La vacuidad absoluta del entorno, combinada con la penumbra y la proximidad de una presencia indefinida, capturó por completo mi atención.
Comencé a dar pasos lentos y calculados en dirección al destino, imitando el sigilo de una bestia al acecho, internándome en la densidad de la vegetación hasta que el eco de un aullido interrumpió la marcha.
Aunque la aceleración de las pulsaciones me advirtió del peligro, distinguí que el estímulo aún guardaba cierta distancia, aunque la mera certeza de su existencia operaba ya como una clara señal de advertencia.
Al ver una silueta cruzarse en el follaje, retrocedí un par de tramos, me agaché y permanecí inmóvil buscando pasar desapercibido.
La sombra volvió a desplazarse en sentido opuesto y, de inmediato, un jadeo denso surgió a mis espaldas, revelando la respiración tibia de quien me había fijado como blanco para convertirme en su presa.
Con las piernas temblando por la tensión del músculo, giré sobre mis pies aún en cuclillas antes de incorporarme con lentitud, tambaleándome sin ceder a la tentación de darme por vencido.
Pese a que el cazador aguardaba oculto la oportunidad de un descuido, entendí que no podía detener el avance; aunque no lograba precisarlo con la vista, la sensación de su cercanía resultaba innegable.
La aparente calma del ambiente se quebró cuando los ruidos del monte volvieron a manifestarse, marcando una posible variación en la estrategia del perseguidor o una pausa en su hostigamiento. Sin embargo, un sacudón abrupto en la maleza reactivó las alarmas, impulsándome a ponerme de pie tras empuñar un tronco como elemento de defensa para evitar ser sorprendido.
Al escudriñar los alrededores en medio de un vacío engañoso donde se decidía la suerte de la marcha, retomé el trayecto intentando conservar la templanza a través de breves lapsos de sosiego.
Un nuevo aullido, esta vez mucho más próximo y parapetado en la espesura, reabrió la alerta, secundado por un hedor extraño y penetrante. La fetidez a materia putrefacta se volvió tan intensa que dificultaba la respiración, obligándome a levantar la remera para cubrirme la nariz y obtener un alivio momentáneo.
Con el aire filtrado y la capacidad de respirar restablecida, mantuve el rumbo fijado, con el andar inestable pero con la determinación intacta.