La campana suena.
La Salvaje sale de su esquina como un animal rabioso. Acorta la distancia en tres zancadas pesadas y lanza un volado de derecha con toda su fuerza, directo a la mandíbula de Paula. Busca terminar el combate rápido, confiando ciegamente en su agresividad. Pero Paula no retrocede. Fiel a su entrenamiento y manteniendo la mente fría, da un paso lateral rápido en el último segundo. El puño de La Salvaje corta el aire. Aprovechando que el impulso deja a su rival desequilibrada y con la guardia abierta, Paula gira la cadera y conecta un gancho de izquierda directo a las costillas flotantes. Inmediatamente después, gira sobre su eje y mete una patada baja que impacta de lleno contra el muslo derecho de la veterana.
El golpe seco de la espinilla contra la carne resuena en el octágono por encima del griterío. La Salvaje trastabilla, sorprendida por la velocidad del contraataque. El asalto continúa y La Salvaje hace esfuerzos por golpear fuertemente a la joven, pero se sorprende de su rapidez y técnica. El primer round termina con el toque de campana y con puntos a favor de La Graduada.
Juan entra a la esquina e hidrata a Paula; la revisa y ve que la cara de su pupila está intacta. Se escucha por los altavoces: «¡Segundos fuera!». Los entrenadores salen de la jaula y se cierra la puerta de nuevo. Suena la campana del segundo asalto y La Salvaje viene con todo; intercambian golpes y patadas por dos minutos.
A la mitad del segundo asalto, Paula lanza un golpe recto buscando el rostro de su rival. La Salvaje, aprovechando su menor estatura, se agacha rápido, esquiva el puño y acorta la distancia. Con todo el impulso de su fuerza, hunde un gancho de derecha brutal directamente en la boca del estómago de Paula.
El impacto suena como un latigazo. Paula suelta el aire de golpe, dobla el torso y retrocede tambaleándose hasta chocar contra la malla de acero. Las veintidós mil personas enmudecen de golpe. En la primera fila, Rafael se aferra a la silla con la mandíbula tensa y el corazón desbocado al verla jadear de dolor. La Salvaje se lanza sobre ella como un perro de presa y conecta dos puñetazos más a las costillas. Paula se cubre la cabeza con los brazos, atrapada contra la reja; traga aire con desesperación y aguanta el dolor crudo que le quema las entrañas. A duras penas, logra salir de la emboscada de golpes que le propina su oponente justo cuando suena la campana.
Mientras todo esto pasa en el octágono, en Chihuahua, los padres de Paula ven el combate por televisión. Pedro se sienta y se levanta de su asiento con desesperación al ver cómo golpean a su princesa; María parece orar a Dios. Cuando suena la campana, les vuelve el alma al cuerpo.
Paula camina pesadamente hasta su esquina. Juan entra rápidamente, la hidrata y le echa agua fría en la cara para producir un impacto que la levante. Le aplica vaselina en los pómulos y le da instrucciones al oído. Se escucha el grito de: «¡Segundos fuera!», que indica que todos deben salir; vuelven a cerrar la puerta con seguro. El público grita: «¡Graduada!», repetidas veces para darle el ánimo que necesita. La joven, que educadamente no contesta los insultos de su rival, se ha ganado el respeto total de la audiencia.
Suena la campana del tercer asalto y las dos oponentes salen con furia. La Salvaje se lanza como un león sobre Paula, pero esta la recibe con una patada frontal a las costillas que la hace retroceder en seco. Sin rendirse, La Salvaje arremete de nuevo con toda su fuerza para derribarla, pero Paula esquiva el envión con un movimiento lateral rápido. La veterana, incapaz de frenar su propia inercia, se estrella con un sonido metálico contra la malla de acero.
Paula aprovecha el impacto y conecta una ráfaga de patadas brutales a los muslos. El músculo de La Salvaje colapsa y cae de rodillas al instante. Paula no le da tregua; aprovecha la debilidad de su oponente, la rodea y le aplica una llave de sumisión implacable. En la primera fila, Rafael se levanta y grita con todas sus fuerzas:
—¡Dale con fuerza, Paula!
Ella mantiene la presión mientras su rival muerde la lona. El réferi se pone de rodillas, observando de cerca la acción, hasta que La Salvaje, sin fuerzas, toca débilmente el tatami rindiéndose.
En el rancho, sus padres, al ver la secuencia del tercer asalto, saltan frente al televisor.
—¡Dale duro, Paula! —gritan emocionados.
Cuando ven que Paula le aplica la llave y la tiene sobre la lona, Pedro no puede contenerse:
—¡No la sueltes! ¡Dale con furia, que ella se lo merece por grosera!
Inmediatamente, el réferi detiene la pelea. Toma la mano de Paula y la levanta hacia los reflectores. El público está de pie, gritando, silbando y coreando a una sola voz: «¡Graduada! ¡Graduada!». La puerta de la jaula se abre y el presentador camina hacia el centro con el micrófono en alto:
—«¡Señoras y señores! ¡La ganadora por rendición en el tercer asalto, manteniendo su récord invicto... LA GRADUADA, PAULA GONZÁLEEEEEZ!»
Paula, con el rostro sudado y respirando aún con dificultad, levanta el puño. Ha ganado.
Al final, cuando el presentador anuncia el veredicto oficial, Pedro exclama con la voz quebrada por la emoción:
—¡Lo logró! ¡Nuestra princesa es una campeona!
En ese momento, el orgullo les borra el miedo que sintieron hace unos minutos. Su hija no solo es una licenciada educada y una experta en arte; es una guerrera invencible ante los ojos del mundo.