El sábado llega por fin. La Arena de Ciudad de México está con un lleno total; hay música, mucho ruido del público y los combates dan inicio. Han colocado alrededor de la jaula la zona VIP con varios círculos de sillas plegables, ocupadas por los que pagan los boletos más costosos; entre ellos está Rafael, quien fiel a su promesa ha ido a darle ánimos a Paula. Las peleas se van presentando a medida que pasa la noche. El enfrentamiento de La Salvaje y La Graduada es el último, lo que crea una gran expectativa en el público a la espera del combate más publicitado.
A las once y media de la noche, las luces de la Arena Ciudad de México se apagan por completo. El silencio dura un instante. De pronto, por los altavoces estalla el ritmo inconfundible de «We Will Rock You» de Queen. Veintidós mil personas reconocen el himno de inmediato y comienzan a pisotear las gradas y a aplaudir siguiendo el compás. El coliseo entero retumba. Por el pasillo aparece Paula, caminando enfundada en una capa de terciopelo azul que destella bajo los reflectores al menor movimiento de su cuerpo. En su espalda lleva el nombre «La Graduada» envuelto en un escudo emblemático. Alta, espectacular e imponente, lleva su melena tejida en una trenza; avanza hacia el octágono con la mirada fría, mientras la multitud hace vibrar el lugar. En la primera fila de la zona VIP, Rafael la observa con admiración.
Justo detrás de ella camina Juan, su fiel entrenador. La acompañan también el resto del córner: su segundo preparador y el encargado de las curaciones. El grupo avanza con paso firme, formando un bloque compacto que corta la multitud, mientras los guardias de seguridad de la arena les abren paso hacia la jaula. El ruido ensordecedor del público, que aún corea la canción, hace retumbar todo el lugar. Ya La Salvaje ha entrado y se encuentra en su esquina. Paula se despoja de su capa con la ayuda de Juan y se queda en su ropa de combate: un conjunto de licra azul oscuro ajustado que resalta su figura atlética y su estatura. En el muslo derecho destaca el bordado de los laureles dorados. Sin más adornos, descalza y con los guantes de pelea puestos, sube los escalones. El público ruge al verla lista para la guerra.
Por los altavoces se escucha la voz del presentador:
—¡En la esquina azul! Presentando a la nueva sensación del octágono, la experta en artes marciales mixtas y restauradora de arte. Con un metro ochenta de estatura y sesenta y seis kilogramos. Con técnica, elegancia y un poder devastador... ¡LA GRADUADA, PAULA GONZÁLEEEEEZ!
En Chihuahua, en el rancho de los González, los padres de Paula están emocionados y nerviosos mientras ven en la televisión a su hija, que pronto se va a enfrentar a La Salvaje. El solo nombre de la oponente de Paula les causa terror.
Mientras que en el coliseo el público se pone de pie; es un rugido que retumba en el pecho. «¡Paula! ¡Paula! ¡Paula!», gritan algunos y otros corean «¡Graduada!, ¡Graduada!». Ella levanta la cara y ve a Rafael, que grita con todas sus fuerzas su nombre y le brinda una amplia sonrisa.
El presentador hace una pausa dramática, señala hacia la otra esquina y su voz sube de volumen:
—¡Y en la esquina roja! Con un récord de quince victorias y solo tres derrotas. Una guerrera que no conoce la piedad, con sesenta y cuatro kilogramos de puro instinto... ¡LA SALVAJEEEE!
El público grita; algunos abuchean, otros aplauden. Ella ruge y golpea la reja.
Una vez que el presentador termina, el réferi las llama al centro del octágono para las instrucciones finales. Las dos se quedan cara a cara, a pocos centímetros. Paula baja la mirada ya que es más alta y La Salvaje levanta la cara para mirar a su oponente. El réferi les dice:
—Quiero una pelea limpia, sigan mis instrucciones en todo momento. Choquen los guantes y vuelvan a sus esquinas.
Paula hace el gesto para chocar su guante, pero La Salvaje la ignora, se da media vuelta y regresa a su esquina. El público abuchea a La Salvaje. Paula vuelve a la esquina con frialdad. Afuera de la jaula, Juan le hace una última seña de concentración justo antes de que el personal asegure la puerta con candado. El réferi mira hacia la mesa de control y confirma que los cronometristas están preparados. Levanta la mano y señala a la esquina roja.
—¿Lista? —grita.
La Salvaje golpea sus propios guantes entre sí con furia, ansiosa por atacar. El réferi se gira hacia la esquina azul.
—¿Lista?
Paula asiente con un movimiento seco de cabeza, fija la mirada en su oponente y levanta la guardia. El réferi baja la mano con un movimiento rápido y tajante.
—¡Peleen!