Matías es consciente de lo que acontece, pero aun así trata de que no trascienda, de que no se imponga, aunque lo siente cerca. Todavía no se ha puesto en su camino.
Algo cae.
El ruido hace sucumbir los ánimos de Matías. Se agacha sin soltar el tronco con el cual pensaba defenderse y, con la otra mano apoyada en el suelo, siente la tibieza de la tierra húmeda, mojada por el rocío.
Toca su cabello, transpirado y frío.
La sombra viene de frente y él aún no lo ha advertido.
Hasta que la tensa vegetación lo sobresalta.
Se pone de pie.
Y ahí está.
Frente a él.
Esperándolo.
Matías lo siente, aunque no logra ver su integridad. Ante la duda, levanta la mano con la que sujeta su improvisada arma y pega un grito desalmado, casi de desesperación, que termina transformándose en desafío.
—¡Acá estoy! ¡Te estoy esperando! ¡Salí de una vez! ¡Dale, salí y dejate ver!
El grito recorrió gran parte del monte, filtrándose entre las hojas y las ramas hasta llegar a los oídos de cualquier ser vivo que estuviera siendo testigo en ese momento.
Después de haber lanzado su grito de batalla, las tensiones acumuladas se transformaron en alivio.
—¡Acá estoy! ¡Soy yo, Luciano! —llegó una voz entre la vegetación—. ¡Hablando así puedo encontrarte, Matías!
—¿Luciano? ¿Me escuchás?
—Sí, te escucho y te veo.
El encuentro y el abrazo en el que se unieron dejaron que la preocupación los venciera.
Y ese abrazo les devolvió el coraje y la fuerza para seguir el camino.
—¿Qué pasó, Luciano? ¿Te quedaste atrás?
—Me agaché para atarme los cordones. Cuando me puse de pie, ya no te veía. Comencé a seguirte pensando que iba atrás tuyo y que en algún momento te iba a alcanzar.
—¿Y dónde está el machete? Te lo di a vos.
—En un momento me lo diste, pero después te lo devolví.
—Ni idea. No sé dónde lo dejé.
—Olvidate del machete. Sigamos por acá. Este es el camino.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Los pies, con cada paso que daban, sentían cómo el suelo se transformaba en una dificultad cada vez más profunda. El agua acumulada les cubría los pasos y hacía más difícil avanzar.
Luciano siente un pinchazo y pega un grito.
—¡Ay! ¡Algo me mordió!
Con el tronco comienza a golpear el piso, salpicando el agua acumulada. Nada era un impedimento en su lucha por ahuyentar aquello que lo había mordido.
Un rayo de luna se filtra entre las ramas y sirve para alumbrar su pierna.
Entonces pueden verlo.
Dos marcas.
Y la sangre que brota de ellas.
Una serpiente lo había mordido.
Matías se agacha y comienza a succionar la herida con la boca, escupiendo lo que sale de ella, tratando desesperadamente de quitar el veneno.
—Tenemos que volver.
Matías pasa el brazo de Luciano sobre su hombro.
—Apoyate en mí. Volvamos al catalejo.