Matías marcaba el rumbo al frente de la hilera con paso firme, exhibiendo una determinación que infundía seguridad en el grupo. Todos avanzaban tras él, convencidos de que los guiaría de forma directa hasta la sala de primeros auxilios del pueblo. Sin embargo, en medio de esa seguridad aparente, dejó escapar un sutil destello de vacilación al afirmar que estaba convencido de ir por el camino correcto, para corregirse de inmediato admitiendo que, al menos, creía que era ese. Ninguno de sus compañeros pareció reparar en esa fisura verbal.
De pronto, Matías frenó en seco y ordenó hacer silencio y permanecer inmóviles. Ante la pregunta de Joaquín, exigió que no hablara y que tanto él como Santiago prestaran atención a los sonidos del monte, pues aseguraba haber percibido una presencia. Ni Joaquín ni Santiago consiguieron escuchar nada, pero una alteración real en el entorno respaldaba la insistencia de Matías: la vegetación se había sumergido en un mutismo anómalo. El canto habitual de los grillos, el croar de las ranas y la actividad nocturna de las aves habían cesado por completo, dejando un vacío denso a su alrededor.
Al notar este cambio, Joaquín lo interrogó sobre sus pensamientos. Matías advirtió que la inmovilidad de la fauna indicaba que no estaban solos en la espesura, sugiriendo que las criaturas del monte se protegían callando para pasar desapercibidas ante una presencia extraña. Joaquín argumentó que ellos mismos continuaban rompiendo la calma con sus voces y propuso retomar la marcha en lugar de especular. Santiago intervino apoyando la idea de avanzar sin distraerse, respaldando la postura con una frase hecha que Matías aceptó entre dientes antes de reiniciar la caminata.
Pocos metros más adelante, Matías volvió a detenerse con brusquedad, increpándolos al afirmar que esta vez resultaba imposible no haber escuchado el estímulo. Frente a la negativa de sus compañeros, reaccionó cuestionando si se estaban burlando de él, hasta que Joaquín levantó la cabeza y admitió haber oído la rotura seca de una rama en la penumbra. Matías encaró entonces a Santiago recriminándole un supuesto aturdimiento por un golpe previo, reclamo que Santiago desmintió recordando que solo había caído al agua, atribuyendo sus vacilaciones al desconcierto de verse a la deriva en la oscuridad mientras el resto reaccionaba. Tras un breve cruce de palabras en el que Santiago aflojó la tensión con una sonrisa displicente, Joaquín consultó sobre la distancia recorrida; Matías estimó que se encontraban a mitad de trayecto, generando un silencio dubitativo entre sus acompañantes.
Sin que nadie más objetara el rumbo, reiniciaron la marcha procurando mantener el mutismo. Sin embargo, la calma duró poco antes de que una nueva interferencia en el ambiente volviera a quebrarla. Confiados en la guía de Matías y concentrados únicamente en poner un pie delante del otro, los cuatro continuaban internándose en la noche, desprevenidos ante la certeza de que la sombra a sus espaldas acortaba la distancia.