a saber por qué.
Seguí caminando.
—¿Me estás siguiendo, Luciano?
No respondió.
—¿Me escuchaste? Te estoy hablando.
Silencio.
Comencé a llamarlo a los gritos, pero no obtuve otra respuesta que el eco de mis propias palabras.
—No es gracioso lo que estás haciendo.
Nada.
—Dale, salí de donde estás escondido.
Decidí continuar como me había propuesto. Me detuve unos segundos, intentando encontrar nuevamente el rumbo.
Mi intuición me llevó hacia la derecha.
Entonces escuché el crujido de una rama.
Me detuve.
Volvió el silencio.
La oscuridad había invadido por completo el monte.
—¿Luciano? ¿Sos vos?
Un arbusto frondoso comenzó a agitarse.
Retrocedí y observé con atención.
Cada movimiento y cada sonido parecían surgir repentinamente, sin que pudiera distinguir su origen.
Avancé.
Y al hacerlo, volví a escuchar algo.
Era como si alguien caminara a la par.
Entre la densa vegetación, algo parecía mantenerse oculto. La noche y su profunda oscuridad convertían al monte en un cómplice involuntario.
Solo tenía una linterna sin batería.
Y las dudas que comenzaban a acumularse.
Me detuve, obligado por el cansancio.
Mis ojos permanecían abiertos. Mis oídos atentos.
Miré hacia todos lados.
Algo volvió a hacerse sentir.
Cerca.
Muy cerca.
—Luciano, ya está. Terminá con tu broma de mal gusto.
Y nada.