Matías se detiene y, con él, Luciano, convaleciente, sin fuerzas y empapado en transpiración por la fiebre.
—¿Escuchás?
—Sí, escucho.
—Parecen voces.
—Matías, a mí me parece que es el río.
—No, no es el río.
Luciano vuelve a escuchar.
—Tenés razón, Matías. Son voces.
—Mirá. ¿Alcanzás a ver? Allá.
—No veo nada.
—La luz.
—Sí, sí la veo.
—Sigamos. Ya estamos cerca.
—No puedo más.
—Luciano, un último esfuerzo.
La luz iba cobrando dimensión y las voces, claridad.
—Algo se acerca.
—Alguien se acerca.
Y entre las ramas aparece Joaquín.
—¿Qué les pasó, Mati? ¿Dónde se metieron?
—Qué bueno volver a verte. Nos perdimos. Ayudame con Luciano.
—¿Qué le pasó?
—Me mordió una serpiente.
—Dejame que te ayude.
Al llegar a la finca, descubrieron que la luz que los había guiado provenía de una gran fogata que Santiago y Joaquín habían hecho para que funcionara como un faro en aquella noche cerrada.
La urgencia aún estaba presente.
La vida de Luciano estaba en riesgo.
—Santiago, ¿me hacés un favor?
—Sí. Decime.
—Fijate en la bodega si hay algún bidón vacío.
—No. Fijate si hay alguno con combustible. Seguro que, si está en la bodega, debe tener nafta.
—Sí. Encontré uno —respondió Santiago—. Está por la mitad.
—Buenísimo, Santi. Ponéselo al tanque de combustible de la lancha. Con eso nos alcanza para llegar hasta el pueblo.
—¿Querés venir conmigo, Joaquín, al pueblo?
—No, Matías. Quedate. Estás cansado. Dejá que lo llevemos con Santi.
—De ninguna manera. Yo no me voy a quedar. Vamos todos.
Después de reabastecer el combustible, comenzaron a bajar por el río.
De pronto, el motor se apagó.
La corriente era muy intensa y hacía que la lancha se volviera inestable.
Luciano apenas podía mantener los ojos abiertos. Joaquín intentaba mantenerlo despierto hablándole continuamente.
—Santiago, sentate. Te podés caer.
—No pasa nada, Mati. Tranquilo.
—Uy, uy...
—¡Agarrame!
—Te dije que te ibas a caer. ¡Tratás de nadar hacia la orilla!
—No, no puedo. No puedo. ¡Ayudame!
La desesperación de Santiago por llegar a la orilla, peleando contra la corriente del río, hizo que, después de varios intentos, el motor finalmente volviera a ponerse en marcha.
Matías fijó el rumbo hacia donde creía que estaba Santiago.
No lo encontraba.
No lo veía.
Perdido en la oscuridad y a merced de la corriente del río, Santiago había desaparecido.
Matías seguía llamándolo, tratando de distinguirlo entre la oscuridad.
A lo lejos se escuchó:
—¡Acá estoy, Matías! ¡Acá estoy!
—¡Seguí gritando, Santiago! ¡Seguí gritando!
—¡Acá! ¡Acá estoy!
—¡Ahí te vi! ¡Ya te vi, Santiago!
Matías ayudó a Santiago a subir a la lancha.
El susto había pasado.
Pero la muerte seguía ocupando un lugar dentro de aquella lancha.
Y cada vez parecía acercarse más.