Atrapado por un escalofrío persistente y el ardor en la pierna, Luciano manifestó su dolor, obligando a Matías a pedirle un esfuerzo adicional ante la proximidad del destino.
Exhausto, Luciano insistió en detenerse para descansar y solicitar una revisión de la picadura. Pese a la resistencia inicial de Matías, quien temía que una pausa permitiera el acercamiento de una presencia no identificada, terminó cediendo. Ayudó a su compañero a sentarse en el suelo y examinó la lesión, transmitiéndole una falsa calma sobre el estado del pie para obligarlo a retomar la marcha, aunque Luciano reclamó unos minutos de tregua reconociendo también el desgaste de su amigo.
Durante la pausa, el rostro de Matías empezó a reflejar la turbación de sus pensamientos al dudar si la amenaza que los acechaba se aproximaba nuevamente o si se trataba de una fijación mental. Un crujido en la penumbra le confirmó que la sombra nunca se había retirado, sino que simplemente guardaba distancia para modificar su táctica.
De pronto, un olor penetrante a materia putrefacta irrumpió en el ambiente; al consultar a Luciano sobre la fetidez, este negó percibirla, sumiendo la escena en un brevísimo mutismo que se quebró con una nueva interferencia sonora.
Matías alertó sobre el ruido, pero Luciano, incapaz de oírlo, comenzó a manifestar inquietud por el estado mental de su compañero.
Ante las preguntas insistentes sobre a qué debían estar atentos, Matías advirtió que algo o alguien los rastreaba paso a paso, recordando que poco antes esa misma presencia había intentado acorralarlo.
Clavando la mirada en la densidad de los árboles, sostuvo que la amenaza permanecía oculta, observándolos a la espera de un descuido.
En ese instante, Matías creyó divisar una silueta recortada en la vegetación y la señaló con vehemencia; aunque Luciano escudriñó la penumbra sin conseguir ver nada, la urgencia de la infección los forzó a ponerse de pie para reiniciar el avance.
Avanzaron con dificultad por la maleza. Luciano, debilitado por el avance de la toxina en la sangre, concentraba sus pocas fuerzas en no perder el equilibrio a cada paso.
Matías, en cambio, avanzaba con la cabeza vuelta hacia la oscuridad, incapaz de soltar la fijación con el entorno.
Aunque no podía precisar su forma ni señalar su ubicación exacta en la espesura, la certeza de ser observados no le daba tregua mientras la noche se cerraba sobre ellos.