Restauración letal

Capítulo 1: La tragedia

En la Ciudad de México, en la sala de un hospital, gravemente herida y golpeada se encuentra Paula González, una joven mujer. Hace más de una hora llegó en una ambulancia. Unos transeúntes que pasaban por la avenida en su vehículo la encontraron desmayada en la calle y llamaron al 911.

Al llegar en ambulancia, el personal activa el Protocolo de Violencia de Género. Los médicos revisan sus signos vitales y las lesiones físicas, la estabilizan y proceden con los exámenes forenses realizados por un médico especializado. No pueden bañarla ni limpiarla antes de esto para no destruir pruebas. Utilizan el kit de evidencias. Recolectan muestras de debajo de sus uñas, fluidos, cabellos y fibras de la ropa. Le administran de inmediato un cóctel de fármacos: antirretrovirales para el VIH, antibióticos fuertes para enfermedades venéreas y la pastilla de emergencia. Cadena de custodia: todo lo recolectado se sella en bolsas de papel, ya que el plástico daña el ADN, y se entrega a la policía con una firma legal para que no se pierda la validez de la prueba.

Un investigador de la policía le hace preguntas al médico que la atendió:

—¿Cómo está la víctima?

El médico levanta la mirada de su escritorio y contesta:

—Está muy golpeada y herida, pero estable. Y aunque perdió mucha sangre, se recuperará, la trajeron a tiempo, es muy joven y fuerte.

El joven investigador pide con cortesía:

—Me gustaría hablar con ella.

—Ella está inconsciente

—Responde el médico, y se levanta a atender una emergencia. El investigador lo sigue por el pasillo.

__Cuando recobre el conocimiento, por supuesto.

—Regreso mañana por la mañana.

—Es buena idea, es posible que no despierte hoy porque le pusimos sedantes para el dolor.

En la madrugada Paula recobra el conocimiento. Por su mente pasan imágenes que perturban su sueño: recuerda el ataque repentino de cuatro hombres que la interceptaron en el atajo del Bosque de Chapultepec, que siempre cruza para acortar camino hacia su casa desde el gimnasio. Ella intentó defenderse, pero fue imposible. Le vienen imágenes a la memoria del momento cuando volvió en sí y vio que estaba muy mal y sangrando, se arrastró hasta la avenida, colocándose en medio de la calle para que los vehículos que vinieran la vieran.

—¿Cómo llegué aquí? —se pregunta a sí misma y no consigue la respuesta.

Llora largo rato y, debido a los efectos de los calmantes, se vuelve a quedar dormida en un sueño lleno de incertidumbre y agonía.

En la mañana abre los ojos y un médico está tomando sus signos vitales.

—¿Cómo te sientes, Paula?

Ella se mueve un poco de lado y contesta:

—Muy adolorida, me duele todo el cuerpo.

—Irás mejorando poco a poco, por los momentos quedarás ingresada en el hospital hasta tanto mejores. Afuera está un investigador que quiere hablar contigo.

Dicho esto, el médico inmediatamente sale de la habitación.

—Puede pasar, ella está despierta —le dice al policía y se retira.

—Buenos días, Paula. Soy Rafael López, detective de la policía, necesito hacerte algunas preguntas. ¿Recuerdas quién te atacó de esa manera?

Ella lo mira a los ojos, su cara está con moretones y sus ojos están hinchados, también tiene una venda en la cabeza, pero tiene una fuerza felina en la mirada. Ella no responde a la pregunta.

—¿Fueron varios?

Paula asiente con la cabeza.

—¿Cuántos?

Ella se queda callada y luego muestra cuatro dedos morados y con heridas indicando que fueron cuatro. Rafael toma notas en su libreta de apuntes. Saca un álbum de fotos y se lo muestra.

—Mira estas fotos y dime si reconoces a alguno.

Ella hojea el álbum y se queda petrificada al reconocer a uno de los hombres que la atacaron, pero guarda silencio. Rafael, que notó el momento de angustia de Paula, pregunta:

—¿Reconoces a alguno?

—No.

El detective saca una hoja con la denuncia y le pide que la firme.

—¿Para qué voy a firmar eso? La policía nunca hace nada. Las víctimas siguen siendo víctimas y los delincuentes andan libres cometiendo sus fechorías, y la policía es cómplice de todo lo que pasa en este país.

—No todos los policías son corruptos, tienes que confiar en mí.

—A estas alturas no confío en nadie.

Rafael sale de la habitación, no insistió para que Paula firmase la denuncia. Él respetó el momento duro que le ha tocado vivir y fue muy comprensible con ella.

—Volveré en otro momento cuando esté más accesible —se dice a sí mismo y se marcha del hospital.

Paula pasa una semana hospitalizada; poco a poco sus heridas van cerrando, los moretones y golpes van desapareciendo. Cuando sale del hospital, Rafael, el policía, la espera en la puerta y se ofrece para llevarla a su casa. Ella quiere negarse, pero él rápidamente abre la puerta del coche y la invita a entrar.

—Sube, estás aún convaleciente, no puedes andar por ahí sola.

Paula se negó a que le avisaran a su familia, no quiso darles preocupaciones; ellos viven en otra localidad y en el campo. Ella sube al auto de Rafael, él cierra la puerta, da la vuelta rápidamente y se pone al volante.

—¿Hacia dónde nos dirigimos?

Paula le indica la dirección y se trasladan al lugar. Llegan a un departamento que es una pequeña casa, con un jardín muy bien cuidado. Ella baja con un poco de dificultad, todavía siente mucho dolor en varias partes del cuerpo. Rafael le tiende la mano para ayudarla, pero ella se niega a aceptar la ayuda.

Camina lentamente hacia la entrada de su casa. En el hospital le entregaron su mochila con las llaves de su casa y sus documentos, que fueron rescatados por las autoridades en la escena del crimen. Al llegar al pequeño porche se sienta para buscar las llaves. Rafael la observa desde su auto.

—¡Es fuerte y muy terca! Lo superará —habla para sí mismo mientras observa que Paula desaparece en el interior de la casa.




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