Restauración letal

Capítulo 5: Complicidad

Paula conduce su Jetta por la autopista. A su lado va la jovencita, que aún está muy asustada. De la parte de atrás, Paula toma la mochila.

—Toma tu mochila y cálmate. Tu familia te va a preguntar por qué estás tan asustada ¿Y qué les dirás? —pregunta Paula para indagar qué va a decir la chica.

—Si mi padre se entera que me pasó esto porque me escapé de la prepa en horas de clase, se pondrá furioso, y mi mamá ni se diga. ¡Por favor, no le diga nada a mis padres! —contesta la joven.

—Está bien, no te preocupes, no les diré nada. Será un secreto entre nosotras dos —responde Paula.

Están llegando a la ciudad y Paula le pregunta:

—¿Cómo te llamas?

—Soy Mary, un placer conocer a alguien tan valiente.

—Mary, dame la dirección de tu casa para llevarte.

La joven, ya más calmada, alega:

—Por favor, no me lleve a mi casa. Lléveme a la prepa, que todavía hay dos horas de clases y el chofer va por mí a la salida.

Mary le indica la dirección y Paula recuerda que por ese lugar fue que vio cuando el maleante la subió al carro. En cuestión de minutos están al frente de la preparatoria.

—Hasta luego, Mary. ¡Cuídate! Ya con esta experiencia sabes que no debes subir a carros de desconocidos. Y si te quieren obligar, grita, pide auxilio.

Paula regresa al museo y continúa con su trabajo en la Diosa. Sigue lijando el área de la mejilla usando diferentes tipos de lijas hasta lograr una restauración volumétrica perfecta, con un brillo natural y duradero. Logra así un acabado espejo, que es cuando la superficie refleja perfectamente la luz, eliminando cualquier tipo de porosidad y obteniendo un brillo similar al mármol.

Finalizada el área de la mejilla, baja de la escalera, se sienta en un taburete y se dedica a restaurar parte del vestido de la escultura, que tiene muchos detalles, drapeados y dobleces. Está tan concentrada en lograr un acabado perfecto que no siente unos pasos que se acercan.

—Buenas tardes, Paula. Hermosa obra.

—Buenas tardes, Rafael. ¿Qué te trae por aquí?

—Te vine a invitar a cenar.

Ella lo mira y pregunta:

—¿Qué hora es?

—Son las siete menos diez.

Ella se apresura a recoger sus herramientas, lavarlas y limpiarlas mientras expresa:

—¡Dios mío! Se me hizo tarde sin darme cuenta.

—Pero dime, ¿irás a cenar conmigo?

—Sí, amigo, claro que sí, pero cuando salga de entrenar.

—¿A qué hora paso por ti a tu casa?

—Voy a entrenar una hora, para dar tiempo de ducharme y cambiarme de ropa. Pasa por mi a las nueve. ¿Ropa formal, elegante, sport?

Rafael sonríe y le dice:

—Ponte elegante y guapa.

Él carga las herramientas y la mochila de ella hasta el carro, mientras Paula lleva dos botes de diluyentes. Paula abre la cajuela y guardan todo.

—Chao, nos vemos luego —dice ella y sale disparada con dirección al gimnasio.

En el gimnasio hace su rutina de entrenamiento. Está practicando patadas mientras Juan sostiene el saco con fuerza.

—¡Muy bien, Paula! Con esas patadas La Salvaje morderá el polvo.

Ella sonríe y le dice:

—Debo irme, pero tengo una invitación para ti.

Ella se va a su locker y saca la mochila, extrae un sobre y se lo entrega.

—Es para mi graduación, debes ir muy elegante.

Juan toma el sobre.

—Gracias, Paula, estaré allí sin falta. No me lo perdería por nada del mundo.

Ella se despide y se marcha rápido a casa. Al llegar, entra el auto al garaje, baja y corre inmediatamente a la ducha. Sale y se cambia de ropa. Peina su larga y sedosa cabellera castaño claro con reflejos dorados, se maquilla los hermosos ojos color avellana con espesas pestañas y pinta sus labios carnosos de un rojo carmesí que combina con el color del vestido.

Escucha que tocan la puerta justo cuando se está poniendo las zapatillas de tacón muy bajo. Ella mide 1,80 y no necesita tacones para verse alta; ha heredado la estatura de su familia, que es del norte del país. Se echa un último vistazo al espejo, que le devuelve una imagen esbelta envuelta en un traje rojo entallado que le queda perfectamente ceñido al cuerpo.

Abre la puerta y se encuentra con un elegante Rafael vestido con un traje negro y camisa blanca. Ella admira su porte y lo bien que se ve, pero no comenta nada. Él, por su lado, expresa con sinceridad:

—¡Wao, Paula! ¡Qué hermosa estás!

—Gracias.

Caminan hasta el carro de Rafael, donde él le abre la puerta como siempre. Conduce hasta un elegante restaurante, donde entrega las llaves del auto; y los conducen a la mesa reservada. Un elegante mesero les trae la carta de vinos y Rafael ordena un vino champañizado. Piden la especialidad de la casa.

—Rafael, este sitio debe ser muy costoso.

—No te preocupes, Paula, todo el consumo ya está pagado. Es que ayudé a atrapar al malnacido que abusó de la sobrina del dueño de este restaurante y me invitó a cenar aquí las veces que desee por un año.

Ella sonríe y se ve muy linda.

—¡Perfecto! ¿Pero te invitó a ti solo?

—No, él me dijo: "Cena para dos, así que invita a tu novia". Pero como no tengo novia, invito a mi amiga.

Cenan conversando amenamente. Paula siempre fue feliz y sonriente, pero después del ataque sufrido sonríe muy poco. Sin embargo, cuando está con Rafael, sonríe a menudo por las salidas graciosas de su guapo amigo.

—Te cuento que me voy a graduar. Me quedan tres tarjetas de invitación: dos para mis padres y una para ti —ella toma su pequeña cartera, saca un sobre y se lo entrega. —Te pones elegante y guapo. ¡Ah! Y no te lo he dicho, pero hoy te ves espectacular.

—Gracias, es un gran halago viniendo de ti, Paula.

—¡Salud, licenciada!

—Salud.

Chocan las copas y dan un sorbo al vino.

—Voy a pelear en la jaula. Me voy a enfrentar a La Salvaje. Dicen que golpea fuerte, es grosera y malhablada; ¡ah!, y también le gusta insultar.

—¿No te da miedo?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.