La certidumbre de que el pueblo se encontraba cada vez más cerca renovó el entusiasmo del grupo, infundiéndoles el aliento necesario para sostener el ritmo de la marcha. Aunque Luciano bordeaba el colapso y apenas lograba mantenerse erguido, continuaba resistiendo con tenacidad. De improviso, Matías frenó la caminata al notar un movimiento repentino en la maleza frontal. Unas manos apartaron despacio las ramas pesadas hasta abrir paso a un hombre que emergió de la espesura, saludándolos con ironía mientras los interrogaba sobre su presencia en el lugar.
Pese al desconcierto que causó la repentina aparición, el recién llegado mantuvo una postura serena y sin ademanes hostiles, aunque su mirada fija sembró una inmediata inquietud en el grupo. Matías tomó la palabra para presentarse junto a sus acompañantes y exponer la urgencia de la situación, explicando la picadura sufrida por Luciano y la pérdida de la embarcación por falta de combustible. Ante la noticia, el desconocido se ofreció a examinar la lesión, identificándose bajo el apodo de Fatiga mientras se inclinaba sobre la pierna afectada.
En medio de la revisión, una segunda voz irrumpió desde el follaje opuesto precediendo la llegada de Pirincho, quien se incorporó a la escena con parsimonia para observar de cerca el estado del herido. Ante las muestras manifestadas de gratitud por parte de Matías y de Santiago en nombre del grupo, Joaquín se aproximó para consultar el diagnóstico. Pirincho exigió un trato directo antes de dar paso a Fatiga, quien advirtió la gravedad del cuadro, señalando que el avance de la toxina ponía en riesgo inminente tanto la extremidad como la vida de Luciano si no recibía atención especializada de inmediato.
Al confirmar que el destino del grupo era la sala de salud del pueblo, Pirincho tomó el mando de la marcha sin dudarlo, validando el rumbo que llevaban e indicando a Fatiga que asistiera en el traslado del convaleciente para aliviar la carga de los muchachos. Matías volvió a expresar su agradecimiento ante la aparente solidaridad, a lo que Pirincho respondió con una sonrisa tibia y una pausa calculada, sentenciando que la gratitud se resolvería bajo una premisa simple: favor con favor se paga.